De la ágil pluma de Charles Dickens -convertida con frecuencia en ariete de espadachĂn- brota la caricatura cĂłmica de hipĂłcritas redomados, como Mr. Seth Pecksnif, en la novela Vida y aventuras de Martin Chuzzelwit. Se trata de un embaucador tramposo, dotado de una profusa y asombrosa retĂłrica de engaño. Pretende ser maestro de arquitectura. Enmascara con su fatua locuacidad teatral de gestos ampulosos las intenciones mas aviesas. Sus hijas Charity y Mercy, sometidas a semejante lamentable “modelo”, cosecharán los frutos amargos del cinismo y de la codicia de su progenitor.
La lĂłgica del don
La honestidad y la coherencia de vida y de lenguaje resultan imprescindibles para una comunicaciĂłn interpersonal profunda y enriquecedora. AsĂ lo requiere la dignidad de la persona humana -su altĂsimo valor-, que nace precisamente de su condiciĂłn de sujeto amado personalmente por el Creador. La vocaciĂłn correlativa de todo hombre consiste en donarse generosamente a los demás, buscando el verdadero bien del otro.
Asà enseñaba el Concilio Vaticano II: “el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sà mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sà mismo a los demás” (constitución Gaudium et spes, n. 24). La lógica del don descifra el misterio del ser humano, a la luz de la manifestación y de la donación divinas, que culminan en el derroche de bendiciones con Cristo, el Verbo encarnado (cf. Ef 1,3-14; Gaudium et spes, n. 22).
Por ello, cualquier forma de utilización interesada de alguien desdice radicalmente de su condición. Resulta inmoral el rebajamiento o la reducción de un ser humano a instrumento. Aunque con justificaciones retóricas se disimulen los indecentes motivos hedonistas, pragmáticos, económicos, eugenésicos, etc.
En este sentido, Juan Pablo II formulaba con énfasis la que llamaba “norma personalista”: “La persona jamás ha de ser considerada un medio para alcanzar un fin; jamás, sobre todo, un medio de «placer». La persona es y debe ser sólo el fin de todo acto. Solamente entonces la acción corresponde a la verdadera dignidad de la persona” (Carta a las familias, n. 12).
La familia está llamada a ser el primer lugar en que cada persona es querida por sĂ misma, valorada por lo que es y no por lo que tiene (cf. Juan Pablo II, HomilĂa de la Misa para las familias, 2-11-1982). Ha de ser el primer ámbito de acogida del ser humano, donde se supera la lĂłgica perversa de la competitividad excluyente que margina al dĂ©bil, y se sustituye por la dinámica de aceptaciĂłn incondicional, de protecciĂłn, de educaciĂłn adecuada y de promociĂłn hacia la mejorĂa y la excelencia de cada miembro. Además, la familia de sangre tiene la misiĂłn de transmitir a toda la sociedad ese trato familiar y delicado hacia cada miembro de la familia humana.
Diálogo sincero
El proyecto de vida conyugal y la convivencia de la comunidad familiar requieren la apertura a un intercambio personal auténtico y profundo. Cualquier forma de doblez, de falta de rectitud en la intención, de uso del prójimo, impide la construcción de un hogar. La buena comunicación es imprescindible en la tarea de buscar los mejores modos para crecer juntos y asà desarrollar al máximo las capacidades de cada uno de los miembros de la comunidad.
Francisco afirma que “el diálogo es una forma privilegiada e indispensable de vivir, expresar y madurar el amor en la vida matrimonial y familiar. Pero supone un largo y esforzado aprendizaje. Varones y mujeres, adultos y jóvenes, tienen maneras distintas de comunicarse, usan un lenguaje diferente, se mueven con otros códigos. El modo de preguntar, la forma de responder, el tono utilizado, el momento y muchos factores más, pueden condicionar la comunicación. Además, siempre es necesario desarrollar algunas actitudes que son expresión de amor y hacen posible el diálogo auténtico” (exhortación Amoris laeitita, n. 136).
Plegaria familiar
La oración cristiana, entendida como diálogo del creyente con el Dios trinitario que es comunión de Amor y comunicación en la intimidad personal, propicia una comprensión de la vida humana en toda su grandeza, como esfuerzo por compartir el propio mundo interior con los demás, en el intercambio de una relación de donación. El trato confiado con el buen Dios Padre mejora las actitudes y las relaciones humanas.
Además, en la plegaria conyugal y familiar el otro es descubierto en toda su grandeza de persona y como un auxilio oportuno, como un don para salir del aislamiento estéril y crecer juntos: para aceptar y secundar el plan de Dios, su historia de amor con nosotros.