Una mirada católica a la actualidad

Piedad popular y misión evangelizadora de las Hermandades

En un mundo donde la piedad popular acerca a los fieles al misterio de Dios, las hermandades y cofradías cumplen una misión clave que se sostiene en tres pilares: formación sólida, fe coherente y compromiso con la caridad y los más necesitados.

Omnes 编辑部

13 de 3 月 de 2026

La piedad popular no es un apéndice folclórico de la vida cristiana. Es el umbral por el que muchas personas son introducidas en el Misterio de Dios: una madre que enseña a persignarse, una vela encendida ante una imagen, un rosario rezado en familia, una estación penitencial que despierta preguntas. Ahora bien, para que ese umbral conduzca verdaderamente a Cristo, debe permanecer unido a la vida litúrgica de la Iglesia. El 第二次梵蒂冈大公会议 lo expresa con claridad: “la Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza” (Sacrosanctum Concilium, 10).

Por eso, el mismo Concilio, al recomendar las prácticas piadosas, fija un criterio de oro: “es preciso que estos mismos ejercicios se organicen teniendo en cuenta los tiempos litúrgicos, de modo que vayan de acuerdo con la sagrada Liturgia, en cierto modo deriven de ella y a ella conduzcan al pueblo” (Sacrosanctum Concilium, 13). Esta regla pastoral evita dos tentaciones: el liturgicismo que desprecia la devoción del pueblo, y el devocionismo que olvida que la Eucaristía es el corazón de la vida del cristiano y de la Iglesia.

San Pablo VI, con mirada paterna, reconoció luces y sombras de la “religiosidad popular”; pero afirmó que, “cuando está bien orientada… contiene muchos valores” (Evangelii nuntiandi, 48). Y el Papa Francisco ha subrayado, con fuerza, que en la piedad popular “subyace una fuerza activamente evangelizadora que no podemos menospreciar” (Evangelii gaudium, 126). No se trata de prácticas piadosas marginales: es un hecho pastoral. Allí donde la fe parece debilitada, muchas veces queda una brasa encendida en estas expresiones tan sencillas como profundas.

Hermandades y cofradías: un sujeto eclesial privilegiado

En nuestra tierra, las hermandades y cofradías son un sujeto privilegiado de esa piedad popular. El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia recuerda que, junto al ejercicio de la caridad y del compromiso social, entre sus fines está “el fomento del culto cristiano” (Directorio… n. 69). Describe también su vida concreta: disponen de un calendario propio de cultos, procesiones y peregrinaciones, y señalan días “en los que se deben hacer determinadas obras de misericordia” (Ibídem). La Iglesia las reconoce, aprueba sus estatutos y valora sus actos de culto; pero, al mismo tiempo, les pide que, “evitando toda forma de contraposición y aislamiento”, estén “integradas de manera adecuada en la vida parroquial y diocesana” (Ibídem).

Desde aquí se comprende su misión evangelizadora. Una hermandad evangeliza cuando cuida la comunión: con el párroco, con la diócesis, con la vida litúrgica ordinaria, con los pobres y con los jóvenes. Evangeliza cuando el culto no se reduce a lo estético, sino que conduce a la confesión, a la vivencia profunda de la Eucaristía, a la escucha de la Palabra, a la coherencia de vida y a su obra caritativa y social. Y evangeliza cuando su presencia pública no es autoafirmación, sino testimonio: un pueblo que camina con humildad, rezando, ofreciendo penitencia, poniendo a Cristo en el centro.

Tres tareas inaplazables

Primera: formar. Sin formación doctrinal y litúrgica, la piedad se empobrece y queda expuesta a confusiones. El Directorio recuerda que los ejercicios de piedad deben ser “conformes con la sana doctrina”, “en armonía con la sagrada Liturgia” y favorecer “una participación consciente y activa en la oración común de la Iglesia” (Directorio…, n. 71). Urge, por tanto, una catequesis perseverante: sobre el misterio de Cristo, sobre la Virgen María, sobre los santos, sobre el sentido de la penitencia y de la misericordia, sobre la Doctrina Social de la Iglesia.

Segunda: celebrar con verdad. Los cultos bien preparados -centrados en Cristo, iluminados por la Palabra, con sobriedad y sentido eclesial- evangelizan sin estridencias. También las peregrinaciones y procesiones, cuando son oración y no espectáculo, pueden ser un “primer anuncio” para muchos. Francisco recuerda que “el caminar juntos hacia los santuarios… es en sí mismo un gesto evangelizador”, y añade: “¡No coartemos ni pretendamos controlar esa fuerza misionera!” (Evangelii gaudium, 124).

Tercera: servir. La devoción que no se hace caridad se vuelve estéril. La hermandad que acompaña al enfermo, sostiene al necesitado, acoge al migrante, visita al anciano, promueve obras de misericordia y defiende la dignidad del pobre, predica el Evangelio con obras y credibilidad. Entonces la piedad popular se convierte en evangelización integral: culto y vida, belleza y verdad, tradición y misión.

La piedad popular, purificada y alentada, es un lugar donde el Espíritu sigue trabajando. Cuidémosla con amor pastoral para que nuestras hermandades sean, cada vez más, comunidades de discípulos misioneros, que conduzcan a la liturgia y, desde la liturgia, salgan al encuentro de las personas.

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