Una mirada católica a la actualidad

La mirra, el mejor regalo

En Navidad, lo que celebramos es el misterio de la Encarnación, que hace volar por los aires todas las ideas preconcebidas que tenemos de Dios. Y, gracias a la mirra, cada uno de nosotros estuvo en aquel portal.

安东尼奥·莫雷诺

15 de 12 月 de 2022

navidad
Foto: Cathopic

Lo del oro y el incienso está claro, pero ¿y la mirra? El cine y las redes sociales hacen chistes estos días sobre la «inutilidad» de este regalo de los reyes ¿Pero es verdad que es inútil? ¡Todo lo contrario! Quizá sea el más importante. Y explico el porqué.

Lo primero que hay que decir es que no hablamos de oro, incienso y mirra por casualidad o por tradición. Los tres regalos están recogidos en la Sagrada Escritura, concretamente en el capítulo segundo del Evangelio según San Mateo. Sí que son tradiciones, por ejemplo, la mula y el buey, que no aparecen en ninguno de los evangelios; y hasta los mismísimos reyes magos: Melchor, Gaspar y Baltasar, pues la Biblia no dice que fueran reyes, ni que fueran tres, ni mucho menos señala sus nombres. Ciertamente, desde los primeros siglos del cristianismo, se interpretó así su figura y así seguimos hablando de ellos, pero el dato debe llamar nuestra atención hacia lo verdaderamente importante: que no fueron tanto los tres, cinco o quince magos que llegaron al portal, sino los tres regalos que sí sabemos que trajeron consigo.

Los padres de la Iglesia vieron en los dones ofrecidos por estos misteriosos personajes una intención profética que nos hablaba del destino del niño: el oro, como corresponde a un rey, pues Jesús estaba destinado a serlo en el Reino de los Cielos; incienso, como corresponde a Dios, pues al igual que ese humo perfumado asciende hacia el cielo sirviendo así a los judíos como ofrenda a Dios en su templo, aquel bebé merecía tal honor por ser el mismísimo Hijo de Dios; y mirra (la gran desconocida), como hombre en su naturaleza mortal, porque esta resina vegetal es utilizada para curar heridas, embalsamar cadáveres y como analgésico para moribundos, vaticinando así su pasión y muerte en la cruz.

Por eso es el más impopular de los regalos, por eso es el gran desconocido porque, además de ser el producto menos común de los tres en nuestra vida diaria, ¿quién quiere oír hablar de la muerte en estas navidades de brillibrilli que nos hemos inventado?

Sin embargo, y esta es mi propuesta, pensándolo bien puede que sea el regalo más importante para nosotros, el que nos hable del verdadero sentido de la Navidad, el que nos sacuda las adherencias que los años han ido acumulando sobre esta fiesta y que nos impiden contemplarla y celebrarla en todo su esplendor.

Y es que, en Navidad, lo que celebramos es el misterio de la Encarnación, que hace volar por los aires todas las ideas preconcebidas que tenemos de Dios. En Navidad, él no es un Dios lejano, allá en el cielo, sino con los pies en la tierra; no es un Dios solitario sino trinitario y necesitado de una familia; no es un Dios indiferente, sino implicado con su pueblo; no es un Dios justiciero, sino misericordioso; no es un Dios prepotente, sino sencillo, pequeño y pobre; no es un Dios ajeno al dolor, sino un Dios con-pasivo, que padece con los suyos; no es un Dios que crea para admirar su propia obra, sino por puro amor a sus criaturas.

En el Concilio Vaticano II, la Iglesia nos recordó que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» y, continúa afirmando que «el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre».

Así que, a partir de ahora, no haga usted caso cuando bromeen sobre el incierto destino de la mirra. Aproveche para explicar que, gracias a ella, cada uno de nosotros estuvimos aquella noche en el portal porque aquel Niño se unió “en cierto modo” con todos y cada uno de nosotros. Eso es lo que celebramos en Navidad, que quede claro. ¡Feliz Encarnación! ¡Feliz Navidad!

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