Una mirada católica a la actualidad

我不愿做的那件事

Aquel hombre no sabe que su manera de atenderme me ayudó a rezar mejor ni que su diligencia me hizo mirar de otra forma a mi amigo. Probablemente nunca lo sepa. Tal vez muchas personas pasan así por nuestra vida: sin saber que están siendo instrumentos de gracia.

Omnes 编辑部

4 de 8 月 de 2026

favor

Hay días en los que el Señor no entra en nuestra vida por la puerta grande, sino por una ventanilla de administración, por una cita previa que no aparece o por una carpeta de documentos que alguien deja en nuestras manos con más urgencia de la que esperábamos.

Un compañero venía destinado a la zona con su familia. Traía el peso conocido de toda mudanza con niños: casa, colegio, papeles, plazos.

—Antonio, ¿tendrías inconveniente en echarme una mano con esto?

—No, hombre. Claro que no.

Lo dije de verdad. Después llegaron los documentos, las autorizaciones y las instrucciones. El favor empezó a ocupar una mañana entera dentro de mi cabeza. Entré en la web del Ayuntamiento. La primera cita disponible era casi veinte días después.

Entre medias estaban mis vacaciones familiares, ya pagadas, y el cansancio de un año largo. Y resonaba la voz de mi compañero:

—Es que tiene que ser cuanto antes. Si no, los niños pueden quedarse sin entrar en el colegio.

No dijo nada ofensivo. Pero sentí que una parte de su urgencia acababa de instalarse en mi casa.

Empecé a hacer cuentas. A comparar. A defenderme por dentro.

«Yo, cuando tuve que hacerlo, me moví. Cogí un avión, resolví el trámite y volví. No cargué a otro con aquello».

El pensamiento tenía algo de verdad y bastante de juicio. Uno puede hablar con facilidad de amistad y servicio. Luego llega un favor mal encajado en la agenda y aparece la medida real del corazón.

A los pocos días fui al Ayuntamiento. No era mi cita. Fui a explicar la situación. En la entrada, un empleado atendía a quienes llegaban.

—Buenos días. Tengo una situación un poco apurada.

—Dígame.

Le conté lo imprescindible: un compañero destinado en la zona, varios hijos, un colegio, un plazo que podía complicarlo todo.

El hombre escuchó sin interrumpirme. Miró la pantalla.

—Ahora mismo no puedo darle otra cita. Pero déjeme verlo. Si queda algún hueco, intento cambiársela.

—Se lo agradecería muchísimo.

—No le prometo nada, pero lo miro.

Y lo dijo de una manera que bastaba para creerle.

Salí sin haber resuelto nada. Aquel hombre podía haberme despachado con un «Tiene usted que esperar». Habría tenido razón. En cambio, se detuvo e hizo suyo durante unos minutos un problema ajeno.

A media mañana llegó el correo.

La cita estaba adelantada una semana.

Me quedé mirando la pantalla. Ya no estaba calculando el perjuicio. Estaba dando gracias.

Entonces comprendí que yo había ido al Ayuntamiento pensando que estaba haciendo un favor a un amigo, pero el Señor me había llevado allí para hacer también algo conmigo.

Primero me dejó ver mis cuentas, mis juicios y mi dificultad para amar cuando amar desordena. Después me mostró, en la diligencia sencilla de aquel empleado, una forma concreta de santificación del trabajo. No hubo palabras religiosas. Solo un hombre haciendo bien lo que tenía delante, con humanidad y cariño.

A veces la comunión de los santos se parece a eso.

Un padre preocupado pide ayuda de un modo imperfecto. Un amigo acepta, aunque tenga que vencerse. Un trabajador escucha un minuto más. Una familia respira tranquila. Y Dios, sin hacer ruido, une esas pequeñas fidelidades para sostenernos.

Pensé también en mi compañero con más benevolencia. Yo había visto con claridad lo que su petición suponía para mí; no había mirado igual lo que la mudanza suponía para él. Los hijos pueden volvernos insistentes, torpes, incluso inoportunos. No siempre por egoísmo, sino por amor.

Eso no significa que la caridad obligue a vivir sin orden. Mi familia, mi descanso y mis deberes también contaban. Si hubiera sido necesario, habría podido poner un límite. Pero hay una diferencia enorme entre ponerlo con paz y ponerlo con resentimiento. El problema no era solo la gestión, sino la dureza que se había instalado dentro de mí.

El Señor fue delicado. No me dio una lección desde fuera. Me dejó mirar una escena pequeña: una carpeta, una cita previa, un empleado que escucha, un correo que llega a media mañana.

Quizá la santidad empiece muchas veces así: no cuando hacemos algo heroico, sino cuando dejamos de defendernos por dentro y permitimos que una pequeña contrariedad se convierta en ocasión de amar.

Aquel hombre no sabe que su manera de atenderme me ayudó a rezar mejor ni que su diligencia me hizo mirar de otra forma a mi amigo. Probablemente nunca lo sepa. Tal vez muchas personas pasan así por nuestra vida: sin saber que están siendo instrumentos de gracia.

Y tal vez nosotros también podamos serlo, incluso cuando nuestro sí está mezclado con cansancio, cálculo o protesta interior. Dios no espera a que el corazón esté perfectamente limpio para trabajar con él. A veces lo purifica mientras se mueve, mientras obedece, mientras hace el favor que no quería hacer.

Al final, terminé dando gracias por todo: por el amigo, por mis resistencias, por aquel empleado y por el Señor, que sigue empeñado en hacernos santos a través de lo pequeño.

También a través de una cita previa.

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