Una mirada católica a la actualidad

沉默的昔兰尼人 

El dolor atraviesa toda vida humana y nos enfrenta al misterio más hondo de nosotros mismos. Ante él, la fe cristiana no ofrece evasión, sino sentido: un Dios que carga la cruz y nos invita a ser un cireneo silencioso del sufrimiento ajeno.

Omnes 编辑部

2 de 3 月 de 2026

La existencia humana tiene algunos pozos insondables a los que cuesta asomarse. Son aquellos que nos hacen experimentar el vértigo, la inseguridad de quién no conoce las aristas y las formas punzantes que esculpen su abrupto brocal. El misterio del dolor es uno de estos pozos. Quizás uno de los más profundos e ininteligibles, donde la razón pierde la batalla en muchas ocasiones y, paradójicamente, el que devuelve el reflejo más certero de cada uno de nosotros. 

Toda vida tiene dolor, del dolor nace la vida y aún así, el hombre siente una repulsión natural hacia algo que, vivido sin sentido no encuentra explicación dentro de la llamada a la plenitud que se entrevenera en el alma humana como imagen de Dios que es. Por eso es a Dios al que se dirige la eterna pregunta sobre el sentido del dolor, como señalaba san Juan Pablo II en la Carta Apostólica Salvifici Doloris: “¿Por qué el mal? Ambas preguntas son difíciles cuando las hace el hombre al hombre como también cuando el hombre las hace a Dios. En efecto, el hombre no hace esta pregunta al mundo, aunque muchas veces el sufrimiento provenga de él, sino que la hace a Dios como Creador y Señor del mundo. Cristo da la respuesta al interrogante sobre el sufrimiento y sobre el sentido del mismo, no sólo con sus enseñanzas, es decir, con la Buena Nueva, sino ante todo con su propio sufrimiento”.

Para quienes piensen que los cristianos “persiguen el dolor” o para aquellos que, por el contrario, los acusan de esconder la cara menos amable del mundo en una especie de consuelo beatífico, la cruz sigue siendo la respuesta. Esa respuesta fue la que recibió Simón de Cirene, ese que “pasaba por ahí”, y al que le “forzaron” a llevar la Cruz de Cristo. No se recoge en los evangelios ninguna palabra del Cirineo, ni de queja, ni de lo contrario. Es el hombre del silencio, el que acompañó los pasos de una condenación que no era suya… pero era por él. 

La Vida de Dios pasa por la cruz, pero no como un símbolo de muerte, de desesperanza, sino como llave de Vida. Como reza ese punto de meditación que acompaña la II estación del 苦路十四站 escrito por san Josemaría “Hay en el ambiente una especie de miedo a la Cruz, a la Cruz del Señor. Y es que han empezado a llamar cruces a todas las cosas desagradables que suceden en la vida, y no saben llevarlas con sentido de hijos de Dios, con visión sobrenatural. ¡Hasta quitan las cruces que plantaron nuestros abuelos en los caminos…! En la Pasión, la Cruz dejó de ser símbolo de castigo para convertirse en señal de victoria. La Cruz es el emblema del Redentor: in quo est salus, vita et resurrectio nostra: allí está nuestra salud, nuestra vida y nuestra resurrección”.

Vida y muerte. Cruz y luz. Dolor y alegría. Antónimos de la vida humana que es, en sí, la paradoja contradictoria de dos que son uno. El cristiano sabe que no se trata de “buscar” el dolor sino, más bien, de aceptar el que viene y acompañar y aliviar al que sufre: de ser, en definitiva, Cirineo silencioso.

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