Una mirada católica a la actualidad

Cordura y cordialidad en el amor entre los esposos

La clave de esta novela de Austen es el equilibrio necesario entre la sensatez y la emotividad. Son las pasiones ordenadas las que configuran una personalidad completa. 

何塞·米格尔·格拉纳多斯

26 de 2 月 de 2021

Sentido y sensibilidad. Akiko Florence Minowa
Foto: Sentido y sensibilidad. Akiko Florence Minowa

Las protagonistas de la novela Sense and Sensibility, de la escritora inglesa victoriana Jane Austen, son dos jóvenes hermanas: la mayor, Elinor, y la menor, Marianne. Ambas muy delicadas y afectivas. La primera, equilibrada y prudente. La segunda, apasionada en exceso. En su situación precaria de empobrecimiento, al enviudar su madre, han de afrontar diversas situaciones y relaciones difíciles.

En realidad, el tema de este relato -que, con otras variantes, reaparece como central en el resto de las obras de esta gran autora de ficción- es cómo conjugar dos actitudes decisivas en la vida: por un lado, el sentido, que supone sensatez, reflexión, inteligencia, juicio ponderado; por otro, la sensibilidad, que significa emotividad poderosa y ordenada, corazón que sabe querer de verdad y desinteresadamente.

这 síntesis de ambas es la sabiduría y el orden de los afectos, que configuran una personalidad madura y hermosa. Es el equilibrio con que la razón guía la pasión, el justo comedimiento de la impulsividad, el control y el encauzamiento de la afectividad, la cautela en las actuaciones que pueden dañar los compromisos, para que consigan su finalidad de construir una comunión interpersonal sana, bella y fecunda.

La dirección de la razón no supone, en absoluto, vaciar o anular la afectividad, sino encauzarla de modo justo, conforme a la dignidad de las personas. El desarrollo del carácter supone forjar una voluntad fuerte, perseverante, firme en lo bueno; adquirir clarividencia, acompañada de reflexión, discernimiento y consejo para acertar en las decisiones; conseguir, además, dominio de sí para librarse de la obcecación del egoísmo intemperante. La sensibilidad, por su parte, ilumina con su encanto y colorido la vida entera, dotándola de ilusión y brillo, cariño y vibración. Se trata, por tanto, de amar de modo justo y realista, pero, al mismo tiempo, intensa y apasionadamente.

Las pasiones y los deseos no son en sí mismos nocivos, aún en nuestra condición de naturaleza herida. Constituyen la energía misma que motiva el obrar humano. La virtud -cultivada mediante un profundo proceso educativo, con buenos maestros y ambientes de crecimiento, y con la ayuda de la gracia divina- no suprime en absoluto las pasiones, que son su materia propia, sino que las ordena a cumplir las prescripciones de la prudencia para contribuir al bien. La virtud es concordancia del apetito sensible con la razón, que refuerza la propia identidad.

Virtudes como la fidelidad, la paciencia, la cordialidad, la amabilidad, la alegría, la discreción, la compasión, la humildad, la magnanimidad, el afán de servicio, la disponibilidad, la generosidad o la perseverancia, constituyen cualidades estables valiosas que hacen al sujeto más libre y apto para el arte de la convivencia, más consciente y lúcido, más preparado para realizar actos nobles, de calidad humana. Son destrezas éticas de la persona en orden a emprender acciones excelentes. Conforman personalidades equilibradas, seguras, capaces; confieren naturalidad, facilidad y gusto para orientarse hacia lo mejor, aunque cueste; modelan la espontaneidad, integrando las diversas cualidades hacia lo adecuado en la vida concreta; conducen hacia el perfeccionamiento en el don de sí. Además, el Espíritu Santo incide en esos mismos dinamismos y transforma con sus dones la mente y la voluntad del creyente, configurándolo al corazón de Cristo.

La hermana mayor, Elinor, manifiesta esta madurez interior, que conjuga cordura y cordialidad, rectitud y ternura. Sabe guardar sensatamente las formas o convenciones sociales, limitadas pero necesarias como cauce para preservar la intimidad y evitar desagradables sorpresas, malentendidos y engaños, que llevan a usar y a degradar a las personas. No se deja llevar, como su hermana menor, Marianne, por un ingenuo y nefasto emotivismo rupturista, que lo sacrifica todo alocadamente al ímpetu fogoso del eros desquiciado. En definitiva, Elinor demuestra que posee un corazón sabio y prudente, que ama intensamente y de modo oportuno y adecuado. Pues solo la persona que ha adquirido una apropiada armonía entre razón y pasión es realmente libre para amar y está interiormente preparada para la vocación esponsalicia.

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