Una mirada católica a la actualidad

Un sueño que se llama Líbano

Desde el país de los cedros, donde está por motivo de un proyecto de su fundación, la autora describe una situación que preocupa a los jóvenes libaneses, que buscan un futuro próspero pero no logran encontrarlo en su propia tierra.

Maria Laura Conte

1 de junio de 2021

Foto: Beirut. ©Charbel Karam

Una solución para Oriente Medio podría ser ésta: esperar a que se vayan los jóvenes, que ya están esperando, dispuestos a irse, y dejar que los últimos viejos llenos de odio se extingan haciendo la guerra entre ellos. Este es uno de los muchos pensamientos paradójicos que vienen a la mente cuando uno se detiene un momento a escucharlos, jóvenes de entre veinte y treinta años, que cuentan sus historias alrededor de una mesa de madera en la Bekaa, la región de Líbano que limita con Siria al este. 

Actualmente trabajan como personal de la ONG AVSI, atendiendo a los más vulnerables, especialmente a los niños refugiados sirios y sus familias. Escúchelos y mida hasta qué punto aquí, en los días de la reanudación del conflicto entre Palestina e Israel, la pandemia ha llegado para asestar sólo el último de una serie de golpes mortales. Mientras que en otros lugares los medios de comunicación documentan una lenta pero constante salida de las garras del COVID, y los economistas anuncian una extraordinaria recuperación del PIB, aquí en el Líbano los jóvenes citan a sus padres y abuelos como testigos de que nunca antes la situación había sido tan imposible, sin salida visible, ni siquiera durante la guerra civil.

Que hay más libaneses fuera que dentro del Líbano, se sabe y es ya una vieja historia. Pero esta vez la medida está llena, es la huida de los que han hecho cenizas el pasado y ahora están jugando con su futuro. “Mi sueño no es irme. Mi sueño es el Líbano, pero es el Líbano el que no tiene espacio ni oportunidad para mí” – explica Zenab – “Si es difícil encontrar la manera de empezar de nuevo en otro lugar, aquí es imposible”. “Estoy esperando la respuesta para hacer un doctorado en Hungría” – dice Laura – “En cuanto llegue me iré y espero que sea una puerta de entrada a un trabajo allí. Parece que son acogedores”.

“Aquí todo es tan cambiante, tan frágil”, observa Laura, “que incluso renunciamos a comprometernos. ¿Cómo puede una persona arriesgarse a encariñarse con alguien que luego podrá marcharse o que nunca tendrá trabajo y medios para poder montar una casa?” 

La historia de la segunda mitad del siglo XX en el Líbano fue tan divisiva que quienes redactaron los programas escolares siempre prefirieron dejarla en la sombra, fomentando la ignorancia y el desinterés.

Los jóvenes quieren irse, escapar de un contexto que les corta las piernas y les estrecha el horizonte. Mejor emigrar antes de que devore incluso lo que queda del deseo de redención. “El nuestro es un país en suspenso, a la espera” – Philippe es realista -. “Pero no podemos esperar más”.

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