Katolickie spojrzenie na współczesność

Bądźmy bon vivantami

Los Evangelios no solo invitan a “seguir a Cristo”, sino a vivir en Él, como recuerda la enseñanza de San Pablo y el impulso del Espíritu Santo tras Pentecostés.

Redakcja Omnes

2 de kwiecień de 2026

Hace poco tiempo, gracias al pódcast de Jeff Cavins, descubrí que en los Evangelios se habla más de 80 veces de “seguir a Cristo”. El propio Jesús lo repite en multitud de ocasiones, a veces de manera invitatoria, “Podążaj za mną”, y otras de manera indirecta, “el que me sigue no andará en tinieblas…” (Jn 8, 12). 

Sin embargo, tras la venida del Espíritu Santo, después de Pentecostés, los relatos se centran en las palabras “vivir en Cristo”. Es la afirmación paulina de “no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí”. Ése “en mí” no es sólo en Pablo, somos también cada uno de los cristianos, salvados al cien por cien por la pasión, muerte y resurrección de Cristo. 

Los cristianos no somos “seguidores" de Cristo, como podríamos ser seguidores de una filosofía o de un equipo de fútbol. Somos Cristo. Somos parte de su Cuerpo místico, pero de verdad, físicamente, con nuestra talla de pie y de pantalón. Cristo actúa a través de nosotros. Esta es la flipante realidad del cristiano. Seguir a Cristo pertenece al Kronos, al espacio temporal medible; vivir en Cristo pertenece al Kairós, al acontecimiento que supone cada encuentro con Cristo, como recordaba Benedicto XVI con esas inolvidables palabras en Deus Caritas Est.

Seguir a Cristo es parte de nuestra vida, pero no es suficiente. Ser cristianos no consiste en  dejarnos llevar, decir “amenes” más o menos conscientes, sino de ser discípulos activos, personas que actúan “en” Cristo y a través de los cuales “pasan cosas”. “Por Cristo, con Él y en Él”, dice el sacerdote en cada Misa en la que somos “enviados” así: con Él y en Él. 

En un mundo en el que son casi más quienes nunca oyeron hablar de Cristo, el Hijo de Dios puede hacerse el encontradizo en una carnicería, en un autobús o en una mesa de biblioteca a través de ese catoliquillo de medio pelo que se sienta a su lado.

En el Credo, apelamos al Espíritu Santo “vivificante”. En su Carta Apostólica In unitate fidei con ocasión del 1700 aniversario del Concilio de Nicea, el Papa León XIV recuerda la necesidad de que el Credo se haga vida en la vida de los cristianos, sirviendo como guía de testimonio: “La liturgia y la vida cristiana están, por tanto, firmemente ancladas en el Credo de Nicea y Constantinopla: lo que decimos con la boca debe venir del corazón, de modo que sea testimoniado en la vida. (…) El Credo de Nicea nos invita entonces a un examen de conciencia. ¿Qué significa Dios para  mí y cómo doy testimonio de la fe en Él?”. Es divertido pensar que Dios nos pide ser unos vividores. Quizás porque la alegría es también una de las características de quien quiere ser Cristo en este mundo.

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