Una mirada católica a la actualidad

Con Espíritu Santo y fuego. El Bautismo de Nuestro Señor (C)

Joseph Evans comenta las lecturas del Bautismo de Nuestro Señor (C) y Luis Herrera ofrece una breve homilía en vídeo.

Joseph Evans

9 de enero de 2025

La versión de Lucas del bautismo de Nuestro Señor, que leemos hoy, comienza con una referencia a la expectación de la gente: “Como el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías”. 

El pueblo estaba doblemente equivocado: Juan no era el Mesías, y estaban equivocados sobre el tipo de Mesías que debían esperar. Querían un Mesías político-militar que los liberara de la opresión romana y estableciera un reino político libre de Israel. Incluso hoy en día la gente busca el bautismo por razones equivocadas: como una mera convención social, para acceder a la educación católica u otros beneficios.

Ante su error, Juan responde con humildad: “Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias”.

Esta humildad es una preparación para el bautismo. Juan podía preparar a la gente para el bautismo superior de Cristo porque su propia alma era buena tierra receptiva al “agua” de la gracia. Ésta se derrama en las almas que la reciben como tierra buena, mientras que otras la rechazan por su dureza de corazón como una roca. 

Es también la propia humildad de Cristo la que le permite darnos el don del bautismo. Se deja bautizar por Juan, aunque es muy superior a su precursor, y luego le vemos rezar. A partir de su humildad y de su oración, la gracia del Espíritu Santo se derrama sobre la humanidad: “también Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma”.

A través de la humildad y la oración, el agua del bautismo sigue fluyendo en nuestra alma. El bautismo no es simplemente un acontecimiento pasado. Es agua viva, la acción continua del Espíritu Santo en nosotros (cfr. Jn 4,10-14; 7,37-39), que nos transforma cada vez más en hijos de Dios. Cuando el Espíritu descendió sobre Cristo, la voz del Padre proclamó: “Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco”. 

Este bautismo se complementa con el fuego de Pentecostés (ver Hch 2,1-4): “Os bautizará con Espíritu Santo y fuego”. El agua purifica y da crecimiento. El fuego intensifica esta purificación y da energía y poder. Pero con todo esto el Espíritu trae la paz a nuestra alma, y así descendió sobre Jesús en forma de paloma, recordando la paloma por la que Noé supo que el diluvio había terminado y la humanidad estaba de nuevo en paz con Dios.

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