Una mirada católica a la actualidad

¿Qué herramientas podemos dar a nuestros hijos ante la IA?

La inteligencia artificial ya está moldeando el mundo en el que vivirán nuestros hijos. Por eso cultivarse, y en gran medida culturizarse, hoy es más necesario que nunca. Fomentemos en nuestros hijos esta actitud y estarán mejor preparados para el futuro.

Álvaro Gil Ruiz

21 de febrero de 2026

herramientas IA
©Vitaly Gariev

Una buena educación va dirigida, en gran medida, a la formación del carácter de nuestros hijos, fomentando su crecimiento personal y facilitando su maduración óptima, para afrontar las circunstancias de la vida. En las primeras etapas el padre y la madre son el referente primordial, de tal manera que son los principales educadores, y los que les ayudan a configurar su personalidad.

Cuando educamos lo hacemos más por lo que somos que por lo que decimos. Moldeamos mucho más con el ejemplo que damos, que en aquello donde ponemos el foco para que nuestros hijos mejoren. Por lo que es necesario trabajar nuestra coherencia de vida,  para educar de la mejor manera, cuando somos conscientes de la repercusión de nuestras acciones y cuando no lo somos. A la vez que crecemos como personas en nuestro esfuerzo por ser un mejor referente.

Pero pensando en el futuro, en el momento que no seamos un líder tan claro -ley de vida- o tengamos una menor influencia sobre ellos (en muchas casos antes de la adolescencia) podemos entregarles algunas herramientas, como si los invistieramos caballeros que salen al mundo. Son instrumentos para que sean capaces de enfrentarse a una sociedad polarizada, llena de múltiples ideas con las que conviven, y al reto de la Inteligencia Artificial. 

Estas son cuatro: leer, escribir, escuchar y hablar.

Leer para combatir

La importancia de la lectura es algo evidente hoy más que nunca, porque vivimos en un mundo cambiante, y hay que estar preparado para lo que tenemos y para lo que pueda. Por eso es necesario leer para vivir y más en tiempos “borrascosos y ventosos”, sabiendo de nuestra fragilidad.

Dice Julio Llorente que  “leer bien no es solo elegir buenos libros: es, ante todo, leer con la actitud adecuada”. Esta sería la primera característica que debemos fomentar en un buen lector, saber por qué leemos un libro y qué esperamos de él. Pero, ¿qué leer? “Mayoritariamente nos centramos en leer novelas, cuando cada género aporta una perspectiva sobre la realidad diferente y son necesarios. La preponderancia de un género es ya una limitación del arte de leer”, decía en una ocasión Enrique García-Máiquez. Por lo que es bueno probar diferentes tipos de libros, que nos descubran nuevos mundos. Pero siempre de manera progresiva y bajo la guía y orientación de alguien que nos pueda ir mostrando qué leer. La Biblia, los clásicos, enciclopedias, novelas, cómics…

Pero ¿cómo sacar tiempo para leer? Y la respuesta es clara, queriendo. Es necesario dejar a un lado el móvil un rato al día y tener un plan lector diario. 20 páginas al día supone leer 7300 páginas al año. O 10 páginas al día  aporta  la apreciable suma al año de 3650 páginas. O un raquítico plan de 5 al día, implica 1325 páginas al año. ¡Te aseguro que no serás el mismo tras la lectura de esta cantidad de páginas al año!

Pero, ¿cómo despertar el gusto por la lectura?

Visitar una librería o una biblioteca es como visitar una buena heladería italiana, de esas que entran por los sentidos, pero sobre todo por la vista. Al introducirte en ella, la visión colorida, aparente, sugerente y apetente, genera el deseo de probar los más de 150 apetitosos sabores… Bacio, limone, fragola, cioccolato, stracciatella, caffè, ferrero rocher, nutella, nocciola, Pistacchio, Rum Raisin, Tiramisù,… Después de un rato pensando, tomamos una decisión más o menos acertada: «Póngame una bola de limone y otra de… fragola», pedimos al dependiente, mientras seguimos mirando el mostrador y estamos pensando: «el próximo día quiero probar el de nocciola y pistacchio. Aunque también me gustaría probar el de stracciatella y Ferrero Rocher, y también…». Esa indecisión, fruto de la concupiscencia, genera el deseo de probar más sabores y de volver cuanto antes a la tienda.

De la misma manera que una heladería despierta nuestras ganas de probar un montón de helados, una buena biblioteca o librería puede suscitar el “apetito o concupiscencia lectora”. Cuando vemos un gran escaparate de una librería, el mostrador de novedades de una biblioteca o vamos a buscar un libro y encontramos otro más interesante, nos entra por los ojos el deseo de leer, ya sea para saber o disfrutar. Y no solo eso, sino que la variedad expuesta de géneros literarios y de temas, invita a ampliar la cultura. 

Pero no únicamente nos cultivamos con la lectura, también con la escritura, la escucha y el diálogo. 

Luri, dice habitualmente, que escribir no es solo transmitir ideas, como muchos piensan, sino también una forma de tenerlas. También que para aprender a redactar bien no basta con leer mucho y bien, hay que practicar. Por eso dedicar tiempo a la redacción es una gran manera de interpretar lo que nos pasa, de configurarnos como personas, de ordenar nuestras ideas, pero sobre todo de tenerlas.

Lo más necesario, dialogar

Pero quizá lo que se hace más urgente y necesario hoy,  es la capacidad de diálogo, es decir de escucha y habla. Ya que es muy necesaria para formarnos bien, ya que nos obliga a estar al día de los temas de actualidad y a tener una postura clara.

Tener polaridad (ideas propias y defenderlas) es necesario, pero estar polarizado supone estar en fuera de lugar, ya que nunca nuestras ideas pueden estar por encima de las personas, porque merecen nuestro respeto.  En los tiempos que corren, un buen cristiano, si es reconocido por algo, es por esto, por su capacidad de entender, dialogar y de tender puentes, aunque pensemos de manera opuesta. 

Por eso cultivarse, y en gran medida culturizarse, hoy es más necesario que nunca. Fomentemos en nuestros hijos esta actitud y estarán mejor preparados para el futuro, sabiendo que somos vulnerables.

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