Una mirada católica a la actualidad

Las gaviotas del cónclave

Mientras millones de ojos escrutan la chimenea de la Capilla Sixtina, hay quienes tienen el mejor asiento del Vaticano: las gaviotas. Dueñas del cielo romano, se posan, observan... y esperan, como todos nosotros, pero sin tensión alguna.

Javier García Herrería

8 de mayo de 2025

gaviotas
©Sora

El Cónclave avanza y con él crece la ansiedad global. En Roma se agolpan los fieles, en las redacciones tiemblan los dedos sobre los teclados, y en la Plaza de San Pedro reina un silencio expectante… interrumpido solo por el graznido impasible de una gaviota.

Ahí está, en lo alto de la Capilla Sixtina, plantada junto a la chimenea como si formara parte del aparato oficial del cónclave. Con mirada penetrante y la seguridad de quien no teme ni a la opinión pública ni a los bandos cardenalicios, la gaviota observa.

Qué envidia da.

Mientras dentro se cruzan miradas, se doblan papeletas y se cuentan votos con respiración contenida, fuera reina otro ritmo. El de las alas blancas que sobrevuelan el misterio. Las gaviotas no entienden de mayorías de dos tercios ni de tensiones eclesiales. No necesitan consenso para aterrizar con dignidad sobre la teja más alta del Vaticano. Nadie las filtra ni las tapa. Y cuando se posan junto a la chimenea, lo hacen con una tranquilidad desconcertante.

¿Es un presagio? ¿Es la paloma del Espíritu Santo en su versión menos sutil y más chillona?

En cada cónclave, reaparecen. En 2013 una acaparó titulares por pasar varios minutos exactos junto a la chimenea minutos antes de la fumata blanca. Algunos bromearon: «Ella lo supo antes que nosotros». ¿Y por qué no? Tal vez, en su vuelo sereno, captan las vibraciones de la Capilla Sixtina. O quizás solo busquen calor… o el sándwich de un periodista descuidado.

Pero en esta época de conjeturas, ¿quién no ha deseado, aunque sea por un segundo, ser una de ellas? Mirar todo desde arriba, sin presión, sin voto, sin boletines que redactar.

Mientras tanto, el mundo contiene la respiración. Las cámaras enfocan el tejado. Las redes hierven con memes y conjeturas. Y ellas, majestuosas e irreverentes, se pasean entre las nubes como si el futuro de la cristiandad no se decidiera justo debajo de sus patas.

Si hay algo que nos recuerdan estas gaviotas es que hay algo profundamente humano en no saber, en esperar, en imaginar. 

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