Un regard catholique sur l'actualité

Limones de contrabando

La belleza, para poder transportarla, no puede ser muy grande: diría que tiene el tamaño de un limón apenas, y sonríe como tal.

Gabriel Pérez-Miranda

7 de avril de 2026

Limones

Cada vez que viajamos a Asturias, al otro lado de la tapia, un limonero se divierte enseñándonos sus nuevos cromos. Invariablemente Santiago y yo solemos ir el último día en operación relámpago, y mientras yo los arranco y se los lanzo él los caza al vuelo y los guarda en una bolsa.

Los limones, pulidos y amarillos, contrastan con el color gris de las nubes y sacuden con alegría el domingo por la mañana. Volveremos a Madrid, pero llevándonos mercancía asturiana de contrabando.

Los árboles frutales son poemas pero con fotosíntesis de por medio. Arrancamos unos cuantos versos cítricos para aguantar en Madrid, porque aquí hay demasiada niebla y está demasiado lejos. Nos llevamos la poesía a otra parte.

Escribir así: un limón amarillo creciendo en un prado nublado. Leer así: lanzando los limones por los aires.

Supongo que la belleza, para poder transportarla, no puede ser muy grande: diría que tiene el tamaño de un limón apenas, y sonríe como tal. El amarillo de un limón es sencillo, no es pretencioso. El limón no es tan amarillo por el amarillo, en realidad es tan amarillo por el gris. Si el cielo no fuera hoy gris, el limón sería menos rubio.

Es como Madrid un poco: si Madrid no fuera tan oficial y asfalto y reuniones y ruido, probablemente la belleza no resaltaría tanto. Quizá si Madrid no fuera tan reglamentario, nadie esperaría nada de la poesía. La niebla gris es Madrid. La poesía, un coche rojo que llega con kilos de limones amarillos en el maletero.

Cuando la poesía se esconde, hay que arrancarla. Es fácil de encontrar: cuanto más gris hay alrededor, más amarilla se atreve. Y encima se puede agarrar: sólo hay que encaramarse y lanzarla por los aires.

Pero nadie salta siquiera la tapia, porque están los tiempos muy sensibles, muy madrileños, muy reglamentarios. Por eso la belleza tiene que ser pequeñita, y conseguirse en operación relámpago: los limones saben mejor de contrabando.

Quizá tenga razón Miguel d’Ors. Quizá escribir versos sólo sea otra manera de robar limones.

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