Una mirada católica a la actualidad

Una realidad «mística»

El pontificado de Francisco evidencia que el encargo del Papa, hombre entre los hombres, es un don, una gracia, pero también una cruz que no tiene nada que ver con el ejercicio de un poder político, contingente y temporal.

Mauro Leonardi

18 de marzo de 2021

El 13 de marzo fue el aniversario de la elección de Jorge Mario Bergoglio como Papa. Francisco es un poco «el heredero de Juan Pablo II para la centralidad de la Misericordia y, al mismo tiempo, interpreta una extraordinaria continuidad tanto con Benedicto XVI como con los grandes pontífices del siglo XX.

La influencia de Juan XXIII es evidente en su fuerte espíritu ecuménico y en su intento de trazar un camino en el que, sin restar solidez doctrinal, la Iglesia sepa ofrecer siempre su rostro más tierno y maternal al hombre. Francisco es un Papa, como el Papa Luciani, que conquista por su humanidad y sencillez; y sin embargo es también un Papa herido por la polémica como Pío XII, aunque evidentemente por razones diferentes.

Bergoglio, que toma la herencia de muchos grandes, eligió para sí el nombre de San Francisco: con el nombre de un gran santo dio a su ministerio una fuerte impronta de pobreza, de atención a los últimos, de verdad siempre propuesta con caridad y tacto, de apostolado «por atracción», de diálogo vivido más que impuesto y gritado.

Lo contó, inmediatamente después de su elección, en una histórica rueda de prensa. «¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres! – Dijo – Por eso me llamo Francisco, como Francisco de Asís: un hombre de pobreza, un hombre de paz. El hombre que ama y salvaguarda la Creación; y hoy tenemos una relación no tan buena con la Creación…».

La idea le vino de la reacción de su vecino en el Cónclave, el arzobispo emérito de São Paulo, el brasileño Claudio Hummes, su gran amigo. «Cuando se alcanzaron los dos tercios del quórum, los aplausos se dispararon. Claudio me abrazó y me dijo: «No te olvides de los pobres». Entonces pensé en la pobreza. A las guerras. San Francisco de Asís. Y decidí llamarme como él». La pobreza, la paz, la custodia de la creación, fueron objetivos por los que el Papa argentino trabajó tenazmente.

El reciente viaje a Irak muestra cómo el papado quizá nunca haya tenido tanta fuerza cuando, como ahora, subraya que la Iglesia, es decir, el Cuerpo Místico de Cristo, es una realidad «mística»: algo, pues, que si bien toca el tiempo y la historia tiene sus raíces en la eternidad. Parece así evidente cómo el Espíritu Santo da al pontífice, hombre entre los hombres, un carisma que es un don, una gracia, pero también una cruz que no tiene nada que ver con el ejercicio de un poder político, contingente y temporal.

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