Una mirada católica a la actualidad

Ojos bañados en lágrimas

Mauro Leonardi

11 de agosto de 2020

Hace cuatro años, durante el Jubileo de la Misericordia, por indicación del Papa Francisco, la Congregación para el Culto Divino convirtió en “Fiesta” la Memoria de Santa María Magdalena a quien Bergoglio había definido como discípula “al servicio de la Iglesia naciente”.

Esta fulgurante definición del obispo de Roma se debe a lo que nos cuenta el Evangelio. Es ella quien ve primero a Cristo, es ella quien, pasando de la tristeza de las lágrimas a la alegría, es llamada por su nombre por Jesús y lo anuncia a los apóstoles.

El 2 de abril, que era el martes después de Pascua de 2013, el Papa Francisco, precisamente al hablar de María Magdalena, en la misa de la Casa Santa Marta había dicho: “A veces, en nuestras vidas, las gafas para ver a Jesús son las lágrimas. Ante la Magdalena que llora, también nosotros podemos pedirle al Señor la gracia de las lágrimas. Es una gracia hermosa… Llorar por todo: por el bien, por nuestros pecados, por las gracias, también por la alegría. El llanto nos prepara para ver a Jesús. Y que el Señor nos da la gracia, a todos nosotros, para poder decir con nuestra vida: He visto al Señor, no porque se me ha aparecido, sino porque lo he visto dentro de mi corazón”.

Para un sacerdote con intensa actividad pastoral no es fácil empatizar con el dolor de quien llega a la parroquia. Funerales, bodas, bautizos, noticias de dolor, de desempleo, de tensiones, se suceden sin parar y llegan al corazón del sacerdote de manera tumultuosa, uno tras otro, forzando una alternancia emocional que a veces empuja al sacerdote a protegerse detrás de una aparente indiferencia. Los ojos de María Magdalena, bañados en lágrimas porque encuentran una tumba vacía, pueden convertirse en los de un sacerdote que, después de conocer a Cristo, nunca dejan de mirarlo y son los primeros que lo anuncian a los apóstoles incrédulos.

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