La Unción de los enfermos es un sacramento instituido por Jesucristo, insinuado como tal en el Evangelio de san Marcos (cfr. Mc 6,13), y recomendado a los fieles por el apóstol Santiago: «¿EstĆ” enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbĆteros de la Iglesia, que oren sobre Ć©l y le unjan con óleo en el nombre del SeƱor. Y la oración de la fe salvarĆ” al enfermo, y el SeƱor harĆ” que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serĆ”n perdonadosĀ» ( St 5,14-15). EstĆ” especialmente destinado a reconfortar a los atribulados por la enfermedad. La Tradición viva de la Iglesia, reflejada en los textos del Magisterio eclesiĆ”stico, ha reconocido en este rito, especialmente destinado para ayudar a los enfermos y purificarlos del pecado y sus secuelas, uno de los siete sacramentos de la Nueva Ley (cfr. CIC, n. 1510).
La doctrina sobre este sacramento
En el Concilio Vaticano II se promulgó: āla Extremaunción, que puede llamarse tambiĆ©n, y mĆ”s propiamente, Unción de los enfermos, no es sólo el sacramento de quienes se encuentran en los Ćŗltimos momentos de su vida. Por tanto, el tiempo oportuno para recibirlo empieza cuando el cristiano comienza a estar en peligro de muerte por enfermedad o por vejezā (Sacrosanctum Concilium, n.73) Con la sagrada unción de los enfermos la Iglesia entera encomienda a los enfermos al SeƱor sufriente y glorificado, para que los alivie y los salve. Incluso los anima a unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo (cfr LG 11).
MĆ”s tarde se concretó: āLa familia de los enfermos y los que, desde cualquier nivel los atienden, tienen una parte primordial en este ministerio reconfortador. A ellos les corresponde en primer lugar fortalecer a los enfermos con palabras de fe y con oraciones en comĆŗn, y encomendarlos al SeƱor doliente; y al hacerse mĆ”s grave la enfermedad, a ellos corresponde prevenir al pĆ”rroco y preparar al enfermo con palabras prudentes y afectuosas para que pueda recibir los sacramentos en el momento oportunoā. (Praenotanda: Unción y pastoral de enfermos, n.34).
āRecuerden los sacerdotes, sobre todo los pĆ”rrocos, que pertenece a su misión visitar a los enfermos con atención constante y ayudarles con inagotable caridad. DeberĆ”n estimular la esperanza de los presentes y fomentar su fe en Cristo paciente y glorificado, de modo que, aportando el piadoso afecto de la madre Iglesia y el consuelo de la fe, reconforten a los creyentes e inviten a los demĆ”s a pensar en las realidades eternasā (Ibid, n. 35).
āEl sacramento de la Unción de los enfermos se administra a los gravemente enfermos ungiĆ©ndolos en la frente y en las manos con aceite de oliva debidamente bendecido o, segĆŗn las circunstancias, con otro aceite de plantas, y pronunciando una sola vez estas palabras: Por esta santa unción, y por su bondadosa misericordia, te ayude el SeƱor con la gracia del EspĆritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedadā. (CIC, n. 1513)
Por tanto, es apropiado recibir la Unción de los enfermos antes de una operación importante. Y esto mismo puede aplicarse a las personas de edad avanzada cuyas fuerzas se debilitan. (CIC, n. 1515).
El sufrimiento
AƱade el Catecismo de la Iglesia Católica que: āLa enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sĆ mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios. Puede tambiĆ©n hacer a la persona mĆ”s madura, ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que lo es. Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una bĆŗsqueda de Dios, un retorno a ĆlĀ» (CIC n. 1501). Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces Ć©ste nos configura con Ćl y nos une a su pasión redentora. (CIC, n.1505)
”Sanad a los enfermos! (Mt 10,8): La Iglesia ha recibido esta tarea del Señor e intenta realizarla tanto mediante los cuidados que proporciona a los enfermos, como por la oración de intercesión con la que los acompaña (CIC, n. 1509).
Las gracias de este sacramento
La gracia primera de este sacramento es de consuelo, paz y Ć”nimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez. Esta gracia es un don del EspĆritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente tentación de desaliento y de angustia ante la muerte (CIC, n. 520).
Asà pues. la gracia especial del sacramento de la Unción de los enfermos tiene como efectos:
ā la unión del enfermo a la Pasión de Cristo, para su bien y el de toda la Iglesia;
ā el consuelo, la paz y el Ć”nimo para soportar cristianamente los sufrimientos de la enfermedad o de la vejez;
ā el perdón de los pecados si el enfermo no ha podido obtenerlo por el sacramento de la penitencia;
ā el restablecimiento de la salud corporal, si conviene a la salud espiritual;
ā la preparación para el paso a la vida eterna. (CIC 1532)
La experiencia pastoral enseña que los enfermos y ancianos que reciben la Santa Unción con fe no se asustan, sino que encuentran fortaleza, esperanza, serenidad y consuelo. El Concilio Vaticano II dio un enfoque mÔs dirigido a orientar el sentido de la enfermedad, el dolor y la misma muerte con fe en la misericordia de Dios. Es un sacramento de salvación que ayuda a estar con paz en los momentos de sufrimiento.
La Iglesia y los enfermos
Los pĆ”rrocos, los capellanes de hospitales y residencias de ancianos, los voluntarios de la Pastoral de la Salud ofrecen un servicio esmerado de atención personalizada a los enfermos. Su presencia junto a los enfermos es la respuesta a la invitación de JesĆŗs a realizar la obra de misericordia de āvisitar a los enfermosā.
La Iglesia, que estĆ” presente en los momentos mĆ”s significativos de la vida de los fieles, los acompaƱa con un cariƱo y ternura especial en los preparativos del trĆ”nsito definitivo a la nueva vida en el encuentro con Dios. Toda la comunidad cristiana reza por ellos, para que el EspĆritu Santo les conceda la āsabidurĆa del corazónā.
No es fĆ”cil a veces valorar si el enfermo tiene la intención, al menos habitual e implĆcita, de recibir este sacramento, o sea: la voluntad no retractada de morir como mueren los cristianos, y con los auxilios sobrenaturales que a Ć©stos se destinan. Pero en caso de duda mĆ”s vale suponer que sĆ pues sólo Dios conoce su conciencia y le puede juzgar, y lo encomendamos a su misericordia.
Aunque la Unción de enfermos puede administrarse a quien ha perdido ya los sentidos, hay que procurar que se reciba con conocimiento, para que el enfermo pueda disponerse mejor a recibir la gracia del sacramento. No debe administrarse a aquellos que permanecen obstinadamente impenitentes en pecado mortal manifiesto (cfr. CIC, can.1007).
Si un enfermo que recibió la Unción recupera la salud, puede, en caso de nueva enfermedad grave, recibir otra vez este sacramento; y, en el curso de la misma enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si la enfermedad se agrava (cfr. CIC, can. 1004, 2).
Por Ćŗltimo, conviene tener presente esta indicación de la Iglesia: Ā«En la duda sobre si el enfermo ha alcanzado el uso de razón, sufre una enfermedad grave o ha fallecido ya, adminĆstrese este sacramentoĀ» (CIC, can. 1005).
Caridad y enfermedad
En la prĆ”ctica, para bastantes católicos hablar de la Unción de los enfermos resulta difĆcil, pues lo tienen asociado a la muerte, y no saben o no quieren plantearlo a sus familiares y amigos. Es un problema mĆ”s de la falta de fe y formación cristiana, pues desconocen el significado de este sacramento de esperanza.
Si educamos en las postrimerĆas y en la vocación de eternidad, la experiencia de la enfermedad serĆa una toma de conciencia para enfrentar, ahora o mĆ”s tarde, la muerte y el juicio de Dios. La enfermedad invita a recordar que āpara Dios vivimos, para Dios morimos; sea que vivamos, sea que muramos, somos del SeƱorā(Rom. 14,8). En la ancianidad se alteran algunos equilibrios que comprometen la armonĆa y unidad del hombre, por eso a efectos del sujeto del sacramento de la Unción se equipara a la enfermedad.
Cuando hablamos de ādolorā o āenfermedadā, todos sabemos que hay tambiĆ©n dolores y enfermedades āespiritualesā, que no son exactamente lo mismo que las dolencias psĆquicas. En todo caso la unidad del ser humano hace que una aflicción espiritual pueda tener consecuencias somĆ”ticas y viceversa. Por eso este sacramento de la Unción tiene tambiĆ©n consecuencia en la paz del enfermo. Es un error pastoral y una falta de caridad retrasar la administración de la Santa Unción hasta que el enfermo estĆ© agónico, o poco menos, y quizĆ”s ya privado de conocimiento.
Como se dijo, el sacramento da gracias para asumir la cruz de la enfermedad, que se hace presente mucho antes de la inminencia de la muerte. Decimos falta de caridad porque se priva a un cristiano de las gracias sacramentales, que tienen precisamente como fruto el ayudarlo a asumir la realidad de la enfermedad o de la ancianidad.
La enfermedad es una realidad que resulta ambivalente en orden a la salvación. Puede vivirse en Ćntima unión con Cristo en su dolorosa Pasión, en espĆritu de penitencia y de ofrenda, con paciencia y serenidad. Pero puede tambiĆ©n vivirse, desgraciadamente, con rebeldĆa hacia Dios e incluso con desesperación; con impaciencia, con dudas de fe o con desconfianza en la misericordia de Dios. āVivirla en Cristoā, con los ojos de la fe, supone vencer la natural dificultad y repugnancia a aceptar el dolor y la muerte. Para esta victoria el cauce ordinario de la gracia es el sacramento de la Unción de los enfermos.
Un sacramento cada vez menos frecuente
El folleto de propaganda para el dĆa de la iglesia diocesana incluĆa una estadĆstica de administración de sacramentos, y en cuanto a la Unción de enfermos la cifra era tristemente ridĆcula. Claro que, como no se lleva contabilidad parroquial de este sacramento, los datos solo pueden ser aproximados. Pero lo cierto es que se conoce poco, y pocos lo solicitan espontĆ”neamente, lo que puede significar un dĆ©ficit en la catequesis de lo que significa y produce este sacramento.
La atención pastoral a los enfermos, y mĆ”s si estĆ”n en peligro de muerte, ha sido siempre una prioridad para todos los cristianos y especialmente para los presbĆteros, que son los que pueden administrar esta Unción.
Recuerdo tertulias impresionantes con sacerdotes de los pueblos, que contaban historias preciosas de los auxilios espirituales que prestaban a los moribundos, en circunstancias a veces difĆciles, y con resultados maravillosos. Cuando no habĆa tantos medios para aliviar la angustia y el dolor en las agonĆas, los efectos calmantes eran muy llamativos.
Hoy dĆa la asistencia pastoral hospitalaria y parroquial suele ser garantĆa para ofrecer este sacramento a los que lo piden. Aunque hubo muchas tristes y justificadas quejas por parte de los fieles en la primera Ć©poca de la pandemia. Pero, ĀæcuĆ”ntos solicitan recibir la Unción? Cada vez menos. Solo si se ofrece tambiĆ©n a los que no practican, explicĆ”ndoles en quĆ© consiste, su naturaleza y efectos, se consigue ayudar a un buen nĆŗmero de moribundos en ese trance final.
El miedo
No trato aquĆ de la administración a personas mayores en parroquias o residencias. Esta prĆ”ctica contribuye a deslindar este sacramento de la muerte, con el fin de āno asustarā por no asociarlo exclusivamente a los moribundos. Bastantes veces hay que superar el temor de las familias, mĆ”s que el del paciente que se va a morir y lo sabe. Da pena comprobar el poco respeto y amor a la libertad personal que muestran los parientes que se oponen a que un sacerdote visite al que estĆ” en peligro de muerte. Los llamados āpactos de silencioā son una triste muestra del fracaso de la fe en algunas familias.
Si se fomenta una buena catequesis del sacramento, y los cristianos conocieran la fórmula que se utiliza y las consoladoras oraciones del rito, no existirĆa sino paz, consuelo y agradecimiento por ese auxilio, en ese momento tan importante como es el trĆ”nsito a la Vida.
OjalÔ tomemos conciencia de que los cristianos estamos obligados a prepararnos lo mejor posible para la muerte. Las personas allegadas a los moribundos tienen el deber de procurar que reciba la Unción, ya sea presentÔndole la conveniencia de hacerlo o mencionando que se encuentra en una situación de peligro, con sentido común y caridad. Normalmente el enfermo acoge la sugerencia con serenidad, sobre todo si se le explica que es por su bien.