A Catholic perspective on current events

Santidad de la Iglesia y realidad del pecado

Editorial del número 719 de la revista impresa. Septiembre de 2022. 

La realidad del pecado es innegable, pero no por eso la Iglesia deja de ser santa. Conjugar estas dos realidad permite entender correctamente la afirmación del Credo sobre la santidad de la Iglesia.

Omnes

6 de September de 2022

iglesia

Desde hace algún tiempo la sociedad, y dentro de ella la Iglesia, asiste a oleadas de información que la llenan de perplejidad y de tristeza ante escándalos graves de diverso tipo, o ante comportamientos menos escandalosos pero poco ejemplares, o sencillamente ante los pecados y los defectos humanos de los cristianos. 

Por supuesto, los bautizados disponen de más motivos y de más ayudas para obrar bien, y deberían conocer con más claridad el objetivo al que los convoca su condición de seguidores de Cristo, que es la santidad. En particular, el deber de ejemplaridad es mayor en los que de alguna manera representan a la Iglesia públicamente. 

Como primera medida, esas situaciones nos hacen conscientes de que, en cuanto a las posibilidades de hacer el mal, todas las personas somos iguales. Pero además, y en primer término, han de servir a los bautizados para tomar conciencia de la necesidad de rectificar la conducta en muchos aspectos, de convertirse y hacer penitencia, de acudir a la misericordia divina, de recurrir a la gracia ofrecida en el sacramento de la Confesión; si se conoce la evidente falibilidad personal, todo ello es inseparable del deseo verdadero de progreso por el camino de Jesucristo. La Sagrada Escritura se refiere a la vida humana como a una “milicia” en la que cada uno lucha consigo mismo. La santidad a la que todos estamos llamados no es una realidad que se produzca de modo automático por el mismo hecho de ser “católico”. Su coronación se producirá al final, y será después de un juicio en el que cada uno será probado por sus obras. 

¿Y la Iglesia en cuanto tal, aquella que en el Credo proclamamos como “santa”? 

¿En qué sentido utilizamos esa expresión desde los primeros tiempos del cristianismo? Sobre todo, esa atribución de “santidad” ¿sigue valiendo hoy? Tras los abusos, los errores, etc., ¿en qué medida se ve afectada, o ha de ser corregida esa afirmación? Algunos sienten una reacción intelectual parecida a la de quienes encontraron difícil seguir hablando de Dios después de Auschwitz; otros quizá piensen que se puede “exigir” a los católicos la santidad, como si la única Iglesia posible fuera la de los puros; también habrá quien confíe en que las medidas disciplinares y jurídicas más acertadas resolverán los problemas. 

Ahora bien, como explica Francisco con frecuencia, la reforma de la Iglesia, en lo que sea conveniente y precisamente para que sea eficaz, ha de comenzar en una reforma de los corazones, de cada uno.

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