Leo a diario Le Devoir, periĂłdico nacionalista y laicista de MontrĂ©al. Para este medio, que hace un siglo era nacionalista y clerical, la visita del Papa a QuĂ©bec dentro de unos dĂas no parece ser noticia. Seguramente cambiará de opiniĂłn…
Todo viaje papal es importante, pero me parece que el viaje de fin de mes a Canadá lo es especialmente. La revoluciĂłn antirreligiosa occidental de la segunda mitad de los sesenta pegĂł muy fuerte a la minorĂa catĂłlica proactiva de Canadá. Seis dĂ©cadas despuĂ©s, la cristiandad ya no existe aquĂ, en el sentido que le da la filĂłsofa francesa Chantal Delsol.
Delsol, que hace poco habló en Montréal, publicó en 2021 el ensayo La fin de la Chrétienté. Ahà afirma que el milenio y medio cristiano que se acaba en Occidente se basó sobre el dominio. El cristianismo, que nunca muere, debe inventar un nuevo modo de existir: el testimonio.
A eso viene, me parece, el testigo Francisco. Viaja a esta periferia existencial a ser testigo del perdĂłn y la comprensiĂłn. Viene a peticiĂłn de los noventa obispos canadienses. Estos obispos fueron presionados por grupos indĂgenas e indigenistas que exigĂan que el Papa pidiera personalmente perdĂłn en Canadá por el colonialismo cristiano. No será esta la primera vez que Francisco se abaje en nombre de la Iglesia, como un poverello del siglo XXI.
El nĂşmero relativamente bajo de indĂgenas y mestizos canadienses (menos de dos millones) demuestra que para la Iglesia – Francisco – Cristo – los seres humanos cuentan en sĂ. No importa cuán pocos sean. El Papa viene a verlos a ellos, aunque tenga que hacerlo en silla de ruedas. Viene del 24 al 29 de julio a las provincias de Alberta y QuĂ©bec y al territorio de Nunavut. Viene a escuchar, a estar de tertulia.
Algo asĂ hizo San Juan Pablo II en su largo periplo de septiembre de 1984 (reuniĂ©ndose por ejemplo en Ontario con indĂgenas); y despuĂ©s el 20 de septiembre de 1987. Ese dĂa el papa polaco visitĂł Fort Simpson en el Territorio del Noroeste. DirigiĂł un mensaje a los pueblos autĂłctonos, se reuniĂł con los lĂderes de cuatro organizaciones nacionales indĂgenas, y celebrĂł la misa dominical. Era el cumplimiento de una promesa hecha tres años antes cuando la neblina impidiĂł a su aviĂłn aterrizar en Fort Simpson.
Ahora tambiĂ©n Francisco viaja a los confines de AmĂ©rica. Iqaluit, la capital de Nunavut, tiene sĂłlo ocho mil habitantes. Si ese territorio de los inuit, que llega al Polo Norte, fuera un paĂs, serĂa el 15 más grande del mundo.
Riesgos de la visita a Canadá
Francisco es un audaz. A sus 85 años casi no puede caminar: pero quiere Caminar juntos con los autĂłctonos (ese es el lema de la visita). Además apuesta a que los indĂgenas se reconciliarán con un Jesucristo inculturado, un Cristo al que los indigenistas le tienen alergia. La proporciĂłn de autĂłctonos catĂłlicos canadienses es probablemente más de 40 % (Ă©se es más o menos el porcentaje de los bautizados catĂłlicos canadienses). Dato clave: la natalidad indĂgena (aproximadamente 2,5 por mujer) es más alta que la anĂ©mica tasa canadiense de 1,4.
Francisco apuesta a que su estrategia (por inspiración divina, sin duda) de ir a las periferias geográficas (nombrando electores del futuro papa en lugares alejados de los grandes titulares y desconocidos por las bolsas de valores) – que eso va a recentrar el sistema de posicionamiento global eclesial.
Su estrategia es alejarse de la autorreferencialidad. Del narcisismo, de la enfermedad tĂpica de la Iglesia encerrada que se mira a sĂ misma, encorvada como la mujer del Evangelio, que conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo, y que impide experimentar “la dulce y confortadora alegrĂa de evangelizar” (ver “Evangelii gaudium”, citando a San Pablo VI). Quiere Francisco salir de las sacristĂas, patear los bulevares de las metrĂłpolis y los senderos alpinos, asiáticos, amazĂłnicos y africanos.
Francisco quizás apuesta a que sus crĂticos – los tiene en el Canadá anglĂłfono, influidos por un cierto conservadurismo clerical norteamericano – se den cuenta de que Ă©l es progresista y conservador simultáneamente. O que es, como dice Juan Vicente Boo en El Papa de la alegrĂa, “un conservador… inteligente”.
Por todo esto y más, este viaje importa. Veamos como sale. No se mueva de su pantalla.
