Una de las advocaciones mÔs populares de la Virgen es, sin duda, la de Nuestra Señora del Carmen, la Virgen materna y amorosa que sostiene en uno de sus brazos al Niño Jesús mientras ofrece con su mano el santo Escapulario.
Patrona del Mar, de multitud de pueblos e iglesias, titular de la Orden del Carmen y especial abogada de los que estĆ”n a punto de partir para la otra vida. Pero, Āæde dónde surgió este tĆtulo, este icono familiar y entraƱable, esas antiguas promesas de salvación y asistencia incluso para los que estĆ”n en el Purgatorio?
ĀæEs acaso solo una leyenda la que se representa en tantos cuadros e imĆ”genes, que nos la pintan entre nubes vaporosas, Ć”ngeles y flores, entregando el Escapulario a un anciano carmelita de barba gris? ĀæO bien extendiendo su capa blanca sobre un coro de frailes y monjas vestidos como su Reina y Patrona?…Ā
La oración de san Simón Stock
Sin embargo, nada mĆ”s real que este hecho mariano alrededor del cual gira toda la Historia y la espiritualidad de los carmelitas. Esta singular y misteriosa Orden medieval, surgida no se sabe muy bien en quĆ© Ć©poca ni de quĆ© manera, procedente de un movimiento eremĆtico en Tierra Santa, que empezó a tomar forma canónica a principios del siglo XIII, tiene su momento cumbre en esa dulcĆsima escena.
Un superior General procedente de Inglaterra, Simón Stock, se encuentra preocupado y abatido por el futuro de su Orden. Pide y suplica a la Virgen con una plegaria que se ha hecho célebre, que proteja y ampare sus hijos:
Flos Carmeli ā vitis florigera
Splendor coeli ā Virgo puerpera singularis
Mater mitis ā sed viri nescia
Carmelitis ā da privilegia
Stella maris
ĀæQuĆ© privilegio es el que pedĆa el venerable Superior? El de poder continuar aquel modo de vida profundamente contemplativo que existĆa desde los comienzos de la Orden. El de poder seguir siendo fieles al carisma original en una tesitura canónicamente muy complicada, que hubiera amenazado con la supervivencia del Carmelo. Es entonces cuando la Virgen responde, ofreciendo mĆ”s de lo que se le pedĆa.
El santo Escapulario
Uno de los mejores historiadores de la figura de S. Simón Stock nos describe asĆ la escena: ā⦠Al cual la bienaventurada Virgen se le apareció asistida de multitud de Ć”ngeles llevando en sus benditas manos el escapulario. Y se lo entregó diciendo: āEsto serĆ” para ti y para todos los carmelitas una gracia: el que muera con Ć©l no padecerĆ” al fuego eterno. Manda hermanos al Romano PontĆfice Inocencio, que yo te lo volverĆ© favorable, y confirmarĆ” vuestros privilegiosā¦ā. (Ildefonso de la Inmaculada, San Simón Stock. Reivindicación histórica, p. 100. Valencia 1976).
Pero hay mĆ”s. En la Orden de los carmelitas fue creciendo, en especial durante los siglos XIV y XV, una conciencia cada vez mĆ”s intensa de ser, por excelencia, la Orden de MarĆa SantĆsima. Grandes poetas como Bautista Mantuano o Arnoldo Bostio. Teólogos y escritores como Juan de Hildesheim, Juan Grossi, TomĆ”s Bradley o Juan Paleonidoro. Superiores e historiadores del Carmelo a porfĆa, pusieron su pensamiento y sus plumas al servicio de la devoción mariana.Ā
La gran fiesta del 16 de julio
Una devoción que poco a poco fue concretĆ”ndose en la gran fiesta del 16 de julio, en la que se recogĆa toda la gran tradición anterior y se le daba un nuevo impulso. La fiesta del Carmen se llamó en principio la fiesta de ālos beneficios de Nuestra SeƱora para con su Ordenā. DespuĆ©s se la llamó la fiesta del Escapulario. Y finalmente, como la conocemos hoy: āNuestra SeƱora del Monte Carmeloā, a la que los religiosos honraban como Madre, Hermana, Patrona, modelo, intercesora y la joya mĆ”s preciada de su Orden.
La multitud de milagros fĆsicos y espirituales obrados por medio del santo Escapulario (devoción que se extendió muy pronto y con gran aceptación por el pueblo fiel) hicieron de esta advocación, como hemos dicho antes, no solo un tesoro amadĆsimo de los carmelitas. TambiĆ©n algo verdaderamente entraƱado en el corazón del Pueblo de Dios.
Devoción de santa Teresa de Jesús a la Virgen del Monte Carmelo
Se ha estudiado poco la devoción de Santa Teresa de JesĆŗs a la Virgen MarĆa. No nos debe extraƱar, pues en sus escritos las alusiones que hace a Ella estĆ”n muy dispersas y es necesaria una mirada atenta para descubrirlas.
Sin embargo, la gran Reformadora del Carmelo no solo fue un alma profundamente mariana, sino un verdadero lugar teológico. Donde el misterio de MarĆa se encuentra con tal riqueza, tanta variedad de matices y de forma tan completa que la Santa merece puesto de honor entre los santos singularmente marianos.Ā
El rezo del Rosario y un largo etcƩtera
El rezo del Rosario, que aprendió de labios de su madre doƱa Beatriz de Ahumada. Los misterios y fiestas de la Virgen, que aparecen todos relacionados con algĆŗn hecho importante de su vida. El considerar el Carmelo como la Orden de la Virgen en cada pequeƱo detalle, ya son indicios de esta tierna y profunda devoción. A la sombra blanquiazul de la Inmaculada consigue convertir al cura de Becedas. El dĆa de la Asunción recibe tres portentosas gracias mĆsticas, dos de ellas en relación con la Reforma Descalza; gusta renovar su profesión en la fiesta de la Natividad de la Virgen⦠Y asĆ un largo etcĆ©tera.
La visión de la protección de la Virgen
La Orden de la Virgen, las casas o palomarcitos de la Virgen, el hĆ”bito de la Virgen o la Regla de Nuestra SeƱora son expresiones habituales en ella. La merced recibida en el coro primitivo de San JosĆ© de Ćvila, en que ve a la Virgen proteger con su capa blanca a la primera comunidad fundada por ella, es del todo emblemĆ”tica. QuizĆ” es la Ćŗnica vez que se refiere a la Virgen del Carmen, pero no como la Virgen del escapulario. Sino como aquella que guarda de un modo especialĆsimo a aquel primer convento cuyas moradoras tendrĆ”n āun alto grado de gloriaā (Libro de la vida 36, 24).
Por citar un pƔrrafo especialmente expresivo de sus escritos, puede servirnos de broche de oro Ʃste del Libro de las Moradas. En Ʃl pone ante los ojos de sus monjas a la Virgen como Patrona e ideal de su vida:
āPues tenĆ©is tan buena Madreā
āBien sabe su Majestad que sólo puedo presumir de su misericordia, y ya que no puedo dejar de ser la que he sido no tengo otro remedio sino llegarme a Ella y confiar en los mĆ©ritos de su Hijo y de la Virgen, Madre suya, cuyo hĆ”bito indignamente traigo y traĆ©is vosotrasā.
āAlabadle, hijas mĆas, que lo sois de esta SeƱora verdaderamente y asĆ no tenĆ©is para quĆ© os afrentar de que sea yo ruin, pues tenĆ©is tan buena Madre. Imitadla y considerad quĆ© tal debe ser la grandeza de esta SeƱora y el bien de tenerla por Patrona, pues no han bastado mis pecados y ser la que soy para deslustrar en nada esta Sagrada Ordenā (Terceras Moradas 1, 3).