Una mirada católica a la actualidad

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Nos gusta que nos den la razón, que la realidad se amolde a nuestro pensamiento, que la vida sea fácil de entender, que entre en nuestros esquemas. Y los algoritmos, que lo saben y quieren hacernos agradable el tiempo en la red para que vayamos una y otra vez a la mina, nos ofrecen lo que queremos.

Antonio Moreno

2 de September de 2024

Cada vez más leemos, no lo que nos interesa, sino lo que interesa a los algoritmos. Ellos conocen nuestros gustos, los de nuestros amigos, lo que se mueve en el ambiente y quieren gobernar nuestra navegación en internet cuanto más tiempo posible. Si este artículo ha llegado a sus ojos a través de una red social o de noticias Google (siempre tan a mano a la izquierda de nuestra pantalla de bloqueo) quizá debería parar y no seguir leyendo.

Si aun así se empeña en seguir con la lectura, le advierto de que su libertad puede verse comprometida. Para bien digo, puesto que lo que hoy pretendo es que haga un ejercicio de autonomía que le lleve a no dejarse engañar por lo que lee en las redes porque nada llega a sus manos por casualidad. De poco sirve ya aquella sabia, aunque apócrifa frase de Santa Teresa de Jesús que decía «lee y conducirás, no leas y serás conducido». Hoy podemos decir que es justamente lo contrario, puesto que las lecturas que, de forma aparentemente inocente y amigable aparecen en nuestro móvil, lo que pretenden es precisamente conducirnos, llevarnos adonde los algoritmos quieren. Conocer cómo funcionan y cuál es su objetivo es la única forma de tomar la píldora roja que nos libera del ensueño en el que vivimos la mayoría de las personas digitalmente activas. 

En primer lugar, hay que saber que el principal objetivo del robot que nos recomienda lecturas es que permanezcamos el mayor tiempo posible conectados. Los dueños de internet viven de nuestros minutos de navegación. Necesitan que nos movamos, que hagamos cuantas más actividades posibles conectados. Es la forma en la que rentabilizan sus millonarias inversiones para poder darnos sus servicios de forma gratuita. Mientras nosotros perdemos el tiempo viendo videos cortos, subimos nuestras fotos a la nube, consultamos nuestras redes sociales, nos mensajeamos con los amigos o nos dejamos orientar caminando o en coche, estamos dándole su materia prima, facilitándole datos de nuestros hábitos, de nuestra forma de pensar y de vivir que ellos traducen en información muy cotizada en el mercado publicitario o de inversión. Cuanto más tiempo estemos enganchados a la máquina, más datos generamos, más dinero ganan. 

¿Y cómo consiguen que sus mineros (usted y yo) sigamos picando la roca, extrayendo oro para ellos sin pagarnos ni un céntimo? Pues dándonos recompensas, pequeños placeres: el de recibir un «Me gusta» en una foto que hemos subido, el de sorprendernos con aquel titular llamativo, el de troncharnos con aquel video de humor, o –aquí es donde quería yo llegar– el de autoafirmarnos en nuestras ideas. 

Nos gusta que nos den la razón, que la realidad se amolde a nuestro pensamiento, que la vida sea fácil de entender, que entre en nuestros esquemas. Y los algoritmos, que lo saben y quieren hacernos agradable el tiempo en la red para que vayamos una y otra vez a la mina, nos ofrecen lo que queremos. Por eso, siempre nos sugieren artículos, informaciones, mensajes que confirman cualquier aspecto de nuestras ideas o creencias. Si a usted le gusta la cerveza, verá que le recomiendan noticias en las que la ciencia desvela la bondad de la bebida; si es usted abstemio, verá continuamente informaciones contrarias a su ingesta. Ponga, en vez de cerveza, términos como inmigración ilegal, pena de muerte, LGTBfobia, vacunas, aborto o violencia de género. Temas difíciles de abordar pues tienen muchas aristas y requieren de una profunda reflexión y análisis de distintos puntos de vista. El resultado son los extremismos, la polarización que estamos viviendo porque, lejos de abrir nuestra mente, la lectura conducida por los algoritmos nos encierra en burbujas de pensamiento de las que es difícil salir ¿También usted se ha encerrado en una burbuja? Si todo lo que lee le dice que tiene usted razón y que los equivocados son los otros, míreselo.  

En casa siempre aprendí que hay que hacer el esfuerzo por leer, oír o ver los medios que no van siempre con mis ideas porque la verdad no tiene un solo sentido, a veces está en un punto intermedio, no todo es blanco o negro, sino que existe una inmensidad tonal de grises. 

En este sentido, el papa Francisco, uno de los que más sufre en sus propias carnes este fenómeno (muchos lo odian sin conocerlo bien y muchos lo adoran sin conocerlo bien), nos propone la figura del poliedro frente a la esfera. A muchos nos irrita lo que se salga de nuestra esfera perfecta, redondita y suavita. No nos gusta que otros, quizá en las antípodas de nuestras ideas o de nuestras creencias, puedan tener razón en algo porque eso no nos encaja, nos humilla frente a él; pero esto es falso, nos aleja de la verdad. El Concilio Vaticano II lo llamaba «auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo». En el poliedro, todos encajamos pero todos mantenemos nuestra singularidad, porque la verdad absoluta no la poseen los algoritmos ni usted ni yo ni su párroco ni su periodista de cabecera ni el mismísimo Papa en la mayoría de sus discursos. La Verdad nos trasciende, es una Persona a quien le gusta removernos, sacarnos de nuestros esquemas, y es la única que nos hace auténticamente libres. ¡Vayamos tras Ella!

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