Tuve la inmensa suerte de ser alumno del Cardenal Fernando SebastiĆ”n, un verdadero hombre de Dios que fue clave en la transición polĆtica en EspaƱa. Frente al pensamiento mayoritario, nos explicaba cómo fue precisamente la Iglesia la que mĆ”s empeƱo puso en la separación Iglesia-Estado.
Rector de la Pontificia Universidad de Salamanca desde 1971, su enorme envergadura intelectual hizo que el cardenal Tarancón, presidente entonces de la Conferencia Episcopal EspaƱola, lo eligiera como asesor de confianza. Lo acompañó en las reuniones secretas que mantuvo con los principales lĆderes de izquierdas y derechas, algunos aĆŗn en la clandestinidad. Ordenado obispo en el 79, fue secretario general de los obispos espaƱoles en los aƱos 80 y vicepresidente en diversos periodos de las dos dĆ©cadas posteriores. Testigo excepcional y, en numerosas ocasiones, protagonista de aquellos acontecimientos históricos, nos recordaba que la doctrina social y polĆtica que surgió del Concilio Vaticano II fue clave para llevar a EspaƱa a la democracia de forma pacĆfica.
En el famoso texto: Afirmaciones para un tiempo de bĆŗsqueda (1976), firmado por diversos obispos y teólogos, D. Fernando pedĆa Ā«diferenciar a la Iglesia de la sociedad civil, de sus instituciones y objetivosĀ». La postura de la Iglesia en aquellos momentos fue la de no aceptar ningĆŗn tipo de privilegio, mĆ”s allĆ” de la libertad religiosa y el reconocimiento a la Iglesia católica en un estado aconfesional, tal y como recogió finalmente la Constitución del 78.
Recupero la memoria del sabio y querido profesor porque estoy un poco harto, como ciudadano, de tener que callarme cuando algunos tratan de presentar una imagen antidemocrĆ”tica de la Iglesia espaƱola. Ese prejuicio de una Iglesia Ć”vida de poder polĆtico, que solo busca privilegios y que no valora la libertad, es una gran mentira por mucho que siempre puedan sacar a relucir con mucho ruido la particular salida de pata de banco de tal o cual persona o grupo minoritario.
En sus Ā«Memorias con EsperanzaĀ» (Encuentro, 2016), el cardenal manifestaba su tristeza por esa manipulación del recuerdo sobre el papel de la Iglesia Católica en aquellos difĆciles aƱos: Ā«Tengo la impresión de que actualmente se ha olvidado un poco la aportación de la Iglesia al advenimiento pacifico de la democracia en EspaƱa. La renovación conciliar ārecordabaā nos ayudó a los católicos espaƱoles a apoyar decididamente el establecimiento de una sociedad libre y abierta, respetuosa con las libertades polĆticas, culturales y religiosas de todos, sin privilegios de ninguna claseĀ».
Lo que resulta paradójico es que quienes siguen hoy con la cantinela, usando torticeramente los supuestos privilegios de la Iglesia católica y reclamando una aĆŗn mayor separación Iglesia-Estado, estĆ©n por otro lado dado la vuelta a la tortilla y queriendo someter la fe de la Iglesia a los supuestos morales e ideológicos de partido. Ya no es que quieran recluir la voz de la Iglesia a las sacristĆas; sino que quieren ser ellos y ellas (permĆtanme la duplicidad de gĆ©nero en este caso mĆ”s que justificada) quienes, desde las sacristĆas, interpreten el Evangelio y la tradición eclesial y se la expliquen a los fieles. En una suerte de cesaropapismo extemporĆ”neo, amenazan con leyes coercitivas y sanciones, amedrentando al personal y poniendo en peligro la libertad religiosa, aquella por la que lucharon y votaron los espaƱoles, invadiendo la independencia y autonomĆa propias de las confesiones religiosas en su Ć”mbito.
QuizĆ” haya que salir a la calle a reclamar, no la separación Iglesia-Estado, sino la separación Estado-Iglesia porque correremos, de seguir asĆ, el riesgo de acabar con una iglesia nacional como la China.
En dĆas como estos, en los que se estĆ” releyendo la Transición de forma interesada, termino con otra advertencia profĆ©tica que he encontrado en las memorias de D. Fernando, de cuyo fallecimiento por cierto acaban de cumplirse 6 aƱos: Ā«No acabamos de superar los resabios anticlericales āafirmaba el juicioso profesorā. Es verdad que el clericalismo ha sido fuerte entre nosotros. Pero hace ya casi cincuenta aƱos que han cambiado las cosas. A pesar de lo cual nuestras izquierdas siguen empeƱadas en imponer lo que llaman el Ā«Estado laicoĀ», con un laicismo excluyente y antirreligioso que es claramente anticonstitucional. La tentación del laicismo excluyente atenta contra la claridad democrĆ”tica de nuestra sociedad. Las restricciones a la plena libertad religiosa de los ciudadanos son un dĆ©ficit en democraciaĀ». Ojo, que nos la estamos jugamos.