A Catholic perspective on current events

La peregrinación al Apóstol

La peregrinación a Santiago de Compostela, iniciada con el descubrimiento del sepulcro del Apóstol en el siglo IX, ha dado lugar a un sinfín de experiencias de peregrinos, que durante el Año Santo, Jesucristo desea llegar de manera especial al fondo del alma del que camina.

Omnes

9 de August de 2021

Peregrinos a Santiago

Cuando en 1122, el Papa Calixto II concedió la gracia del año jubilar a la catedral de Santiago de Compostela, probablemente nadie podía imaginar la magnitud que la peregrinación a la tumba del Apóstol iba a alcanzar tantos siglos después.

En efecto, en la mente medieval era inconcebible pensar en cientos de miles de europeos que llegaran a la pequeƱa ciudad gallega cada aƱo. Ā”Y mucho menos que la mayorĆ­a no fueran católicos siquiera de Misa dominical! Pero, asĆ­ son las cosas, en este aƱo jacobeo 2021-22 la realidad es la que es. Sin embargo, el Camino de Santiago sigue siendo un reclamo evidente del que Dios se sirve para seguir llamando a hombres y mujeres de todo tiempo a encontrarse con Ɖl, del mismo modo que JesĆŗs se hizo el encontradizo con los discĆ­pulos de EmaĆŗs.

Porque, a pesar de la creciente secularización, hoy representada, probablemente, en el concepto de ā€˜turigrino’, las diferentes rutas que llevan a Compostela siguen hablando de Dios. Desde el extraordinario arte cristiano, herencia de una cristiandad casi extinguida, a la naturaleza, una de las vĆ­as para probar la existencia de Dios para Santo TomĆ”s de Aquino, pasando por la acogida cristiana en los albergues. Por no hablar de los innumerables cruceros que, especialmente en tierras gallegas, los peregrinos pueden ver mientras caminan. Incluso, una localidad fundada por un santo, constructor de puentes y hospitalero como pocos, Santo Domingo de la Calzada. Por tanto, a pesar de la pĆ©rdida de fe en el Ć”mbito social, el Camino de Santiago sigue teniendo una identidad cristiana -católica, para mĆ”s seƱas- clara.

El silencio del Camino

En el Camino de Santiago, el hombre, creado a imagen de Dios, también se encuentra con el silencio, la lejanía del bullicio de la vida moderna y, aunque muchas veces no descansa hasta tener una buena conexión WiFi, es inevitable que se tenga que acostumbrar a perder la conectividad con el mundo a la que estÔ acostumbrado. Pronto se darÔ cuenta de lo liberador que es, especialmente cuando se peregrina durante varias semanas. La tarea serÔ ser capaz de vivir igual de libre al regresar a casa. En cualquier caso, el encuentro con uno mismo abre la puerta a descubrir que, en lo mÔs profundo del corazón humano hay una llamada a la comunión con Dios. Y, en Dios, con los demÔs.

Esta comunión es una de las grandes metĆ”foras existenciales que nos regala el Camino de Santiago. Todos rumbo a un mismo lugar desde lugares tan diversos como IrĆŗn, Roncesvalles, Madrid, FĆ”tima, Sevilla… desde donde uno comience a peregrinar, puesto que, pese a las rutas oficiales, no se puede decir que el Camino es este u otro, sino que ruta jacobea es toda vĆ­a que nos lleve a Santiago. Asimismo, unos serĆ”n mĆ”s atlĆ©ticos, otros menos; los unos, estarĆ”n mĆ”s firmes en su determinación y los otros, menos; algunos irĆ”n a albergues ahorrando el dinero, tantas veces justo, habrĆ” quien duerma en lugares mĆ”s acondicionados sin reparar tanto en los gastos. Y asĆ­ podrĆ­amos seguir. Pero, todos, peregrinos. Del mismo modo, la vida cristiana es un peregrinar a Cristo, cada cual desde su carisma propio. Todos juntos, todos con un mismo objetivo, pero cada cual con sus talentos puestos en juego.

Hacia un mismo objetivo

De hecho, así es cómo se originaron las diferentes rutas que hoy conocemos. Todo comenzó con el descubrimiento del sepulcro del Apóstol, en el primer tercio del siglo IX. Dicen las leyendas recogidas en la Concordia de Antealtares y en el Cronicón Iriense que fue un anacoreta, de nombre Pelayo y con fama de hombre de oración, el que descubrió la tumba al vislumbrar unas luminarias brillantes. Al comprobar e intuir que esos restos hallados en el bosque Libredón eran de alguien importante, pronto trasladó la noticia al obispo de Iria Flavia, Teodomiro, que confirmó la identidad del hombre cuyos restos reposaban allí: Santiago el Mayor, apóstol de Jesucristo y primer mÔrtir de entre los Doce apóstoles. A renglón seguido, dio parte al rey de Asturias, Alfonso II el casto, que decidió viajar personalmente al lugar para postrarse ante aquel que inclinó sus rodillas ante el mismo Dios hecho hombre. Así, la buena nueva fue obteniendo alcance internacional hasta el punto de llegar a la Francia carolingia y a Roma, ademÔs de al resto de la Península Ibérica.

Con espĆ­ritu de fe, al escuchar tan magna noticia, hombres y mujeres creyentes de diversos lugares pusieron rumbo a la incipiente Compostela, pronto poblada por una primitiva iglesia que el rey casto mandó construir para proteger y venerar la tumba apostólica. AsĆ­ nacen los caminos de Santiago, con aquellos peregrinos que, desde sus lugares de procedencia, viajaban al extremo oriental de la penĆ­nsula para visitar al Apóstol Santiago. Naturalmente, aprovechaban los caminos ya existentes, especialmente las vĆ­as romanas, si bien, en un tiempo en el que la Hispania romana se hallaba conquistada por los musulmanes, no fue siempre fĆ”cil. 

Es notable cómo, conforme la cristianización de la península fue avanzando hacia el sur, las rutas principales a Compostela fueron tomando forma. Por ejemplo, el primitivo camino francés no sigue la ruta actual, sino que transitaba por la calzada romana XXXIV (vía Aquitana), que unía Burdeos con Astorga, pasando por Pamplona, Álava, Briviesca o Carrión de los Condes, y no por Logroño y Burgos, como actualmente. Pero la necesidad de consolidar los reinos cristianos, especialmente el de NÔjera, llevó a Sancho III el Grande a modificar la ruta hacia el sur, a lo cual también ayudó la incipiente expansión de los monasterios dependientes de la gran abadía benedictina de Cluny, en Francia. En otro lugar de la Península, en el oeste, tenemos la vía de la Plata, que en tiempos romanos unía Mérida y Astorga y que también era utilizada por quien peregrinaba a Santiago. Desde los primeros días, el Camino de Santiago unía pasado, presente y futuro: recogía una infraestructura, la ponía en valor -cristianizÔndola en muchos casos- y legaba una tradición a los que mÔs tarde habríamos de llegar.

La acogida del peregrino

Un ejemplo paradigmÔtico de esto es el de Santo Domingo de la Calzada, hombre que, tras no ser admitido a la vida monÔstica, se retiró a un bosque alejado a pasar el resto de sus días orando casi como un eremita. Sin embargo, su particular fuga mundo fue interrumpida por los peregrinos que, debido a la desviación del Camino que el rey había ordenado, pasaban por allí sin saber muy bien por dónde iban. Domingo García comprendió los designios de la providencia y les acogía como si del mismo Cristo se tratara. Incluso, arregló los caminos y construyó, entre otros, el famoso puente que se sitúa hoy a la salida del camino francés de la localidad calceatense. Su discípulo mÔs insigne, San Juan de Ortega, no le fue a la zaga e hizo lo propio unos cuantos kilómetros mÔs al oeste, tal y como nos lo recuerda el monasterio donde hoy reposan sus reliquias y adonde cada año acuden cientos de mujeres que desean tener una larga descendencia, pues la iglesia tiene un capitel de la Anunciación famoso por ser iluminado por la luz solar únicamente en los días de los equinoccios de otoño y, especialmente, de primavera, muy cerca de la solemnidad de la Anunciación.

Estos encuentros insospechados y que son capaces de orientar toda una vida de un modo decisivo hacia Dios constituyen, quizĆ”s, el nĆŗcleo de lo que significa el Camino de Santiago para ese peregrino del siglo XXI del que hablĆ”bamos al principio. Somos muchĆ­simos los que hemos encontrado a Dios rumbo a Compostela, aĆŗn cuando no Ć©ramos, en sentido estricto, peregrinos, sino simples caminantes, aĆŗn cuando no caminĆ”bamos a una persona, sino a un lugar. Pero, como dice el SeƱor en el Apocalipsis, Ɖl siempre estĆ” a la puerta llamĆ”ndonos (Ap. 3, 20). Se trata de dejarnos sorprender, porque Ć©l siempre lo estĆ” deseando.

MĆ”s allĆ” de que ascendiendo a O’ Cebreiro en 2010 vi clara mi vocación sacerdotal por primera vez, un ejemplo de esto que escribo me sucedió en agosto de 2019, cuando completĆ© el Camino desde la catedral de la Almudena de Madrid, donde me ordenĆ© diĆ”cono y presbĆ­tero en abril de 2018. La ruta seguida no fue la oficial, sino que, para pasar por el pueblo del amigo con el que peregrinĆ©, que es Palaciosrubios, en Salamanca, nos desviamos por caminos agrĆ­colas hasta ArĆ©valo, de ahĆ­ caminamos hasta a Palaciosrubios por otros tantos senderos -a veces, literalmente, pasando por pueblos inhóspitos- y, desde la localidad salmantina, pusimos rumbo noroeste hasta conectar con la VĆ­a de la Plata en Zamora para, finalmente, tomar la variante sanabresa. 

Experiencias del Camino

ĀæA cuento de quĆ© narro este itinerario? Muy sencillo: al caminar por lugares que no estĆ”n protegidos y no son muy frecuentados, una maƱana nos vimos rodeados de cinco mastines que nos cerraban el paso. Fueron unos minutos de mucha tensión, pero conseguimos salir del problema. 

El miedo me acompañó, al tiempo que rezaba con Ć©l. Seguro que el SeƱor permitĆ­a todo esto por algo. Puedo decir que estas experiencias me cambiaron el sentido del Camino de aquel aƱo y lleguĆ© a Santiago pensando que el Ćŗnico miedo que debĆ­a tener en la vida era a pecar, a separarme del SeƱor. Pues bien, cuando cruzamos los arcos y a la escalinata que dan entrada a la plaza del Obradoiro desde la de la Inmaculada nos pusimos frente a la majestuosa fachada, nos arrodillamos y rezamos juntos un Padrenuestro. Cuando acabamos, continuĆ© un poco mĆ”s, puse ese silencio interior que sólo comprende quien ha concluido algo grande, y el SeƱor puso en mi corazón una gracia extraordinaria, que por sentido del pudor el lector comprenderĆ” que no voy a compartir. El caso es que el don de lĆ”grimas acompañó esa experiencia. No sĆ© cuĆ”nto tiempo estuve ahĆ­, de rodillas, pero sĆ­ sĆ© que esas lĆ”grimas no las vio nadie. Y me encarguĆ© de ello. Miraba hacia el suelo con la cara tapada por mis manos y los bastones y sólo me levantĆ© cuando me repuse. Fui hacia mi amigo y, en estas, apareció un peregrino que no era espaƱol y al que no habĆ­a visto antes, se acercó y me dijo: ā€œtĆŗ has hecho el camino de verdad. Eres un verdadero peregrinoā€. Inmediatamente asociĆ© ese mensaje con la gracia obtenida y comprendĆ­ que el SeƱor la confirmaba. 

El caso es que, como decía antes, el Señor siempre llama y se hace el encontradizo. Nuestra tarea es dejarnos hacer y, para ello, sin duda, en este siglo XXI, se estÔ sirviendo del Camino de Santiago como instrumento privilegiado. Por eso merece la pena ponerse rumbo a Compostela. Aunque no se tengan las intenciones mÔs santas, simplemente basta una pequeña apertura para que la gracia entre. La peregrinación es un ponerse a tiro claro, y en los años jubilares como este 2021 (y 2022) Jesucristo estÔ deseando llegar al fondo de nuestra alma en el Camino. Es lo que hizo con Santiago, el hijo de Zebedeo, que pudo regalar a Jesús lo mÔs íntimo y personal que tenía: su propia vida.

He ahí el sentido pleno del Camino como metÔfora de la vida cristiana: completar la carrera que nos ha de llevar al Cielo. Para ello, una vez mÔs, llegaremos a la ciudad del Apóstol para ponernos bajo su protección, pedirle su ayuda y descansar el corazón en aquel que pudo hacer lo propio con el Hijo de Dios. Nos confesaremos, asistiremos a la Santa Misa, comulgaremos y, recibida la indulgencia plenaria por nuestros pecados tras rezar por el Santo Padre y sus intenciones, iniciaremos el retorno a casa. Y al salir emocionados de la catedral contemplaremos ese precioso crismón de la puerta de Platerías con las letras alfa y omega puestas en orden inverso y que nos recuerdan que el final de la ruta jacobea no es mÔs que el comienzo de una vida de conversión, una existencia orientada de modo decisivo hacia Dios.

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