En âLas obras del amorâ, de 29-IX-1847, Sören Kierkegaard insiste en la concepciĂłn cristiana del amor frente a la pagana. Afirma que, para el cristianismo, Dios es amor y sin amor todo es banal. Dios es la fuente del amor en la mĂĄs profunda e insondable intimidad de la persona humana.
Solo el que ama participa del amor y bebe de su misma fuente y, asĂ, âel absolutamente Otroâ se hace prĂłximo porque en toda relaciĂłn amorosa verdadera aparece Dios: el amor verdadero no es una relaciĂłn entre una persona y otra, sino mĂĄs bien una relaciĂłn persona âDiosâ persona; Dios es âel ComĂșn Denominadorâ.
El libro del cĂ©lebre autor danĂ©s se divide en una primera parte, que trata del origen del amor, y de una segunda parte, que trata de las caracterĂsticas del amor.
Comienza con una oraciĂłn en la que, entre otras cosas, dice:
âÂżCĂłmo podrĂa hablarse rectamente del amor si quedases olvidado TĂș, oh Dios, de quien procede todo amor en el cielo y en la tierra? ÂĄTĂș que no has regateado nada, sino que lo diste todo por amor… ÂĄTĂș que revelaste lo que es el amor!â
En la primera parte dice que el amor surge del interior del hombre del mismo modo que un lago se nutre del manantial oculto. Este manantial es infinito porque es Dios mismo.
El amor en el mundo se manifiesta temporalmente, pero su fuente es eterna. Dios nos estĂĄ manteniendo continuamente con su acciĂłn amorosa. Si este amor se retirase un solo instante, todo volverĂa al caos.
En la segunda parte, profundiza en la idea de que guardar amorosamente en la memoria a los difuntos constituye el acto de amor humano âmĂĄs desinteresadoâ, el mĂĄs libre y el mĂĄs fiel de todos.
Por eso aconseja Kierkegaard: ârecuerda asĂ a algĂșn difunto y cabalmente con ello aprenderĂĄs a amar a los vivos con un amor desinteresado, libre y fielâ.Â
Eternidad y libertad
Las obras del amor manifiestan la eternidad de Dios y son prueba de su existencia. Por amor, Dios crea, se encarna y se manifiesta a los hombres.
Nuestro amor nos asemeja a Ăl y nos hace partĂcipes de su vida, pues es âla fuente de agua que salta hasta la vida eternaâ. Â
Dios nos ha otorgado la libertad porque solo un amor libre es verdadero amor. A Ăl le debemos una correspondencia de amor absoluta. Solo hay un ser a quien el hombre puede amar mĂĄs que a sĂ mismo. Este ser no es otro que Dios, a quien hay que amar no como a uno mismo, sino con todo el corazĂłn, con toda el alma y con toda la mente.
Como el origen del amor es oculto âla vida secreta del amor se conoce por los frutosâ, por las obras.
Solo podemos hablar de verdaderas obras de amor cuando es el amor de Dios lo que nos mueve a obrar desde lo mĂĄs profundo de nuestro ser. Aunque no siempre las buenas obras son reflejo del amor, el amor se manifiesta en las buenas obras.
Para Kierkegaard solo podemos ser cristianos auténticos si nos convertimos en personas singulares y estamos dispuestos a sufrir por la verdad.
En cambio, la mediocridad, la inteligencia mundana, âÂĄestĂĄ eternamente excluida y aborrecida en el cielo, mĂĄs que cualquier vicio y delito, pues en su esencia pertenece, mĂĄs que ninguna otra cosa a este mundo vil y mĂĄs que ninguna otra cosa estĂĄ alejada del cielo y de lo eterno!â.
Existe una enorme distancia entre el eros griego y el ĂĄgape cristiano que aparece con el Nuevo Testamento.
El primero es un amor de deseo que tiende a la posesiĂłn de la persona amada; en el ĂĄgape, se ama al otro en cuanto otro, el amante se alegra de la existencia de la persona amada y quiere su bien.
La persona prĂłxima a quien amamos no es un ser abstracto sino un ser concreto a quien las circunstancias de la vida han colocado cerca de nosotros. Hay que amarle como a sĂ mismo.
Amor cristiano y amor pagano
El amor tiene un doble objeto: el bien que se quiere y el sujeto para quien se quiere ese bien.
El amor verdadero, cristiano, es respetuoso con la persona amada ya que se quiere el bien para ella y tiene un fundamento divino, jamĂĄs envejece porque no es segĂșn la carne sino segĂșn el espĂritu, no es finito sino infinito.
Amar verdaderamente es un deber, ese deber hace que la abnegaciĂłn sea la forma esencial del cristianismo; amar es obedecer a la ley divina que manda amar por amor de Dios, no por amor al deber, como en Kant.
El amor pagano es egoĂsta y posesivo, no surge del manantial eterno ni estĂĄ ligado a la eternidad, es hijo de la temporalidad; es un amor rebelde contra el Amor, lucha contra toda dependencia, no reconoce ni la renuncia ni la abnegaciĂłn ni el deber. Es un amor caduco.
Si una persona cesa de amar es señal clarĂsima de que jamĂĄs amĂł. La mediocridad y la inteligencia mundana estĂĄn eternamente excluidas del cielo pues pertenecen esencialmente al mundo caduco.
La persona humana alcanza su yo al autorrealizarse como Ășnico ante Dios. Desesperar consiste en querer ser el que no se es y en no querer ser el que se es.
El hombre estĂ©tico todavĂa no es un individuo; el hombre Ă©tico empieza a presentar las caracterĂsticas del individuo singular y comienza a estar en condiciones de descubrir la verdad.
La primera condiciĂłn de la religiosidad es ser un individuo singular porque es imposible edificar o ser edificado en masa, aĂșn mĂĄs imposible que estar enamorado en masa (âMi punto de vista sobre mi actividad como escritorâ, 1848).
Si nos convertimos en personas singulares, dispuestas a sufrir por la verdad, podemos aspirar a ser cristianos auténticos.
