El 4 de septiembre de 2022, el Papa Francisco presidió la ceremonia de beatificación de Juan Pablo I. Meses antes, aprobó el decreto de la Congregación para la Causa de los Santos sobre una curación milagrosa atribuida a su intercesión.
Para entender quién fue este papa en su contexto histórico me parece conveniente ofrecer unas pinceladas sobre la situación de la Iglesia en los años setenta.

La Iglesia del posconcilio
En el libro āDiĆ”logos con Pablo VIā del escritor francĆ©s Jean Guitton, el Papa Montini vislumbró un estado de espera, de apertura, de renovación, del que dependerĆa la aparición de los frutos del Concilio Vaticano II. Entre otras cosas, Pablo VI sentenció: āEl posconcilio serĆ”, como muy bien se ha dicho, una constante creación. El Concilio ha abierto caminos, ha lanzado las semillas, ha dado directrices. Pero la Historia nos enseƱa que los tiempos subsiguientes a los concilios son tiempos de inercia y de problemas (ā¦). Vuelvo a repetir que los católicos no deben sucumbir a la tentación de ponerlo todo en tela de juicio, a consecuencia del Concilio; Ć©sta es la gran tentación de nuestros contemporĆ”neos; es una tentación omnipresente en este perĆodo histórico; la tentación de volver a empezar, partiendo de ceroā.
Tal como habĆa vaticinado Pablo VI, despuĆ©s del Concilio surgieron problemas. El llamado posconcilio se manifestó en la crisis de los sacerdotes, de los religiosos, y de los laicos. No sobrevino la primavera ansiada, sino un otoƱo oscuro, de confrontación doctrinal y descenso de vocaciones sacerdotales y religiosas. Si las sesiones del Concilio se habĆan vivido con cierto optimismo dentro y fuera de la Iglesia, el posconcilio se caracterizó por la crisis y las dificultades de su aplicación. Se manifestaron sĆntomas de disgregación en la vida de la Iglesia causados por interpretaciones e ideas ajenas a los textos del Concilio.
Pablo VI lamentó las interpretaciones incorrectas de los textos conciliares, los experimentos sobre la celebración de la Misa y los intentos de reformar totalmente la Iglesia, tanto en el derecho como en el dogma. Se manifestaron sĆntomas de disgregación en la vida de la Iglesia causados por ideas ajenas a la letra del Concilio.
Ćpoca de crisis
En āMemoria en torno a mis escritosā, De Lubac clamó contra la actitud autodestructiva y desagradecida de determinados eclesiĆ”sticos, que no valoraron los esfuerzos realizados durante el Concilio: āEl posconcilio fue un tiempo (y lo sigue siendo) de oposición sistemĆ”tica y multiforme al papado. Pablo VI fue su primera vĆctima. He admirado mucho a este Papa. Se han emitido sobre Ć©l los juicios mĆ”s contradictorios; con frecuencia se le ha criticado injustamente y, a veces, se le ha calumniado indignamenteā.
En sus Memorias, Danièlou lamentó la filtración de ideas mundanas y disolventes dentro de la Iglesia, y reconoció la apertura después del Concilio de una paradójica época de crisis como consecuencia de una falsa interpretación del Vaticano II.
El historiador Jedin criticó los abusos de la reforma litĆŗrgica, como la eliminación casi total del uso del latĆn ante la introducción de la lengua vulgar en el culto. Esta crĆtica encontró una oposición cerrada por parte del secretario de la comisión litĆŗrgica posconciliar Annibale Bugnini.
El sociólogo de las religiones Arnaldo Nesti escribió que las reformas y las tentativas de cambio del Concilio eran mĆ”s aparentes que reales. Por consiguiente, āpara que todo siga como estĆ” es preciso que todo cambieā, como en la novela El Gatopardo de Tomasi di Lampedusa.
En esta situación delicada de la Iglesia falleció Pablo VI en el verano de 1978.
Un pontificado de 33 dĆas
Juan Pablo I ha pasado a la historia por la brevedad de su pontificado, por su sonrisa y por ser el último papa italiano a lo largo de mÔs de cuatro siglos hasta la fecha.
Tras la muerte de Pablo VI, ocupó la sede petrina el patriarca de Venecia, Albino Luciani (1912-1978). Era un hombre sencillo, formado en una familia cristiana y humilde, el mayor de cuatro hermanos. Siguiendo las huellas de san Juan XXIII yĀ san Pablo VI, unió sus nombres como signo de continuidad con sus dos predecesores.Ā
El pontificado de Juan Pablo I duró treinta y tres dĆas. No le dio tiempo a escribir una encĆclica, ni siquiera a trasladar sus libros y sus cosas al Vaticano. El āpapa de la sonrisaā falleció repentinamente el 29 de septiembre de 1978.
Cartas de Juan Pablo I
Siendo patriarca de Venecia, movido por su afĆ”n catequĆ©tico, se embarcó en la empresa de publicar una carta mensual, cuyo destinatario era un personaje famoso del pasado como los escritores Chesterton, Dickens, Gogol y PĆ©guy. Este peculiar epistolario se editó con el tĆtulo IlustrĆsimos seƱores. Cartas del patriarca de Venecia (Madrid, BAC, 1978).
Sin duda, la carta mĆ”s atrevida y profunda la dirigió a Jesucristo. La misiva terminó asĆ: āNunca me he sentido tan descontento al escribir como en esta ocasión. Me parece que he omitido la mayorĆa de las cosas que podĆan decirse de Ti y que he dicho mal lo que debĆa haber dicho mucho mejor. Sólo me consuela esto: lo importante no es que uno escriba sobre Cristo, sino que muchos amen e imiten a Cristo. Y, afortunadamente, a pesar de todo, esto sigue ocurriendo tambiĆ©n hoy.ā

Juan Pablo I y el Opus Dei
Unas semanas antes de ser elegido pontĆfice, habĆa publicado en una revista veneciana un artĆculo sobre el Opus Dei, titulado āBuscar a Dios en el trabajo cotidianoā (āGazzetino de Veneciaā, 25 de julio de 1978). Entre otras cosas, se atrevió a hacer una comparación entre san JosemarĆa EscrivĆ” y san Francisco de Sales: āEscrivĆ” de Balaguer supera en muchos aspectos a Francisco de Sales. Este, tambiĆ©n propugna la santidad para todos, pero parece enseƱar solamente una āespiritualidad de los laicosā mientras EscrivĆ” quiere una āespiritualidad laicalā. Es decir, Francisco sugiere casi siempre a los laicos los mismos medios practicados por los religiosos con las adaptaciones oportunas. EscrivĆ” es mĆ”s radical: habla directamente de materializar, en buen sentido, la santificación. Para Ć©l, es el mismo trabajo material, lo que debe transformarse en oración y santidadā.
Sus escritos sencillos y su sonrisa cautivadora transmiten la imagen de un hombre de Dios, que veremos pronto en los altares, como su predecesor san Pablo VI y su continuador san Juan Pablo II.
La Iglesia despuƩs de Juan Pablo I
El sucesor de Juan Pablo I decidió mantener su nombre como signo de continuidad. Juan Pablo II intentó dar vida al espĆritu de los documentos conciliares, lo que no le habĆa dado tiempo a su predecesor. Uno de los textos donde se podrĆa ver la sintonĆa del papa polaco con Juan Pablo I y tambiĆ©n con Pablo VI es la Exhortación Apostólica Ā«Christifideles laiciĀ» (1988). En este documento, Juan Pablo II afirmó que la Iglesia poseĆa una dimensión secular. En el nĆŗmero 9, se preguntó quiĆ©nes eran los fieles laicos y contestó con la definición de Ā«Lumen GentiumĀ«: āTodos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religiosoā.
El nĆŗmero 15 del documento profundizó en la Ćndole secular de los laicos que tienen la misión de ser fermento en el mundo: āDios, que ha confiado el mundo a los hombres y a las mujeres, para que participen en la obra de la creación, la liberen del influjo del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesión y en las diversas actividades socialesā.
La llamada universal a la santidad
Siguiendo la enseƱanza del Concilio Vaticano II, Juan Pablo II recordó la llamada universal a la santidad de todos los bautizados, en el nĆŗmero 16: āLos fieles laicos estĆ”n llamados, a pleno tĆtulo, a esta comĆŗn vocación, sin ninguna diferencia respecto de los demĆ”s miembros de la Iglesiaā. AdemĆ”s, el pontĆfice animó a todos los católicos a participar en la polĆtica, en la cultura y en todas las actividades donde se puede transformar y mejorar el mundo. Por Ćŗltimo, en el nĆŗmero 60, recomendó la necesidad de recibir formación espiritual y particularmente conocer la doctrina social de la Iglesia.
A mi modo de ver, san Juan Pablo II recogió la herencia breve, pero profunda, de su predecesor en ese y en otros documentos. Esperemos que pronto podamos escribir san Juan Pablo I.

