En este Ćŗltimo mes del aƱo se cumplirĆ” el primer aniversario del fallecimiento del Papa emĆ©rito Benedicto XVI. Entonces esta misma revista tuvo la bondad de publicar un texto que escribĆ sobre el pontĆfice alemĆ”n, que llevaba por tĆtulo āBenedicto, un incomprendidoā. Considero que es un encabezado igualmente aplicable a su sucesor.
El dĆa 17 de diciembre, el Papa Francisco cumplió 87 aƱos. En los Ćŗltimos meses, las noticias sobre el estado de salud del PontĆfice se han multiplicado y agravado, como resulta lógico en una persona de edad avanzada.
El pasado 26 de noviembre el Papa recitaba el Ćngelus del domingo desde la capilla de la Casa Santa Marta, retransmitiendo las imĆ”genes en las pantallas de una plaza de San Pedro llena de peregrinos. Una inflamación pulmonar le impedĆa asomarse a la ventana del Palacio Apostólico, algo que no habĆa dejado de hacer ni en los momentos mĆ”s duros del confinamiento por la pandemia de Covid-19.
Era la solemnidad de Cristo Rey, cuando la Iglesia propone a la meditación de los fieles el capĆtulo 25 de evangelio de San Mateo, con la consideración del juicio final. Una coincidencia providencial pues se trata, como asĆ lo ha afirmado en varias ocasiones, del fragmento evangĆ©lico preferido del Santo Padre, junto con el discurso de las Bienaventuranzas. Con rostro visiblemente cansado y con monseƱor Braida haciendo de altavoz de sus palabras, recordaba el Papa que la verdadera realeza es la misericordia.
Aunque llevamos diez aƱos escuchando a Francisco hablar de compasión y ternura, aunque nos ha recordado infinidad de veces que quiere una Iglesia pobre, de puertas abiertas y hospital de campaƱa, aunque ha logrado que incorporemos a nuestro vocabulario palabras como āperiferiaā, todavĆa hay muchos ambientes católicos donde no se termina de comprender que el estilo evangelizador que propone el Papa no busca seguridades sino diĆ”logo, iniciar procesos y salir al encuentro. Con una visión del mundo y de la Iglesia propias de una persona joven. Un joven de 87 aƱos.