El cristianismo, aunque nació con un libro en la cuna āla imagen viene de Lutero para quien la Biblia era el pesebre donde depositaron a JesĆŗsā, no es una religión de libro sino una religión de tradición y escritura. TambiĆ©n lo era el judaĆsmo, sobre todo, antes de la destrucción del Templo. Esta nota es clara cuando se habla de religiones comparadas (M. Finkelberg & G. Stroumsa, Homero, la Biblia y mĆ”s allĆ”: cĆ”nones literarios y religiosos en el mundo antiguo).
Sin embargo, una sucesión de factores āmĆ”s prĆ”cticos que teóricosā han originado cierta confusión. Los teóricos de la memoria colectiva (J. Assmann) seƱalan que 120 aƱos despuĆ©s de un acontecimiento fundador, la memoria comunicativa de una comunidad se encarna en una memoria cultural, donde unos artefactos culturales crean la cohesión entre el pasado y el presente.
Ahora bien, las comunidades religiosas o culturales que sobreviven al tiempo se caracterizan por priorizar la conectividad textual sobre la conectividad ritual.
Esto es mĆ”s o menos lo que ocurre a principios del siglo III en la Iglesia, cuando la teologĆa se concibe como un comentario a la Escritura. MĆ”s tarde, con la aparición del islam, una religión de libro desde su origen, y el desarrollo del judaĆsmo como religión sin Templo, se asimiló la idea de religiones de revelación con religiones de libro: con ello se colocaba al cristianismo, religión de revelación, en un lugar que no era el suyo: religión de libro.
En un tercer momento, Lutero y los padres de la Reforma, con la reducción de la idea de tradición a meras costumbres de la Iglesia (consuetudines ecclesiae), rechazaron el principio de la Tradición en favor de la Sola Scriptura.Ā
Finalmente, la Ilustración con su desconfianza de la tradición solo aceptó una interpretación de la Escritura que fuera crĆtica, tambiĆ©n y, sobre todo, con la tradición.
En las comunidades de la Reforma, la sucesión de estos factores desembocó las mĆ”s de las veces en una doble dirección a la hora de interpretar de la Escritura: o bien el mensaje se disolvĆa en el secularismo propuesto por la crĆtica, o bien se prescinde de la crĆtica y se acaba en el fundamentalismo.
La Tradición en la Iglesia católica
En la Iglesia católica, en cambio, el planteamiento fue distinto. Desde Trento, se referĆa a las tradiciones apostólicas -las de los tiempos apostólicos, no las costumbres de la Iglesia- como inspiradas (dictatae) por el EspĆritu Santo, y transmitidas luego a la Iglesia. Por eso, la Iglesia recibĆa y veneraba con igual afecto y reverencia (pari pietatis affectu ac reverentia) tanto los libros sagrados como aquellas otras tradiciones.
MĆ”s tarde, el Concilio Vaticano II clarificó un tanto las relaciones entre la Escritura y la Tradición. Afirmaba primero que los apóstoles transmitieron la palabra de Dios mediante la Escritura y las tradiciones -la Tradición se concibe asĆ como constitutiva, no meramente interpretativa, como ocurre en las confesiones protestantes-, pero seƱalaba tambiĆ©n que, por la inspiración, la Escritura transmitĆa la palabra de Dios siendo palabra (locutio) de Dios.
La Tradición, en cambio, es meramente transmisora de la palabra de Dios (cfr. Dei Verbum 9). Lo proponĆa tambiĆ©n desde otra perspectiva: āLa Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del SeƱor[ā¦]. Siempre las ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición (una cum Sacra Traditione), como la regla suprema de su fe, puesto que, inspiradas por Dios y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra del mismo Diosā (Dei Verbum 21).
No hay que perder de vista aquĆ que el sujeto de las frases es la Sagrada Escritura. Pero en la Iglesia, la Escritura siempre ha ido acompaƱada y protegida por la Tradición. Este aspecto ha sido asumido, al menos en parte, por los pensadores protestantes que, en el diĆ”logo ecumĆ©nico, se sirven de la expresión Sola Scriptura numquam sola: el principio de la Sola Scriptura se refiere en la lógica protestante al valor de la Escritura, no a su realidad histórica que es ciertamente nunquam sola. Se puede afirmar por tanto que las posiciones católica y protestante se han acercado. Sin embargo, el nĆŗcleo de la cuestión sigue estando en las relaciones intrĆnsecas entre la Escritura y las tradiciones dentro de la Tradición apostólica, es decir, aquella que entregada por los apóstoles a sus sucesores vivimos todavĆa en la Iglesia.
Tradición apostólica
Se ha hecho notar muchas veces que Jesucristo no envió a los apóstoles a escribir, sino a predicar.
Ciertamente, los apóstoles, como antes Jesucristo, se servĆan del Antiguo Testamento, es decir, de las Escrituras de Israel. EntendĆan estos textos como expresión de las promesas de Dios -y, en este sentido, tambiĆ©n como profecĆa o anuncio- que se habĆan cumplido en Jesucristo. TambiĆ©n expresaban la instrucción (torĆ”) de Dios a su pueblo, asĆ como la alianza (disposición, testamento) que JesĆŗs lleva a plenitud.
Los textos del Nuevo Testamento, por su parte, no tuvieron fueron una continuación o una imitación de los textos de Israel. Ninguno de ellos se presenta, tampoco, como un compendio de la Nueva Alianza. Todos nacieron como expresiones parciales -y, en algún caso, circunstanciales- del Evangelio predicado por los apóstoles.
En todo caso, en la generación que siguió a la de los apóstoles -lo mismo que antes en san Pablo, cuando distinguĆa entre el mandato del SeƱor y el suyo propio (1 Co 7, 10-12)-, el principio de autoridad estaba en las palabras del SeƱor; despuĆ©s, las palabras de los apóstoles y las palabras de la Escritura. AsĆ se constata en los padres apostólicos, Clemente, Ignacio de AntioquĆa, Policarpo, etc., que mencionan indistintamente, como argumento de autoridad, palabras de JesĆŗs, los apóstoles o las Escrituras.
Con todo, la forma textual de estas palabras no coincide casi nunca con la que conservamos en los textos canónicos: los textos funcionaban mÔs como ayuda a la memoria de la proclamación oral que como textos sagrados.
Un cambio de actitud se observa en las últimas décadas del siglo II. Dos factores contribuyen a este cambio.
Por una parte, el cristianismo entra en contacto, y se contrasta, con cosmovisiones intelectuales desarrolladas; en concreto, con el platonismo medio -un platonismo baƱado por un estoicismo moral- y con la gnosis del siglo II, que proponĆa una salvación por medio del conocimiento. Algunos maestros gnósticos vieron en el cristianismo -la expresión nace con Ignacio de AntioquĆa- una religión que podĆa ser concorde con su concepción del mundo. BasĆlides, a comienzos del siglo II, fue quizĆ”s el primero que entendió los escritos del Nuevo Testamento como textos fundantes para su enseƱanza gnóstica, y otros como ValentĆn y Ptolomeo, ya en la segunda mitad del siglo II, eran agudos intĆ©rpretes de las Escrituras, a las que hacĆan coincidir con su sistema.
San Justino, contemporĆ”neo, y quizĆ”s colega, de ValentĆn, ya seƱalaba que las enseƱanzas de estos maestros disolvĆan al cristianismo dentro del gnosticismo y que, por tanto, sus fautores eran herejes āes Justino quien acuƱa la palabra con el sentido de desviación, pues antes solo significaba escuela o facciónā, aunque sin proponer razones profundas. Por otra parte, a finales del siglo II, se habĆa debilitado ya la idea de una tradición oral fiable: ya no existen āquizĆ”s san Ireneo sea la excepciónā discĆpulos de los discĆpulos de los apóstoles. Cuando ocurre eso en una comunidad cultural o religiosa, como se ha advertido, las comunidades establecen artefactos que preservan una determinada memoria cultural o religiosa y el artefacto de conectividad por excelencia es la escritura.
La gran Iglesia, mirando de reojo a los herejes de corte gnóstico, tomó tres decisiones que juntas preservaban su identidad. Benedicto XVI (cfr. Discurso en el encuentro ecumĆ©nico, 19-08-2005) se refirió a ellas mĆ”s de una vez: en primer lugar, establecer el canon, donde Antiguo y Nuevo Testamento forman una sola Escritura; en segundo lugar, formular la idea de la sucesión apostólica, que toma el lugar del testigo; finalmente, proponer āla regla de la feā como criterio de interpretación de la Escritura.
La importancia de san Ireneo
Aunque esta formulación se puede descubrir en bastantes teólogos del momento āClemente de AlejandrĆa, OrĆgenes, Hipólito, Tertulianoā, en vĆsperas del 1900 aniversario de su nacimiento, casi es obligado mirar a san Ireneo para descubrir la modernidad de su pensamiento.
Su obra mĆ”s importante, Desenmascaramiento y refutación de la pretendida pero falsa gnosis, conocida popularmente como Contra las herejĆas, atiende a todo lo seƱalado hasta ahora. Tras unos prolegómenos, comienza asĆ: āLa Iglesia, extendida por el orbe del universo hasta los confines de la tierra, recibió de los Apóstoles y de sus discĆpulos la fe en un solo Dios Padre Soberano universal, que hizo⦠y en un solo Jesucristo Hijo de Dios, encarnado por nuestra salvación, y en el EspĆritu Santo, que por los Profetasā¦ā. San Ireneo sigue el texto con una fórmula que en otros lugares denomina la āregla [canon, en griego] de la fe [o de la verdad]ā. Esta regla de la fe no tiene una forma fijada, puesto que, entregada por los apóstoles, se transmite en el Bautismo o en las catequesis bautismales siempre oralmente. Se refiere siempre a la confesión de las tres personas divinas y la obra de cada una de ellas.
Es reconocible en toda la Iglesia, que ācon cuidado la custodia, [ā¦] y la predica, enseƱa y transmite [ā¦]. Las iglesias de la Germania no creen de manera diversa ni transmiten otra doctrina diferente de la que predican las de Iberiaā (ibĆd. 1, 10, 2). Por eso, lo mismo que la Tradición apostólica, es pĆŗblica: āestĆ” presente en cada Iglesia para que la perciban los que de verdad quieren verlaā (ibĆd. 3, 2, 3), al contrario que la gnóstica, que es secreta y reservada a los iniciados.
Es mĆ”s, la regla podrĆa ser suficiente, pues āmuchos pueblos bĆ”rbaros dan su asentimiento a esta ordenación, y creen en Cristo, sin papel ni tinta [ā¦], con cuidado guardan la vieja Tradición, creyendo en un solo Dios [sigue otra confesión trinitaria, expresión de la regla de la fe]ā (ibid. 3, 4, 1-2).
Con todo, la Iglesia tiene una colección de Escrituras: āLa verdadera gnosis es la doctrina de los Apóstoles, la antigua estructura de la Iglesia en todo el mundo, y lo tĆpico del Cuerpo de Cristo, formado por la sucesión de los obispos, a quienes [los Apóstoles] encomendaron las iglesias de cada lugar. AsĆ nos llega sin ficción la custodia de las Escrituras en su totalidad, sin quitar ni aƱadir cosa alguna, su lectura sin fraude, la exposición legĆtima y llena de afecto segĆŗn las mismas Escrituras, sin peligro y sin blasfemiaā (ibĆd. 4, 33, 8).
Es en el Ćŗltimo punto donde conviene fijar la atención. La regla (canon) de la fe es quien interpreta la Escrituras correctamente (ibĆd. 1, 9, 4), porque coincide con ellas ya que las Escrituras mismas explican la regla de la fe (ibĆd. 2, 27, 2) y la regla de la fe se puede desplegar con las Escrituras, como hace san Ireneo en su tratado Demostración (Epideixis) de la predicación apostólica.
Esta compenetración entre la regla de la fe y las Escrituras explica bien otros aspectos. Primero, cada una de las Escrituras se interpreta correctamente a travĆ©s de la otras Escrituras. Segundo: con el tiempo, la palabra āregla/canonā, se acaba por aplicar primeramente al canon de las Escrituras, que es tambiĆ©n asĆ regla de la fe.