Y este sea nuestro lema: ‘En Dios estĆ” nuestra confianza’. Ā”Y la bandera de las estrellas, triunfante ondearĆ” sobre la tierra de los libres y el hogar de los valientes! (Ā«The Star-Spangled BannerĀ», Himno Nacional de los Estados Unidos de AmĆ©rica).
Hace 247 aƱos, el 4 de julio de 1776 Estados Unidos de AmĆ©rica (EUA) inició su etapa como Nación de Naciones, forjada con el esfuerzo y la sangre de los pueblos originarios y de los pueblos venidos de diferentes regiones del planeta que llegaron a estas tierras en busca de vida, justicia libertad y felicidad. Para los primeros que llegaron de Europa fue un viaje duro, pero lo que se podĆa ganar aquĆ era mucho mĆ”s importante que lo que podĆan perder allĆ”, pues al final consideraban al territorio como la Ā«tierra de los libresĀ» y el Ā«hogar de los valientesĀ».Ā
Los padres fundadores de la nación y muchos de los primeros pobladores tuvieron como guĆa la fe en un paĆs conformado por personas de diferentes razas y credos que pudieran vivir unidos, con justicia y libertad, bajo un solo Dios, tal como dirĆa dos siglos mĆ”s tarde, en 1856, Walt Whitman, uno de los poetas mĆ”s importantes de EUA: «¿QuĆ© hay entonces entre nosotros? ĀæDe quĆ© sirve llevar las cuentas de los veinte o cientos de aƱos que hay entre nosotros? No importa el tiempo ni el lugar tampoco la distancia nos sirveĀ» (Ā«Crossing Brooklyn FerryĀ», Cruzando en el ferry de Brooklyn). Somos una nación bajo Dios.
Los precursores
Al celebrar el dĆa de la Independencia, EU recuerda con fervor a los precursores que con su trabajo, luchas y escritos promovieron la configuración polĆtica, social y económica de los EUA, sus padres fundadores: George Washington (1732-1799); Thomas Jefferson (1743-1826); John Adams (1735-1826); BenjamĆn Franklin (1706-1790); Alexander Hamilton (1755-1804); John Jay (1745-1829); y James Madison (1751-1836), entre otros. Aunque pertenecĆan a diversos credos cristianos, practicados de diversas formas (o no practicados), la fe en Cristo influyó en la configuración del alma del paĆs y se plasmó claramente en uno de los documentos fundacionales: la Declaración de Independencia de 1776:
Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario para un pueblo disolver los vĆnculos polĆticos que lo han ligado a otro y tomar entre las naciones de la tierra el puesto separado e igual a que las leyes de la naturaleza y las de Dios le dan derecho, un justo respeto al juicio de la humanidad exige que declare las causas que lo impulsan a la separación. Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre Ć©stos estĆ”n la vida, la libertad y la bĆŗsqueda de la felicidad. —-Declaración de Independencia de EUA, 1776
Los católicos y la independencia
Entre los 56 signatarios de la Declaración habĆa solamente un católico: Charles Carroll de Carrollton (1737-1832) nativo de Maryland y de ascendencia irlandesa. Su contribución como católico al firmar el documento quizĆ” fue una primera seƱal del avance religioso en la incipiente nación. Ćl -como muchos de los hijos e hijas de Estados Unidos- se esforzó, con sus dones, a forjar una Ā«tierra de los libresĀ», en medio de un clima anticatólico.
En medio de los festejos de la independencia fĆ”cilmente se olvida la Ć©poca cuando en ciertos lugares de los EUA los católicos estaban subordinados, tratados como amenazas y sujetos a una doble imposición de impuestos. Eran ridiculizados y marginados. Simplemente no se confiaba en ellos. Se les maltrataba y no se les permitĆa integrarse totalmente en la sociedad. Ser católico en estados como Massachusetts era ilegal. De igual forma, a los católicos no se les permitĆa residir en Virginia. En cambio, en Rhode Island sĆ podĆan vivir, pero no votar. Hoy, estas medidas son impensables gracias a los primeros católicos que contribuyeron al Ā«Proyecto AmericanoĀ» y a la misión de Jesucristo.
Los libros de historia americana y los festejos de la independencia tambiĆ©n olvidan el papel crucial de muchos católicos que, aunque no forman parte del canon de los Ā«Padres fundadoresĀ», sĆ tuvieron un rol vital en la conformación, configuración y desarrollo de la incipiente nación. Fueron decenas de misioneros que tambiĆ©n llegaron a estas tierras no con otro interĆ©s sino evangelizar. Y muchos llegaron antes de los primeros colonizadores pues la historia de EUA no inicia con la llegada a Plymouth de los primeros peregrinos a bordo del Mayflower en 1620. Fray Pedro de Corpa y sus compaƱeros habĆan llegado a las costas de Florida tres dĆ©cadas antes, con el solo deseo de anunciar la Buena Nueva de la Salvación.
Misioneros
Muchas dĆ©cadas despuĆ©s seguirĆan llegando cientos de misioneros a los territorios de la Nueva EspaƱa, California, Nuevo MĆ©xico, Arizona y Texas. Uno de los mĆ”s notables fue, sin duda, San JunĆpero Serra, el Ā«Apóstol de CaliforniaĀ». No buscaba bienes terrenales, sino que su misión era la encomendada por Jesucristo: Ā«Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discĆpulos. BautĆcenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del EspĆritu SantoĀ» (Mt 28,19). San JunĆpero Serra acompañó al pueblo nativo americano. Y tambiĆ©n se convirtió en su defensor pues intervino ante el Virrey de la Nueva EspaƱa, llevĆ”ndole en 1773 la Ā«RepresentaciónĀ», tambiĆ©n llamada Ā«Carta de los derechosĀ» de los pueblos originarios. Su objetivo era el bienestar espiritual y fĆsico de los nativos americanos. San JunĆpero bautizó a innumerables personas y permaneció fiel a su vocación misionera.
EUA, como Nación de Naciones cumple 247 años, pero los ideales de libertad, defensa de la vida, unidad y búsqueda de la felicidad bajo un solo Dios siguen vigentes, atrayendo a miles de personas, tal como reza el poema de Emma Lazarus, «El Nuevo Coloso», al pie de la Estatua de la Libertad en Nueva York:
Madre de los Exiliados. Desde su mano iluminada
brilla la bienvenida a todo el mundo. Sus ojos mansos
vigilan el puerto y sus puentes y las ciudades que lo enmarcan.
«”Guardad, tierras antiguas vuestra pompa legendaria!», exclama ella con labios silenciosos.
«Dadme a vuestros fatigados, a vuestros desheredados,
a vuestras hacinadas muchedumbres que anhelan el respiro de la libertad.
Dadme a los desamparados de vuestras riberas rebosantes.
Enviadme a estos: a los desamparados a los que por la tempestad son azotados.
”Yo alzo mi antorcha junto a la puerta dorada!»
–Emma Lazarus, El Nuevo Coloso
