El pasado 7 de septiembre el papa León canonizó en Roma a dos jóvenes: Carlo Acutis, de 15 años y Pier Giorgio Frassati de 24. En una plaza llena a rebosar, León XIV recordaba las virtudes de estos dos muchachos que pueden ser ejemplo para tantos otros. Me centraré en recordar tan solo uno de los aspectos de uno de ellos: el amor a la montaña en Fassati.
Pier Giorgio nació en 1901 en una familia acomodada de TurĆn. Realizó los estudios primarios en un colegio de jesuitas y posteriormente en la escuela de ingenierĆa. Era amante del deporte. HacĆa excursiones en bicicleta Con frecuencia franqueaba los 87 kilómetros que separaban TurĆn de Pollone. TambiĆ©n le atraĆa el mar. Saborea el gozo de luchar contra el agua nadando, remando o en barco de vela. Practicaba la equitación montando a Parsifal, un caballo bastante difĆcil. Pero su gran pasión fue la montaƱa. Era una afición que ācomo a todo buen montaƱeroā le fue creciendo a medida que pasaba el tiempo.
Desde muy joven comenzó a sentir pasión por la montaƱa. Esta afición nació a raĆz de las estancias veraniegas pasadas en Pollone, cerca de Biella, provincia de Vercelli, en los Alpes, donde realizaba excursiones con su familia y amigos. En unas notas que su madre to-mó en 1909, al regreso del Col del Teodulo, de 3.317 metros sobre Zermatt, que en las guĆas figura como una marcha de diez horas, encontramos: āSubĆamos hacia las Cimas Blancas. Todo el paisaje estaba, como casi siempre a aquella hora, sin sombras, sin relieve (…). Atravesar el Teódulo con Pier Giorgio atado a mĆ por la cuerda iba muy tranquilo āel niƱo tenĆa muchas veces hambreā, y tambiĆ©n en esto estaba de acuerdo con su madre. HacĆamos un alto, comĆamos y continuĆ”bamos. Nos detuvimos dos dĆas en el Schwarzsee. Todo el mundo se interesaba por el pequeƱo y guapĆsimo alpinista.ā Esa afición a la montaƱa, que entonces le estaba naciendo, la mantendrĆa a lo largo de toda su vida. Fue una pasión que justificarĆa despuĆ©s por dos razones. En primer lugar porque el montaƱismo le ofrecĆa una magnĆfica oportunidad de ejercitar virtudes humanas como la fortaleza, el compaƱerismo,…; y en segundo, porque las cimas le revelaban la magnificencia del Creador.
Pier Giorgio era amante del deporte. Ya muy joven hacĆa excursiones en bicicleta. Con frecuencia franqueaba los 87 kilómetros que separaban TurĆn de Pollone. TambiĆ©n le atraĆa el mar, sobre to-do en su primera juventud. Saborea el gozo de luchar contra el agua nadando, remando o en barco de vela. Practicaba la equitación montando a Parsifal, un caballo bastante difĆcil con el que tantas veces fue y regresó de TurĆn a Pollone. Pero su gran pasión fue la montaƱa. Era una afición que ācomo a todo buen montaƱeroā le fue creciendo a medida que pasaba el tiempo.
āCada dĆa me entusiasmo mĆ”s con la montaƱaā, escribĆa a un amigo. āEs algo que me fascina. Cada vez me gusta mĆ”s subir a las cumbres, alcanzar los picos mĆ”s atrevidos, experimentar ese gozo purĆsimo que sólo puede dar la montaƱa. Quisiera renunciar al alpinismo, pero Āæcómo renunciar al llamamiento fascinador de la nieve?ā.
Poco despuĆ©s escribĆa a otro: āMe he dejado el corazón en las cumbres y espero encontrarlo al escalar el Mont Blancā. Y mĆ”s todavĆa: āSi mis estudios me lo permitieran, quisiera pasar dĆas enteros en la montaƱa y admirar, en esa atmósfera tan pura, la magnificencia del Creadorā.
Se comprende asĆ que aprovechase cualquier oportunidad para subir a esos Alpes que tenĆa tan cerca. Durante sus aƱos de universidad fue costumbre que emplease el periodo de vacaciones de los car-navales para pasar unos dĆas en el PequeƱo San Bernardo. AcudĆa a esquiar con un grupo de amigas y amigos. Se alojaban en la hospederĆa, utilizando unas habitaciones en las que por la noche hacĆa tanto frĆo que se les helaba el agua de los barreƱos; era uno de esos lugares en los que es necesario abrigarse mĆ”s a la hora de irse a la cama.
Una maƱana comenzó con un amigo a descender con esquĆs en dirección a Suiza. La bajada era preciosa, el tiempo inmejorable: nieve en buenas condiciones, viento favorable, palos indicadores… Y bajaron, bajaron. ĀæCuĆ”nto? No pueden precisarlo, pero el descenso fue muy largo. Cuando reiniciaron la subida, el viento que en la baja-da les habĆa favorecido, constituĆa ahora un serio obstĆ”culo: rĆ”fagas de aguanieve y torbellinos les azotaban la cara; la pista se habĆa borrado, los palos indicadores se habĆan hecho invisibles. El amigo co-menzó a jadear y rogó a Pier Giorgio que aminorase la marcha. DespuĆ©s de un buen rato y con considerable esfuerzo, llegaron al refugio. Pier Giorgio casi no se habĆa cansado; su compaƱero sin embargo, tardó mucho en recuperarse.
DespuĆ©s de la cena vivĆan ratos de tertulia muy agradables: cantaban, recordaban las incidencias del dĆa o hacĆan algĆŗn juego. Ya muy entrada la noche se retiraban a sus habitaciones que eran grandes y daban cabida a varios. Pier Giorgio invitaba a sus compaƱeros a rezar el rosario cosa que, por lo general, todos aceptaban aun-que muchos le seguĆan desde la cama. Ćl lo rezaba de rodillas en el duro suelo. A la maƱana era el primero en levantarse. Llamaba a los demĆ”s y les recordaba que la noche anterior se habĆan comprometido en que le acompaƱarĆan a la misa. Generalmente ayudaba al sacerdote y siempre comulgaba.
En otra ocasión fue con un amigo al refugio Adolfo Kind y se detuvieron mĆ”s rato del necesario sin darse cuenta de que el tiempo estaba cambiando. El lugar al que debĆan regresar estaba lejos. TenĆan que subir un monte para descenderlo despuĆ©s con esquĆs. La su-bida iba resultando cada vez mĆ”s penosa, sobre todo apremiados por el tiempo. De repente Pier Giorgio se dio cuenta de que habĆa perdido el reloj. Su compaƱero querĆa detenerse a buscarlo, a lo que Pier Giorgio hubo de oponerse enĆ©rgicamente al darse cuenta de que un retraso en esas circunstancias podrĆa ser peligroso. Sobre las siete lle-garon a la cumbre del Fraiteve. HabĆa oscurecido y la tormenta arreciaba. Comenzaron el descenso juntos y con cuidado. En un momento Pier Giorgio dio un giro para detenerse y se le desprendió un esquĆ que salió despedido por la nieve helada. Veamos el relato de su compaƱero:
āFrassati, en aquel momento, fue alpinista y hombre. En mi largo vagabundear por los Alpes, he aprendido a conocer la psicologĆa del hombre en las alturas, a juzgarle a comprenderle. Conozco los momentos de turbación que en las alturas afectan de improviso aĆŗn a los mĆ”s valientes, cuando les sobrecoge un incidente que puede tener sus consecuencias. Pier Giorgio se dio cuenta del percance, aunque yo, mĆ”s prĆ”ctico, hubiese procurado disminuir su gravedad, a fin de evitar el abatimiento que podĆa producirse en su Ć”nimo con malas consecuencias. Ćl lo comprendió y se mantuvo sereno en aquel momento; tuve la convicción perfecta de que me hallaba ante un tipo de raza montaƱesa: valiente y frĆo ante el peligroā. Descendieron como pudieron entre una fuerte nevada con la hostilidad de la montaƱa cuando se convierte en enemiga. Al fin descubrieron una luz que era su destino. Cuando dĆas despuĆ©s se lo contaba a su madre, tratando de quitar importancia le dijo:
āMira, he perdido un esquĆ. Pero cuando se derrita la nieve iremos a buscarlo y es seguro que lo encontraremos. He perdido tambiĆ©n el reloj. ĀæNada mĆ”s?ā preguntó con sonrisa irónica la madre. Inmediatamente responde Pier Giorgio: āPero cuando la nieve se derrita… NacerĆ” una plantaā, respondió su madre aumentando su sonrisa. El esquĆ apareció y hoy se conserva como un recuerdo de aquel que habĆa disfrutado tanto sobre la nieve.
Pero la actividad montaƱera de Pier Giorgio fue sobre todo la escalada. Realizó ascensiones en todas las Ć©pocas del aƱo. En los ve-ranos habĆa subido muchas veces al Col Mucrone en el que habĆa una gran cruz. Los vientos, la lluvia y la nieve habĆan provocado su caĆda el invierno de 1920. Al llegar el buen tiempo el pĆ”rroco de Pollone, a propuesta de otros del pueblo, decidieron subir una nueva, instalarla convenientemente y reconsagrarla. A la iniciativa se unió Frassati.
Durante la subida, que fue de noche, el sacerdote tuvo una aparatosa caĆda que, aunque no tuvo graves consecuencias, hizo que tuviese que continuar ayudado por los demĆ”s. Pier Giorgio se prestó a ayudarle y contribuyó tambiĆ©n en subir una parte de lo necesario para celebrar la misa en la cumbre.
En noviembre de 1924 dos compaƱeros le propusieron una excursión a la Bessanesse, de 3.622 metros. Cuando se dirigĆan de Bal-me al refugio se vieron sorprendidos por la noche e incapaces de ha-llar de nuevo el camino. Se vieron obligados a detenerse en un pequeƱo espacio, con la perspectiva de pasar allĆ la noche. El mismo Pier Giorgio nos lo cuenta:
āNuestra intención al salir era escalar la cumbre del Bessanesse por la vĆa Zsigsmondi. Al ver el estado de la nieve nos pareció una imprudencia y decidimos cambiar de planes y nos dirigimos al Albarón de Saboya (3.392 metros). Ya de regreso se nos echó la no-che encima y no tuvimos mĆ”s remedio que improvisar un vivac a 2.500 metros de altura. Tuvimos suerte y encontramos una roca, sobre la que pendĆa una capa espesĆsima de nieve en declive, a manera de tejado; excavamos debajo de ella un refugio de 2,50 metros de longitud, por 0,50 de ancho y no mĆ”s de 0,40 de alto que resultó muy bien ventilado. Una vez preparado el espacio, comimos algo y tuvimos que estar toda la noche ideando entretenimientos porque dormir en aquellas circunstancias hubiese resultado peligrosoā.
Uno de los compañeros recuerda que rezaron el rosario y que, apenas asomó el alba, rezaron el Angelus a la Virgen.
La Ćŗltima subida a la montaƱa la realizó el 7 de junio de 1925. La hizo a los picos Lunelle. Llegó a la estación en el Ćŗltimo momento, lo que le valió una protesta de sus compaƱeros. Ćl les respondió:
āĀæQuĆ© querĆais? ĀæQuĆ© me quedara sin misa? Me he despertado tarde y no he podido asistir con vosotros a la que habĆamos quedadoā.
Uno de ellos recuerda aquella subida que fue por la cara mĆ”s difĆcil, por la Placa Santi, en la que se habĆa despeƱado un montaƱero. āPier Giorgio era el segundo de nuestra cordada y me aseguraba en los puntos mĆ”s difĆciles. Escalar le producĆa verdadera alegrĆa y le agradaban especialmente algunas bajadas utilizando la doble cuerda. (…) Apenas alcanzada la cima nos pidió que rezĆ”ramos una oración por Cesarino Rovere, el que se habĆa matado en aquella pared tan só-lo un aƱo antesā. A su regreso, Pier Giorgio escribĆa a su hermana contĆ”ndole una escalada y diciĆ©ndole que esperaba volver con mĆ”s material para abrir una nueva vĆa. Esa ya no fue posible. Antes de un mes, el 4 de julio, Pier Giorgio entregaba su alma a Dios tras una rĆ”-pida enfermedad que nadie habĆa podido prever.
Para Juan Pablo II, Frassati era un modelo. Siendo Cardenal de Cracovia, recordaba la figura de este joven que por unos dĆas no pudo finalizar sus estudios de ingenierĆa. āEra modelo de cuantos subĆan a las montaƱas para escalar o esquiar: pensaba que tambiĆ©n Ć©l hacĆa lo mismo, que Ć©ste era para Ć©l el camino de santificación, porque en todo descubrĆa a Dios. Era tambiĆ©n consciente de su responsabidad en la sociedad. Responsabilidad por la vida de la nación a la que pertenecĆa; responsabilidad por su autĆ©ntica tradición, espiritual y cristiana. Afrontaba esta responsabilidad sin ahorrar esfuerzos. Al mismo tiempo sorprendĆa su sensibilidad hacia los pobres, los necesitados y los enfermos. Sin duda es Ć©sta una llamada de particular significación y un reto lanzado a nuestra generación y a nuestro tiempo, que corre el riesgo de caer en la insensibilidad. Todos nosotros debe-mos romper una lanza ātodos nosotros, y me incluyo tambiĆ©n a mĆ mismoā para descubrir el rostro del hombre y darnos cuenta de su si-tuación, de sus sufrimientos, de sus dificultades. Todo esto lo hallamos en Pier Giorgioā.
Siendo ya Romano PontĆfice, en uno de los veranos que el Papa estuvo unos dĆas en los Alpes, celebró una misa en Cogne, en un inmenso prado verde llamado San Urso o valle de la Gran dāEyvia (Gran Agua), situado a 30 kilómetros de Aosta. Llegó en helicóptero y tras recibir la bienvenida del obispo del lugar, se trasladó al altar construido en madera por artesanos de la región, y celebró la eucaristĆa ante mĆ”s de 20.000 fieles locales. En la homilĆa hizo referencia a la majestuosidad de aquellas montaƱas y dijo: āEste lugar encantador conserva, asimismo, el recuerdo de un joven creyente de nuestro si-glo, Pier Giorgio Frassati, a quien tuve la alegrĆa de proclamar beato el 20 de mayo de 1990. SolĆa frecuentar la ciudad de Cogne. Exploraba con ardor las cimas que la coronan; habĆa hecho de cada escalada a las montaƱas un itinerario que acompaƱaba al ascĆ©tico y espiritual, una escuela de oración y de adoración, un esfuerzo de disciplina y de elevación. DecĆa a sus amigos: āCada dĆa que pasa me enamoro mĆ”s locamente de la montaƱaā. Y proseguĆa: āDeseo cada vez mĆ”s escalar montaƱas, conquistar las cimas mĆ”s abruptas, sentir la alegrĆa pura que sólo se experimenta en la montaƱaā. (ā¦) āAmadĆsimos her-manos āconcluĆa el Papaā como San Besso y San Urso, el beato Pier Giorgio supo conjugar la admiración ante la armonĆa de la creación con el servicio generoso al SeƱor y a sus hermanos. Es sumamente necesaria esa admiración ante la creación, admiración de la obra de Dios. Mediante esa admiración de la creación, admiramos a Dios mismo; mediante la admiración de lo visible, admiramos lo invisible. Que Pier Giorgio, casi coetĆ”neo nuestro, sea ejemplo especialmente para los jóvenes, para cuantos vienen aquĆ y para quienes van a la montaƱa, a fin de pasar un periodo de merecido descanso. Ante un espectĆ”culo tan extraordinario de la naturaleza, elevamos espontĆ”neamente nuestro corazón al cielo, como el joven Frassati acostumbraba a hacer con frecuenciaā.
El joven Frassati no es olvidado con el paso de los aƱos. Desde 1996 el Club Alpino Italiano va poniendo con su nombre una red de senderos de montaƱa por todo el paĆs. En 2001, aƱo del centenario de su nacimiento, se inauguraron los de Le Marche, Veneto y Lazio. Con este motivo ha nacido tambiĆ©n una asociación, āLāAssotiazione Internazionale Sentieri Pier Giorgio Frassatiā. De este modo, la figura de este joven italiano se mantiene viva entre los montaƱeros de este siglo en el que son tantas las personas que viven sus experiencias de montaƱas por medio del senderismo tanto por antiguos caminos rehabilitados como por otros de reciente creación. Y ahora, ya como santo, serĆ” modelo de los muchos que amamos la montaƱa y acudimos a sus laderas siempre que nos es posible.
CapĆtulo de la obra āFascinados por las cumbresā publicado con el permiso del autor.