Los obispos espaƱoles publican una nota doctrinal muy equilibrada sobre los pros y contras de las emociones en el desarrollo de la vida cristiana.
SeƱalamos los principales aspectos que suelen debatirse en torno a esta cuestión y luego ofrecemos los principales extractos del documento.Ā
1. SeƱalan el riesgo de reducir la fe a emociones, aun reconociendo que estas son algo humano y positivo.Ā
2. Denuncian el riesgo de que algunos comportamientos supongan un ābombardeo emocionalā que pueda derivar en una forma de āabuso espiritualā.
3. Invitan a aprender a discernir los sentimientos en la vida espiritual siguiendo a los grandes maestros de espiritualidad. Citan a san Ignacio de Loyola, santa Teresa de JesĆŗs, san Juan de la Cruz, santa Teresa de Lisieux y santa Teresa de Calcuta.
4. Subrayan que lo central en la vida cristiana es la trinidad, no la experiencia subjetiva.Ā
5. Invitan a apostar con determinación por una formación integral y continua.
6. SeƱalan que la fe se vive en la Iglesia, sin absolutizar el carisma del propio grupo, sino poniĆ©ndolo al servicio de la unidad de la Iglesia.Ā
7. Los encargados Ćŗltimos de discernir sobre el futuro de los distintos carismas corresponde a los obispos.
8. Los frutos de los nuevos métodos de evangelización pueden medirse por su capacidad de integrar en una comunidad y de despertar la pregunta por la propia vocación.
9. Animan a fomentar la adoración EucarĆstica como una continuación natural de la celebración EucarĆstica.Ā
10. Animan a seguir el Ritual previsto para la adoración al SantĆsimo y a no centrarse en adoraciones con una decoración efectista que se aleja de las normas previstas. Sin embargo, no concretan hasta quĆ© punto no es adecuado exponer al SantĆsimo fuera del altar de una iglesia o cómo debe decorarse el altar segĆŗn las normas litĆŗrgicas (y no con decoración propia, velas de todo tipo, cartelerĆa con mensajes, etc).Ā
Cita textual de las principales ideas del documento:
En los Ćŗltimos aƱos se aprecian signos que indican un renacer de la fe cristiana, especialmente entre los jóvenes espaƱoles de la llamada āgeneración Zā, aquellos nativos digitales nacidos entre mediados de los 90 y la primera dĆ©cada del 2000. La Iglesia valora la creatividad de las diversas iniciativas de primer anuncio que el EspĆritu Santo ha suscitado en muchos movimientos y asociaciones eclesiales para facilitar a tantas personas el encuentro con Cristo o la revitalización de su fe.
1. Los sentimientos son buenos
El mismo JesĆŗs, cuando le preguntan por el mandamiento principal de la Ley, dice: Ā«AmarĆ”s al seƱor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu menteĀ» (Mt 22,37). La fe implica a toda la existencia humana, pues es la entrega del hombre āenteroā a Dios como respuesta obediente y libre a la revelación (Rom 1,5 ,26). Junto a los aspectos fiduciales (confianza en Dios) se dan en la fe elementos cognoscitivos (adhesión a Dios, confesión de fe) y tambiĆ©n emociones y sentimientos (gozo espiritual, amor o paz, entre otros).
En todos estos mĆ©todos, en mayor o menor grado, tienen un peso importante las emociones y los sentimientos, que provocan un primer āimpactoā en la persona y conducen a la conversión y a la adhesión a Cristo. Sin embargo, no son pocos, incluso entre los promotores de estas experiencias, que han advertido del riesgo de un reduccionismo āemotivistaā de la fe, que lleva a muchas personas a convertirse en consumidores de experiencias de impacto y buscadores insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual. El anuncio de Cristo no busca de modo directo provocar sentimientos, sino testimoniar un acontecimiento que ha transformado la historia y es capaz de transformar la existencia de todo ser humano ocupando el centro de su vida
En nuestros dĆas, en cambio, la experiencia de fe se centra en el universo emocional y sentimental de la persona, lo que podrĆa interpretarse como uno de los āsignos de los tiemposā o una llamada que anima a recuperar la importancia de los sentimientos y a integrarlos, sin menoscabo de la razón, en la vida cristiana. Al mismo tiempo, advertimos la necesidad de regular y discernir las emociones porque pueden ser un obstĆ”culo para el crecimiento espiritual.
Los sentimientos juegan un papel importante en la vida humana y espiritual, y son fundamentales en la vida interior de toda persona humana. La fe cristiana, arraigada en la encarnación, no los puede ni dejar de lado ni ignorar. Dios nos alcanza también en nuestro sentir, en nuestra subjetividad, en nuestra intimidad, en nuestra emocionalidad. Lo afectivo constituye un campo fundamental en la vida espiritual, en la relación con Dios y con los demÔs, en la maduración creyente de la persona. Sin embargo, los sentimientos no pueden determinar toda o casi toda la vida cristiana, pues, en ocasiones, la misma ausencia de sentimientos es parte del itinerario espiritual.
El reto serĆ” siempre facilitar el encuentro con Dios sin abusar de las emociones, al mismo tiempo que sin menospreciar la fuerza de la fe para suscitarlas. SerĆa contradecir la misma Palabra de Dios, que tiene muy en cuenta la dimensión afectiva de la relación entre Dios y el ser humano.
2. Dónde nace el problemaĀ
Expertos y analistas de nuestro tiempo vienen advirtiendo que en la llamada cultura postmoderna se ha producido una absolutización de la afectividad, reduciĆ©ndola a los sentimientos y a las emociones, e incluso se ha llegado a sostener su irracionalidad, lo que ha sido denominado como āemotivismoā, es decir, la reducción de la afectividad a la emoción. El hombre postmoderno rechaza el objetivismo racionalista para convertirse en un sujeto emotivo, que pasa del āpienso luego existoā al āsiento luego existoā, del ālogosā a la āemociónā. Pero los sentimientos y las emociones, si bien son parte del mundo afectivo, no son capaces de abarcarlo en su totalidad.
El hombre āemotivistaā se percibe desorientado, porque se deja arrastrar por las emociones a cada momento sin ningĆŗn horizonte y se identifica con ellas; y vive en la inmediatez y la inconstancia absolutizando el instante (en tanto que perdura la emoción). Aplicado a la vida espiritual, el āemotivista religiosoā hace depender la fe de la intensidad de la emoción, reduciĆ©ndola a la medida del sentimiento y a lo placentera que pueda resultar, lo que se refuerza cuando se trata de experiencias compartidas. Es importante no confundir estas vivencias con el arrobamiento mĆstico o la experiencia del gozo espiritual que acompaƱa en los santos la revelación privada.
Conviene tener presente que las emociones y los sentimientos tienen un papel importante en la vida humana y espiritual. El cuerpo humano y las emociones son partes integrales de la vida psĆquica y espiritual del ser humano. Las emociones no pueden ignorarse ni trivializarse porque son intrĆnsecas a nuestra existencia. Ahora bien, resulta determinante encontrar un equilibrio dentro de la vida espiritual entre los aspectos intelectivos, volitivos y sentimentales. Los sentimientos no pueden desligarse ni de la verdad ni del bien.
Por otra parte, el āemotivistaā resulta mĆ”s fĆ”cilmente manipulable. Muchos discursos sociales y polĆticos actuales apelan con frecuencia a las emociones (miedo, esperanza, indignación) con el fin de generar determinados comportamientos y adhesiones. TambiĆ©n en la vida espiritual existe el peligro de pretender suscitar algunos comportamientos mediante un ābombardeo emocionalā, lo cual podrĆa considerarse una forma de āabuso espiritualā. Tal abuso puede manifestarse en forma āpresión emocional del grupoā, que hace que los individuos se vean obligados a āsentirā lo mismo que los demĆ”s para no automarginarse de la experiencia. E incluso a travĆ©s de la utilización de falsas experiencias sobrenaturales o mĆsticas (āfalso misticismoā), que desvirtĆŗan una autĆ©ntica visión de Dios, como medios para ejercer dominio sobre las conciencias anulando la autonomĆa de las personas o para cometer otro tipo de abusos, lo que debe ser considerado de especial gravedad moral.
3. Visión positiva del corazón
Ya PĆo XII en la encĆclica Haurietis aquas (1956), sobre la devoción al Corazón de Cristo,alertaba del peligro del naturalismo y del sentimentalismo, y presentaba el Corazón del Verbo encarnado como signo y sĆmbolo del triple amor con que ama Cristo: el amor divino (como Dios), el amor espiritual humano (la caridad de su voluntad humana) y el amor sensible (afectos y emociones). De esta forma, se invitaba a los fieles a alcanzar la armonĆa del amor en Cristo.
El amor autƩntico siempre conduce a la verdad. Como afirmaba el papa Benedicto XVI: Sin la verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo.
Creer con el corazón es el mejor antĆdoto contra los dos grandes enemigos de la vida espiritual apuntados por el papa Francisco: el neo-gnosticismo y el neo-pelagianismo. El primero concibe la salvación como algo puramente interior, cerrando al sujeto en la inmanencia de su propia razón o sentimientos. El pelagianismo, por su parte, acentĆŗa el carĆ”cter radicalmente autónomo del individuo, que pretende alcanzar la salvación por sus propias fuerzas. Esto se traduce, entre otras cosas, en una autocomplacencia por los frutos alcanzados, en la obsesión por la ley y en la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia.
4. Criterios teológico-pastorales para el discernimiento
a) Lo esencial del cristianismo es la Trinidad
Es importante que la oración cristiana no pierda su identidad trinitaria, y que el primer anuncio, asĆ como los procesos de discipulado, presenten a Jesucristo, al que conocemos por la acción del EspĆritu, que nos revela el rostro del Padre.
b) Dimensión personal
Invitamos a aprender a discernir los sentimientos en la vida espiritual a partir de los grandes maestros de espiritualidad. El mismo san Ignacio de Loyola animaba a discernir entre estados de consolación y desolación del alma, o a situarse en la santa indiferencia ante una elección de vida, con el deseo de servir a Dios como fin primero y principal al que todo se subordina[28]. Otros, como santa Teresa de JesĆŗs o san Juan de la Cruz, vivirĆ”n la purificación de los sentidos en las ānoches del espĆrituā o tendrĆ”n que enfrentarse, como santa Teresa de Lisieux o santa Teresa de Calcuta, a largos periodos de oscuridad espiritual.
De todo ello, se deduce que se ha de ser precavido ante los sentimientos y las emociones que simplemente proporcionan bienestar al sujeto. Cristo, por el contrario, llama a cargar con la cruz y a seguirlo. A una fe basada solo en sentimientos agradables y positivos le repugna la cruz. No se puede entender la vida cristiana sin compartir la cruz y completar en nuestra carne los sufrimientos de Cristo (cf. Col 1,24).
c) Dimensión objetiva de la fe
El encuentro con Cristo conlleva la aceptación de la verdad de su persona y su mensaje. No hay encuentro con Cristo sin profesión de fe, si solo se tiene en cuenta el aspecto subjetivo, pero no se profundiza en el contenido de la fe y en la doctrina. La formación es el medio primordial que permite integrar la verdad en el amor. Si el acto de fe como adhesión personal a Cristo pierde su profunda unidad con la verdad salvadora que nos ha traĆdo, se transforma en un acto vacĆo y ciego.
La vivencia emocional de la fe se ha de asentar en la verdad objetiva del kerygma, cuyo contenido se encuentra en la Palabra de Dios transmitida e interpretada por la Iglesia. Todo ello invita a apostar con determinación por una formación integral y continua, que incluya todas las dimensiones de la persona (intelectual, afectiva, relacional y espiritual).
d) Dimensión eclesial
Por la misma lógica de la encarnación, el encuentro con Dios es siempre mediado. Jesucristo, el mediador de la salvación, sigue saliendo al encuentro del ser humano a travĆ©s de la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos y el servicio a los hermanos en la Iglesia. No es posible una experiencia ni un conocimiento de Dios directos ni de manera individualista. Nadie se ha hecho cristiano a sĆ mismo, ni es creyente por sĆ solo. Creemos gracias a que alguien nos habló del SeƱor y nos transmitió la fe de la Iglesia en el Ć”mbito de la familia, de una parroquia, de un grupo o un movimiento eclesial. La misma profesión de fe es un acto personal y eclesial simultĆ”neo, de forma que cuando el cristiano dice ācreoā, al mismo tiempo, dice ācreemosā, como atestigua el sĆmbolo de Nicea en su versión griega, resaltando asĆ la dimensión eclesial del acto de fe.
Este ācreemosā no significa uniformidad. La imagen paulina del cuerpo de Cristo es muy elocuente para expresar la unidad en la necesaria diversidad. Todos, aunque distintos, somos miembros del Ćŗnico cuerpo, cuya cabeza es Cristo (cf. 1 Cor 12,12; Ef 1,18); de tal manera que la diversidad no es contraria a la unidad del cuerpo, sino que la enriquece: Ā«hay diversidad de carismas, pero un mismo EspĆritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo SeƱorĀ» (1 Cor 12,4-5). Una autĆ©ntica vivencia eclesial de la fe no absolutiza el carisma del propio grupo, sino que lo pone al servicio de la unidad de la Iglesia; y no excluye otros carismas, sino que aprecia la riqueza que aporta al conjunto. Igual se puede decir de los mĆ©todos evangelizadores: ninguno ha de considerarse como absoluto, y se ha de admitir que lo que sirve para unos, no ha de ser necesariamente vĆ”lido o Ćŗtil para otros.
Es importante valorar la capacidad que tienen estas nuevas iniciativas evangelizadoras para integrar en la vida comunitaria. Como afirma el Concilio Vaticano II, Ā«estos carismas, tantos los extraordinarios como los ordinarios y comunes, hay que recibirlos con agradecimiento y alegrĆa, pues son muy Ćŗtiles y apropiados a las necesidades de la IglesiaĀ». Ahora bien, Ā«el juicio de su autenticidad y la regulación de su ejercicio pertenece a los que dirigen la Iglesia. A ellos compete sobre todo no apagar el EspĆritu, sino examinarlo todo y quedarse con los buenos (cf. 1 Tes 5,12.19-21)Ā»[30]. SerĆ”, por tanto, un signo de eclesialidad que estos nuevos mĆ©todos sean sometidos al discernimiento de la autoridad de los obispos y los órganos diocesanos competentes.
Los frutos de los nuevos mĆ©todos de evangelización, por tanto, pueden medirse por su capacidad de integrar en la comunidad y de despertar la pregunta por la propia vocación y misión en la Iglesia y en el mundo (āĀæpara quiĆ©n soy yo?ā).
e) Dimensión ética y caritativa
La fe no puede quedarse en una experiencia meramente emocional, sino que se traduce en la caridad hacia los mƔs pobres.
f) Dimensión celebrativa
Las iniciativas de evangelización han de cuidar de no fomentar una oración āespiritualistaā desencarnada o unas celebraciones litĆŗrgicas intimistas y efectistas. Se corre el peligro de reducir la liturgia a un mero ādevocionalismoā que potencia el subjetivismo sentimental frente a lo comunitario, objetivo y sacramental. En algunos ambientes se detecta un recurso excesivo a elementos de tipo emotivo, incluyendo prĆ”cticas de culto a la EucaristĆa fuera de la misa que desvirtĆŗan y descontextualizan el sentido propio de la adoración al SantĆsimo Sacramento. La adoración eucarĆstica, sea de forma privada o pĆŗblica, prolonga e intensifica lo acontecido en la celebración litĆŗrgica, pues adoramos a aquel que hemos recibido. Esta relación intrĆnseca invita a cuidar la dimensión comunitaria de la adoración eucarĆstica, ya que la relación personal con JesĆŗs sacramentado pone al fiel en comunión con toda la Iglesia, al hacerle tomar conciencia de su pertenencia al Cuerpo de Cristo. El sentido netamente eclesial de la adoración eucarĆstica implica el respeto y la fidelidad a las normas litĆŗrgicas, que evitarĆ” el subjetivismo y la arbitrariedad de formas del culto eucarĆstico asĆ como el uso de elementos extraƱos a lo dispuesto en el Ritual.
