Una mirada católica a la actualidad

Por qué importa la visita del Papa a Canadá

El próximo viaje del papa a Canadá es algo más que una visita.Es un momento para que los indígenas se reconcilien con un Jesucristo inculturado, un Cristo que los indigenistas querrían rechazar.

Fernando Emilio Mignone

15 de July de 2022

canada indigenas papa francisco

Leo a diario Le Devoir, periódico nacionalista y laicista de Montréal. Para este medio, que hace un siglo era nacionalista y clerical, la visita del Papa a Québec dentro de unos días no parece ser noticia. Seguramente cambiará de opinión…

Todo viaje papal es importante, pero me parece que el viaje de fin de mes a Canadá lo es especialmente. La revolución antirreligiosa occidental de la segunda mitad de los sesenta pegó muy fuerte a la minoría católica proactiva de Canadá. Seis décadas después, la cristiandad ya no existe aquí, en el sentido que le da la filósofa francesa Chantal Delsol.

Delsol, que hace poco habló en Montréal, publicó en 2021 el ensayo La fin de la Chrétienté. Ahí afirma que el milenio y medio cristiano que se acaba en Occidente se basó sobre el dominio. El cristianismo, que nunca muere, debe inventar un nuevo modo de existir: el testimonio.

A eso viene, me parece, el testigo Francisco. Viaja a esta periferia existencial a ser testigo del perdón y la comprensión.  Viene a petición de los noventa obispos canadienses. Estos obispos fueron presionados por grupos indígenas e indigenistas que exigían que el Papa pidiera personalmente perdón en Canadá por el colonialismo cristiano. No será esta la primera vez que Francisco se abaje en nombre de la Iglesia, como un poverello del siglo XXI.

El número relativamente bajo de indígenas y mestizos canadienses (menos de dos millones) demuestra que para la Iglesia – Francisco – Cristo – los seres humanos cuentan en sí. No importa cuán pocos sean. El Papa viene a verlos a ellos, aunque tenga que hacerlo en silla de ruedas. Viene del 24 al 29 de julio a las provincias de Alberta y Québec y al territorio de Nunavut. Viene a escuchar, a estar de tertulia.

Algo así hizo San Juan Pablo II en su largo periplo de septiembre de 1984 (reuniéndose por ejemplo en Ontario con indígenas); y después el 20 de septiembre de 1987. Ese día el papa polaco visitó Fort Simpson en el Territorio del Noroeste. Dirigió un mensaje a los pueblos autóctonos, se reunió con los líderes de cuatro organizaciones nacionales indígenas, y celebró la misa dominical. Era el cumplimiento de una promesa hecha tres años antes cuando la neblina impidió a su avión aterrizar en Fort Simpson.

Ahora también Francisco viaja a los confines de América. Iqaluit, la capital de Nunavut, tiene sólo ocho mil habitantes. Si ese territorio de los inuit, que llega al Polo Norte, fuera un país, sería el 15 más grande del mundo.

Riesgos de la visita a Canadá

Francisco es un audaz. A sus 85 años casi no puede caminar: pero quiere Caminar juntos con los autóctonos (ese es el lema de la visita). Además apuesta a que los indígenas se reconciliarán con un Jesucristo inculturado, un Cristo al que los indigenistas le tienen alergia. La proporción de autóctonos católicos canadienses es probablemente más de 40 % (ése es más o menos el porcentaje de los bautizados católicos canadienses). Dato clave: la natalidad indígena (aproximadamente 2,5 por mujer) es más alta que la anémica tasa canadiense de 1,4.

Francisco apuesta a que su estrategia (por inspiración divina, sin duda) de ir a las periferias geográficas (nombrando electores del futuro papa en lugares alejados de los grandes titulares y desconocidos por las bolsas de valores) – que eso va a recentrar el sistema de posicionamiento global eclesial.

Su estrategia es alejarse de la autorreferencialidad. Del narcisismo, de la enfermedad típica de la Iglesia encerrada que se mira a sí misma, encorvada como la mujer del Evangelio, que conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo, y que impide experimentar “la dulce y confortadora alegría de evangelizar” (ver “Evangelii gaudium”, citando a San Pablo VI). Quiere Francisco salir de las sacristías, patear los bulevares de las metrópolis y los senderos alpinos, asiáticos, amazónicos y africanos.

Francisco quizás apuesta a que sus críticos – los tiene en el Canadá anglófono, influidos por un cierto conservadurismo clerical norteamericano – se den cuenta de que él es progresista y conservador simultáneamente. O que es, como dice Juan Vicente Boo en El Papa de la alegría, “un conservador… inteligente”.

Por todo esto y más, este viaje importa. Veamos como sale. No se mueva de su pantalla.

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