Una mirada católica a la actualidad

“Pedro Ballester no es santo por la enfermedad ni por su vocación, sino porque decía que sí a Dios en cada momento”

Esta nueva biografía de Pedro Ballester Arenas describe su vida con mirada de una autora joven, y que no pertenece al Opus Dei.

哈维尔·加西亚·埃雷里亚

14 de 4 月 de 2026

Pedro vocación
Paloma López Campos, autora de la nueva biografía de Pedro Ballester

佩德罗·巴列斯特 (1996–2018) fue un estudiante que cursó estudios en el Imperial College London y más tarde en la University of Manchester. Era numerario del 主业会, pero su vida quedó marcada por una enfermedad grave que afrontó con una fe profunda y una actitud que impactó fuertemente a quienes le rodeaban, hasta el punto de que muchos consideran su vida un ejemplo extraordinario de santidad en lo ordinario.

Su nueva biógrafa, Paloma López Campos -jefa de redacción en Omnes- ha investigado su vida, especialmente estando en estrecho contacto con la familia. Ha podido entrevistar a los padres, hermanos y algunos primos, una experiencia que le ha permitido conocer de primera mano cómo era Pedro en su entorno más íntimo. Al final, contar la vida de Pedro también implica contar parte de su intimidad familiar.

Pedro es uno de los muchos ejemplos de jóvenes cristianos fallecidos con fama de santidad en los últimos años. Una lista que encabeza 卡洛·阿库蒂斯, pero que tiene una buena lista de seguidores, como la hermana Clare o Marcos Pou.

Ya existe una biografía de Pedro escrita por uno de los sacerdotes que más le conoció. ¿Qué aporta esta nueva obra?

—Creo que son perspectivas distintas. La biografía de Jorge Boronat es muy buena, y está escrita por alguien que pertenece al Opus Dei y que trató muy de cerca a Pedrito. Eso le da una cercanía muy especial.

Lo que ofrece mi biografía es otra mirada. Por un lado, la de una persona joven. Yo tengo 25 años, y tengo todavía muy reciente la etapa universitaria, que es precisamente la que él vivió. Y, por otro lado, es la perspectiva de alguien que no ha formado parte directa de su vida, ni pertenece al Opus Dei.

Todo lo que cuento lo he visto desde fuera, con ojos de alguien de su generación. Mi objetivo era muy claro: decirle a la gente joven que tenemos delante a un chico que vivió el mensaje de Cristo de una manera muy cercana a nuestras circunstancias. No he descubierto nada nuevo; los hechos son los que son. Pero sí intento ofrecer una lectura distinta, más accesible para los jóvenes.

¿De dónde nace la fama de santidad de Pedro?

—Aunque la que debe decidir la santidad de cualquier fiel cristiano es la Iglesia, personalmente sí creo que lo es. Pienso que vivió las virtudes en grado heroico, que al final es lo que define a un santo.

Ahora bien, insisto mucho en una idea que me parece fundamental: Pedro no es santo por la enfermedad ni por su vocación. Reducirlo a eso sería empobrecer muchísimo su vida. Es santo porque en cada pequeño detalle decía que sí a Dios.

Era buen amigo, buen hijo, buen hermano, buen estudiante…, y todo eso con dificultades, porque tenía defectos como todo el mundo. Su santidad está en lo cotidiano, en cómo respondía a lo que Dios le pedía en cada momento.

Hablas de “virtudes en grado heroico”. ¿Cómo se entiende eso en alguien tan joven?

—Yo creo que vivirlas en grado heroico es vivirlas como Cristo, que es siempre la referencia. En Pedro se ve en cosas muy concretas. Por ejemplo, cuando ya estaba muy enfermo y cansado, a veces se enfadaba si había ruido en su habitación. Podía incluso pedir a la gente que se fuera.

Pero lo impresionante es lo que venía después: volvía a llamarles para pedirles perdón. Ahí está la heroicidad. No en no fallar, sino en darse cuenta, rectificar y volver a empezar. Esa capacidad de recomenzar constantemente es, para mí, profundamente heroica.

¿Era así desde pequeño o fue cambiando con el tiempo?

—Desde pequeño apuntaba maneras, pero se conocía muy bien y sabía en qué cosas tenía que mejorar. Por ejemplo, tenía cierto «pronto», podía ser un poco impaciente. Lo bonito es que trabajó esos aspectos desde muy joven. Fue puliendo su carácter poco a poco. Murió muy joven, pero ya había hecho un recorrido importante en ese sentido.

Pedrito junto a sus hermanos, Carlos y Javier, y su padre, Pedro.

¿Qué es lo que más te sorprendió al investigar su vida?

—Su normalidad. Cuando lees biografías de santos, a veces parece que estás ante alguien excepcional desde el principio, casi inalcanzable. Pero al conocer a su familia y escucharles hablar de él, te das cuenta de que era un chico completamente normal.

Eso es lo que más me impactó: que no tenía nada extraordinario en apariencia. Era el típico compañero de clase, el vecino de la puerta de al lado. Y precisamente por eso su vida interpela tanto, porque te está diciendo que tú también puedes vivir así.

¿Hay alguna anécdota que muestre su lado más humano?

—Pedrito vivió la era digital, como todos nosotros. Le gustaba mucho ver vídeos en YouTube, muchas veces sobre temas que le interesaban. Pero podía engancharse y acaba perdiendo el tiempo frente a la pantalla, algo con lo que todos nos podemos identificar.

Se habla mucho del “efecto Pedrito”. ¿Lo percibiste tú también?

—Sí, donde más lo noté fue en su familia. A pesar de haber vivido una enfermedad tan dura y la pérdida de un hijo y un hermano, hay en ellos una paz muy profunda.

Cuando hablas con ellos, se emocionan, se les llenan los ojos de lágrimas, recuerdan momentos difíciles…, pero al mismo tiempo transmiten una serenidad impresionante. Es algo difícil de explicar, pero da la sensación de que hay una gracia especial ahí. Como si la vida de Pedro siguiera teniendo efectos en quienes le rodearon.

También se ve el fruto de la vida de Pedro en los testimonios de amigos o compañeros -muchos de ellos no creyentes-. Pedro no trataba solo con gente creyente; estaba muy cerca de todo tipo de personas.

Por eso, sus compañeros de carrera en la Universidad de Manchester insistieron a la institución para que le concediera el título universitario de manera póstuma, pues no pudo acabar la carrera por la enfermedad. 

Fue un reconocimiento muy especial, no solo académico, sino también por el impacto humano que había tenido en sus compañeros y profesores. De hecho, es algo bastante excepcional. No es lo habitual que una universidad otorgue un título así, y en su caso fue una forma de reconocer todo lo que había dejado en tan poco tiempo.

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