Una mirada católica a la actualidad

Eduardo Fuentes: “Agarrarse a Él con confianza convierte desiertos en oasis”

La vida de Eduardo Fuentes Alonso (Jaén, 1969), dio un giro radical tras un accidente a caballo que le dejó tetrapléjico en 2014. De un sufrimiento prolongado (espasticidad, dolores neuropáticos), pasó a poder respirar, y encontrar al Señor a través de Jesús Eucaristía. “Con Él, el desierto se convierte en un oasis”, dice a Omnes.

Omnes 编辑部

20 de 3 月 de 2026

A raíz de una caída a caballo en 2014, “un providente viernes de Dolores”, Eduardo Fuentes Alonso, abogado jienense casado con Guadalupe, “un ángel”, y con “dos maravillosos hijos, Eduardo y Ángela”, quedó tetrapléjico, tras veinte años como letrado en el ámbito privado y la Administración Pública.

Transcurrido un año, le quedaron como principales y crónicos problemas “la Movilidad Reducida por la Espasticidad –esa camisa de fuerza que se cose a la piel, te atormenta y desafía tus límites- y los dolores neuropáticos”. Y como “gracia divina”, tener como nuevo amigo la “pequeña compañía de mi bastón celeste y plata”.

   Después, tras miles de horas de sufrimiento y dolor, “Él me buscó a mí”, hasta poder decir que “la respiración sin Él era sólo soledad, pero la respiración con Él se convertía en oración”. “Cuando Dios pasó de mi cabeza a mi corazón, fue en Emaús”, asegura.

Eduardo, usted afirma que su trayectoria vital se divide en un “antes” y un “después”, tras el accidente de 2014.

—Efectivamente, tras ocho años y medio de lucha, un libro providencial (Tómate un Respiro, de Mario Alonso Puig), me introdujo en la práctica de la respiración, erradicando el sufrimiento, aunque no el dolor. El libro me lo envió, ¡sin decirme nada!, mi amigo Agustín.

El libro sobre la respiración me quitó el sufrimiento, pero lo que me devolvió las ganas de todo fue el Señor. Me fui acordando de lo que decía santa Teresa sobre la oración, “es un plan que me ha ido trazando el Señor, no es mío. Me decía: espérate, primero te voy a limpiar”.

¿Cómo fue ese salto hacia Él? No sé si antes eras católico practicante….

—Yo siempre he creído, siempre he practicado la fe de modo “heredado”. Pero para mí el salto importante, cuando Dios pasó de mi cabeza a mi corazón, fue en Emaús. Fue a través, primero, de cuando hice el camino, me emocionaba cuando veía ese cuadro tan bonito que hay del Sagrado Corazón de Jesús, con las llagas en las manos, y luego sirviendo.

En Emaús se camina sólo una vez, pero se sirve –se ayuda- las veces que quieras. Yo he servido muchas veces ya, y también siendo servidor comencé a tener mucha más presencia de lo que es Jesús Eucaristía, con un Dios vivo. El Señor se sirvió de Emaús para encontrarse conmigo y ahí comenzó mi amistad con Él. Sé explicarme mejor con una frase bíblica: “antes te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos” (Job 42, 5).

Precisamente se acaba de publicar el libro Retiros de Emaús. Ha hecho usted en Córdoba el V retiro de Emaús de hombres, en la parroquia de Belén. Dígame una frase sobre ese retiro.

—Sólo una cosa: confía,  abre y descansa tu corazón en la quietud y en el silencio y siéntate, en un abandono paciente, a su “escucha”, delante de Él.

En el libro Elica, tu amigo Elías Cabrera destaca que “hay personas que llegan a tu vida de golpe y lo ordenan todo”. Y añade que usted es ejemplo de esfuerzo porque no ha permitido que el dolor le vuelva amargo.

—Mira, si miro hacia atrás, el esfuerzo siempre ha estado ahí, pero de formas diferentes. Al principio era ese esfuerzo voluntario, lleno de ilusión, como cuando me lanzaba a retos en la naturaleza, senderismo por Cazorla o Segura, o en deportes como el baloncesto o la equitación. Luego vino el esfuerzo necesario, como en mi profesión de abogado. Y ahora, el vital-trascendente, después del accidente que me dejó tetrapléjico.

Para mí, esfuerzo es no rendirse, no ser tóxico para uno mismo ni para otros. Me ha llevado a ser quien soy, simplemente, una persona feliz que busca hacer felices a los demás. Bendito sea el esfuerzo que me trajo mi “ser” actual.

¿Quién le enseñó a esforzarse y qué referentes ha tenido?

—Al principio, la ilusión fue mi maestra, sin grandes figuras como referente. Mi familia es y fue clave en la rehabilitación. Guadalupe como ángel, mis hijos como razón para no rendirme.

Hoy me apoyo en el beato Lolo –Manuel Garrido Lozano- de Linares (Jaén), que vivió muy dolorido y limitado físicamente, pero con una alegría desbordante; mi -ya en el cielo- amigo Rafa Benavides, cuyo sufrimiento expandió amor y legado; y el doctor Mario Alonso Puig, cuya “chispa” en su libro me ayudó a erradicar, no el dolor, pero sí el sufrimiento, en poco más de tres meses.

Volvamos a la experiencia de Dios.

—Con Él el dolor y el sufrimiento cobraron sentido y propósito en mi vida. Su “有趣的” me condujo a convertirme en un “alma de oración”, pues al confiar ya en Él, puso en mi camino unas hermosas palabras: “La oración hecha con Fe salva al enfermo”. Y desde entonces, mi perseverancia y fidelidad a la oración es otro firme propósito al que doy cumplimiento cotidianamente. La oración –“El lenguaje del Amor de Dios”- fue mi raíz de salvación y me sostiene.

Hoy sé que no tengo que preocuparme de nada, tan sólo de aceptar su “invitación” y darle todos los días un sí incondicional y sin reservas, y Él ya se ocupa de todo. Simplemente, me abandono en Él y le digo: “Jesús, ¡pilota Tú!”

¿Hasta dónde llega la certeza de su fe?

—Tengo la garantía -certeza experimentada-, de que donde acaban mis fuerzas, Él pone las suyas. Sé que el don que me regala –la instantánea alegría de vivir bajo el Espíritu Santo-, es inmerecido y, por eso, se lo agradezco infinitamente.

He entendido que no hay que temerle a la cruz…. ¡La cruz sana! –siempre da más de lo que quita…, y es el mundo quien nos sube a la Cruz y Jesús el que nos baja! Si abandono la oración, no se pierde Él, me pierdo yo. Agarrarse a Él con abandono e infinita confianza convierte cualquier desierto en un continuo y precioso Oasis. Él es mi guía diaria.

¿Qué siente al reflexionar sobre su vida?

—Siento estupor y gratitud por esta vida, “regalo inmerecido”. Gratitud a mi amigo Elías por incluirme en su libro (Elica), pero sobre todo a Él, por mover hilos –mueve nuestros hilos mejor que nadie, nos hace valientes y quita nuestros miedos, que nunca nacen del Señor–, por elegirme –don inmerecido- para su Equipo. 

Me gustaría que algún día hubiera en cualquier hospital de España un Área de “Respiroterapia” –a mí me gusta llamarla así-, donde se preocupen, incluso antes de pautar cualquier tratamiento médico, incluido aliviar el dolor, de suprimir el “sufrimiento” del paciente, de, simplemente, “cuidar su alma”. Mi próxima ilusión: subir a Medjugorje con mi familia, entrenando, pese a las limitaciones que me harán necesitar del prójimo, por amor a María.

Dos palabras sobre la oración del abandono, de san Charles de Foucauld.

—Una persona muy querida para mí me la mostró y, al levantarme, ¡desde hace casi tres años ya!, llevo rezándola a diario. Es la siguiente: “Padre mío, me abandono a ti, haz de mí lo que quieras, lo que hagas de mí te lo agradezco, estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal de que se haga tu voluntad en mí y en todas tus criaturas, no deseo nada más Dios mío, pongo mi vida en tus manos, te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón porque te amo, y porque para mí amarte es darme, entregarme en tus manos sin medida, con infinita confianza, porque tú eres mi padre!”.

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