Una mirada católica a la actualidad

El significado de Lund, a quinientos años de la reforma

La conmemoración conjunta del aniversario de la Reforma en Lund (octubre de 2016) supone un punto de llegada y de partida en las relaciones ecuménicas de mutua confianza y fraternidad entre católicos y luteranos.

奥姆内斯

8 de 2 月 de 2017

POPE GENERAL AUDIENCE

La Semana de oración por la unidad de los cristianos se ha centrado en el quinientos aniversario de la Reforma. Se ha resaltado la herencia teológica y eclesial de la experiencia histórica de la Reforma en su país de origen y, a la vez, las buenas relaciones actuales entre católicos y luteranos, a cincuenta años del inicio del diálogo ecuménico. La expresión más acreditada del nuevo clima se tuvo el 31 de octubre pasado en la ciudad de Lund, Suecia, durante el encuentro ecuménico entre el Papa Francisco y el Presidente de la Federación Luterana Mundial, el obispo Younan.

¿Cómo ha sido posible, tras siglos de contienda entre católicos y protestantes, que representantes de ambas Iglesias hayan dado gracias a Dios, juntos, por “los dones espirituales y teológicos recibidos por la Reforma”, deplorando el hecho de que luteranos y católicos hayan herido la unidad visible de la Iglesia? Quizás la frase que lo explica mejor se encuentra en la Declaración Conjunta: “Si bien el pasado no puede cambiarse, la memoria y el modo de hacer memoria pueden transformarse”. Se trata de aquel proceso indispensable del diálogo ecuménico llamado“purificación de la memoria”o búsqueda de un modo nuevo de comprender las discordias que causaron la separación.

El Concilio Vaticano II, al reconocer que las divisiones han ocurrido “a veces no sin responsabilidad de ambas partes”, y que “los que ahora nacen y se nutren de la fe de Jesucristo dentro de esas comunidades no pueden ser tenidos como responsables del pecado de la separación” (Unitatis Redintegratio, 3), inauguró el camino de esa profunda purificación de la memoria. Una mirada desapasionada ha permitido descubrir en las disputas del siglo XVI las verdaderas intenciones de los reformadores y sus oponentes. Cuando Lutero publicó sus tesis contra las indulgencias, era un monje agustino con una intensa vida espiritual, aunque escrupulosa e incluso atormentada, ciertamente escandalizado de cómo la salvación de las almas se subordinaba casi a una especie de comercio administrado por hombres de Iglesia. Era de prever que su crítica levantase una fuerte reacción. Lo que no era posible prever fue la revuelta religiosa, social y política que siguió y la división de la misma Iglesia.

Más de cuatro siglos de conflicto y desconfianzas sólo pueden superarse con una profunda conversión, que permita a las Iglesias alejarse de errores y exageraciones. 圣若望保禄二世 lo sugería así: “Sólo adoptando, sin reservas, una actitud de purificación mediante la verdad, podemos encontrar una interpretación común del pasado y alcanzar un nuevo punto de partida para el diálogo de hoy” (Mensaje al cardenal Willebrands, 31 de octubre de 1983).

En consecuencia, el camino ecuménico requiere una mejor comprensión de la verdad histórica de los hechos, una interpretación compartida de lo justo y lo erróneo en las personas y en los hechos y, sobre esta base, la voluntad de orientarse en una dirección nueva. Tal ha sido la trayectoria seguida por el diálogo católico-luterano en las últimas cinco décadas, cuyos resultados se recogen en el documento “Del conflicto a la comunión” (2013), de la Comisión internacional para el diálogo católico-luterano.

La historiografía del último siglo ha llevado a un juicio menos polémico de la figura de Lutero y ha contribuido a la creación del nuevo clima de comprensión mutua. Esta revisión de la figura y obra de Lutero ha encontrado eco en pronunciamientos de los últimos Papas, a partir de Pablo VI. Por ejemplo, en una entrevista del 26 de junio de 2016, el Papa Francesco decía: “Yo creo que las intenciones de Martín Lutero no eran equivocadas: era un reformador… La Iglesia de entonces no era precisamente un modelo a imitar; había corrupción, mundanidad, apego al dinero y al poder. Por eso él protestaba”.

El evento de Lund ha llevado al mundo ecuménico a asumir la conciencia clara de que se puede modificar el modo en que el pasado influye sobre el presente. “La clave no está en narrar una historia distinta, sino en contar esa historia de manera distinto” (Del conflicto a la comunión, 16). Y el ecumenismo “vivido”, y no sólo pensado y discutido, está dando frutos positivos, que son una promesa y una esperanza sólida para el camino aún por recorrer.

En armonía con el reciente Año de la Misericordia, la conmemoración común de la Reforma en Lund ha recalcado cómo, en una sociedad dominada por la economía y la eficiencia, apremia hacer entender la trascendencia de la cuestión de Dios. Y el significado de Lund es también éste: que los cristianos, aunque todavía divididos, no podemos permanecer por más tiempo incomunicados o en conflicto, cuando se trata de testimoniar la fe. Hace poco el Papa lo subrayaba al Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos: “Mi reciente visita a Lund me ha hecho recordar la actualidad de aquel principio ecuménico formulado allí por el Consejo Ecuménico de las Iglesias en 1952, que recomienda a los cristianos ‘hacer juntos todas las cosas, salvo en aquellos casos en que las dificultades profundas de sus convicciones les impongan actuar separadamente’ “.

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