Una mirada católica a la actualidad

Los jóvenes también lloran

Era la primera vez que me pedían una bendición por bodas de oro. Nunca imaginé que vería gente tan emocionada, y a un adolescente escondiéndose para que no lo vieran llorar.

胡安·伊格纳西奥·伊斯奎尔多·胡布纳

8 de 4 月 de 2026

jóvenes

Por efecto de las lluvias del día anterior, la tarde del sábado se presentó clara; además, con una temperatura para andar en camisa. La anfitriona había decorado el jardín con farolitos en los árboles, una mesa blanca para los anillos y sillas sobre el césped para unos 40-50 familiares.

Lecturas, homilía, bendición de las argollas nuevas, un beso de estos casados que más parecían novios, peticiones de sus tres hijos, bendición final… Entonces me hice a un lado y dejé el micrófono disponible por si alguien quería dar unas palabras. Jorge, el patriarca de 76 años que nos había invitado, lo tomó. Vestía una camisa blanca con gemelos en los puños y anteojos de sol. Su presencia inspiraba respeto.

—Mini, te quiero mucho. He sido muy feliz contigo y sin ti no hubiera llegado a ninguna parte —Hizo una pausa, recorrió los rostros de los invitados con la mirada—. Eso es lo primero. Ahora les quiero contar otra cosa, aprovechando que está toda la familia reunida. Hace tiempo que mi señora me venía pidiendo un favor para este aniversario. Que comulgara con ella. El problema es que mi última confesión fue hace unos 60 años… cuando hice la Confirmación. Lo pensé mucho, me resistía. Pero ayer… ayer me confesé. —

Otro silencio, esta vez para mirar el suelo y ajustarse los anteojos—. Así que mañana acompañaré a la Mini a Misa y comulgaremos juntos. Y esto, Mini, te lo quiero agradecer especialmente, porque no te imaginas la alegría que siento de haber vuelto a la Iglesia.

La garganta se me apretó. Varias señoras sacaron pañuelos. Y un adolescente de 15 años se levantó de su asiento para esconderse en algún lugar de la casa.

Una vez terminados los discursos, entró en acción el catering. Conseguí un jugo de naranja con una mano y, con la otra, un pocillo con “pastel de choclo”. Entonces se me acercó un matrimonio joven.

—Padre, gracias por la bendición que dio a mis padres —dijo él—. Hay una cosa que le queremos contar. Hace varios años atrás, cuando nuestro hijo mayor tenía unos 7 años, estábamos saliendo a Misa un domingo y el abuelo se excusó de ir. El niño nos preguntó por qué su Tata no iba. Le explicamos que era católico, pero que no practicaba mucho. Asintió muy sereno y decidió rezar para que volviera a la Iglesia. Pues bien, desde ese día hasta hoy, nuestro hijo ha rezado todos los días un rosario a la Virgen pidiendo por esa intención. Por eso, probablemente, ahora no lo encontramos.

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