Una mirada católica a la actualidad

教宗方济各与中国:外交策略

Las palabras del Papa Francisco dirigidas a China en el Regina Coeli del 22 de mayo tienen como trasfondo la renovación del acuerdo de nombramiento de obispos y la detención del cardenal Joseph Zen, obispo emérito de Hong Kong, que fue llevado a prisión el 11 de mayo y sólo posteriormente liberado bajo fianza.

玛丽亚·何塞·阿蒂恩扎

27 de 5 月 de 2022

pope francis
El Papa con el Obispo de Hong Kong, Stephen Chow Sau-yan, el 17 de marzo de 2022. ©CNS photo/Vatican Media

文章的英文翻译

Tras el rezo del Regina Coeli del 22 de mayo, el Papa Francisco rezó por los católicos de China, encomendándolos a María Auxiliadora, que se venera el 24 de mayo y, en particular, en el santuario de Sheshan. No es la primera vez que el Papa menciona este aniversario. Y no podía ser de otra manera: Benedicto XVI había establecido el 24 de mayo como día de oración por China en su carta de 2007 a los católicos de China, y así ha sido un aniversario fijo durante 15 años.

Sin embargo, las palabras del Papa Francisco se incluyeron en un cuadro más dramático. Es cierto que desde 2008, primer año en que se celebró la oración, los misioneros no han dejado de denunciar los obstáculos que plantea Pekín para la peregrinación al santuario de Sheshan. Y es cierto que, con la pandemia, el santuario estuvo cerrado durante dos años, por lo que en 2021 no pudo formar parte de los santuarios que constituyeron el maratón de oración por la pandemia proclamado por el Papa Francisco en mayo -y mientras el santuario estaba cerrado, el parque de atracciones cercano acababa de reabrir.

Las palabras del Papa Francisco, sin embargo, se enmarcan en un contexto más amplio: las negociaciones para la renovación del acuerdo entre la Santa Sede y China sobre el nombramiento de obispos, que expira en octubre de 2022; y la detención, totalmente sorpresiva, del cardenal Joseph Zen, obispo emérito de Hong Kong, que fue llevado a prisión el 11 de mayo y sólo posteriormente liberado bajo fianza.

El Regina Coeli del 22 de mayo

El saludo del Papa Francisco al final del Regina Coeli del 22 de mayo estuvo lleno de signos. En primer lugar, el Papa renovó a los católicos de China “la seguridad de mi cercanía espiritual: sigo con atención y participación la vida y las vicisitudes de los fieles y pastores, a menudo complejas, y rezo por ellos cada día”.

Precisamente, en estas palabras había una referencia al asunto del cardenal Zen, que será juzgado el próximo 19 de septiembre. El Papa había invitado entonces a unirse en oración “para que la Iglesia en China, en libertad y tranquilidad, pueda vivir en comunión efectiva con la Iglesia universal y ejercer su misión de anunciar el Evangelio a todos, ofreciendo así también una contribución positiva al progreso espiritual y material de la sociedad”.

La segunda parte, de hecho, pedía mayor libertad para la Iglesia, y mayor libertad religiosa. El poder de la diplomacia, el de decir las cosas sin decirlas y sobre todo sin distorsionar al interlocutor chino.

Equilibrio diplomático

La cuestión es que, en el Vaticano, no se da por sentado que se vaya a renovar el acuerdo. El cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado del Vaticano, dijo en una entrevista que esperaba poder cambiar alguna parte del acuerdo. Y el arzobispo Paul Richard Gallagher, “ministro de Asuntos Exteriores” del Vaticano, reunido con los embajadores de la UE en un almuerzo a puerta cerrada, habría dicho que si China quisiera un acuerdo más permanente, tal vez permanente, la Santa Sede diría que no.

Por otro lado, que la Santa Sede haya querido dar un peso relativo al acuerdo lo denota un detalle: el acuerdo se firmó el 22 de septiembre de 2018, el primer día del viaje del Papa Francisco a los países bálticos.

Como es sabido, tanto el Secretario de Estado como el de Relaciones con los Estados siguen al Papa en sus viajes. Al elegir esa fecha, fue necesario que Santa Sede firmara el acuerdo con su homólogo, Wang Chao, Viceministro de Asuntos Exteriores de la República Popular China, entonces Monseñor Antoine Camilleri.

Si las fechas importan, parece claro que se eligió ese día porque hubiera sido inevitable tener una delegación de menor peso, con un acuerdo firmado por los números 3 y no por los números 1.

El acuerdo se renovó entonces en octubre de 2020, y hasta ahora ha dado dos resultados: que todos los obispos de China se consideren en comunión con Roma, y que sólo seis obispos en cuatro años hayan sido nombrados según el acuerdo.

Se desconocen los términos del acuerdo, aunque se ha especulado con que la Santa Sede participará con el gobierno en un proceso de revisión de candidatos al episcopado hasta que el Papa designe a un obispo que también sea aceptable para Pekín. Sin embargo, en el acuerdo se preservaría la plena autonomía del Papa en la elección de los obispos.

Ciertamente, la relación entre la Santa Sede y China es un equilibrio inestable, y la repentina detención del cardenal Zen es una prueba de ello. Tras la detención, la Santa Sede hizo saber que sigue de cerca el desarrollo de los acontecimientos.

Por lo tanto, no hubo ninguna protesta formal, también porque, al ser China uno de los pocos países del mundo que no tiene relaciones diplomáticas con la Santa Sede, no había canales adecuados para una queja formal.

El Cardenal, sin embargo, parecía un poco sacrificado. Defensor de la democracia en Hong Kong, que siempre se opuso firmemente al acuerdo, el cardenal Zen llegó a intentar evitar la renovación acudiendo a Roma y tratando de ser recibido por el Papa. Pero tuvo un éxito relativo. Sólo se reunió brevemente con el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano. Fue la señal definitiva de que el Papa no se detendría a escuchar razones sobre el acuerdo. El último de una serie de señales.

Las señales a China

Antes, en octubre de 2019, el papa Francisco había enviado un telegrama a Hong Kong mientras sobrevolaba su territorio de camino a Japón. En el vuelo de regreso había restado importancia al telegrama, diciendo que era un telegrama de cortesía enviado a todos los estados. Se trata de declaraciones parcialmente engañosas, ya que Hong Kong no es un Estado, pero sí es apreciado por Pekín, hasta el punto de que el ministro de Asuntos Exteriores, Geng Shuang, había subrayado que del Papa «China aprecia la amistad y la amabilidad».

Y no sólo eso. En su itinerario a Japón, el Papa Francisco había sobrevolado China y Taiwán. En el telegrama enviado a Pekín, saludaba a China como “nación”; mientras que los saludos en Taipei se dirigían al “pueblo de Taiwán”, a pesar de que la nunciatura en Taipei se llamaba significativamente nunciatura de China.

En julio de 2020, el Papa Francisco también había decidido omitir de sus palabras al final del Ángelus un llamamiento a favor de Hong Kong, en un momento delicado de renovación del acuerdo.

Todas estas eran señales claras para China, que él apreciaba.

Hoy, el Papa Francisco trata de ser cuidadoso para no enfadar al “Dragón Rojo”, pero las negociaciones para un nuevo acuerdo parecen más difíciles que nunca. China desearía una mayor implicación del Vaticano, e incluso podría poner sobre la mesa la posibilidad de un representante no residente de la Santa Sede. El mundo católico pide más prudencia, en una situación que, de todos modos, el Gobierno no facilita.

La detención del cardenal Zen resultó ser un pretexto, una forma de flexionar los músculos. La acusación, al final, no es de injerencia extranjera, sino de no haber registrado correctamente un fondo humanitario del que el cardenal y otros cinco miembros del mundo democrático eran administradores.

Pocas cosas, al fin y al cabo, pero suficientes para enviar un mensaje a la Iglesia: todo está controlado.

Para la Santa Sede, sin embargo, vale la pena seguir dialogando. “Somos conscientes de que nos estamos dando la mano y de que la hoja del cuchillo puede hacernos sangrar, pero es necesario hablar con todos”, explica un monseñor que ha participado en las negociaciones en el pasado.

En definitiva, el acuerdo siempre parece una posibilidad a tener en cuenta. Al fin y al cabo, un viejo dicho diplomático del Vaticano sostiene que “los acuerdos se hacen con personas que no son de confianza”.

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