Una mirada católica a la actualidad

欢乐的历史

El historiador Alain Corbin traza un viaje al interior de la intimidad humana para analizar la evolución y el impacto de la alegría a lo largo de los siglos. Desde las fuentes bíblicas hasta el pensamiento ilustrado y la filosofía de Spinoza.

何塞·卡洛斯·马丁·德拉霍兹

20 de 5 月 de 2026

快乐的历史

El profesor de la Universidad de la Sorbona, Alain Corbin, realiza en este trabajo un viaje al interior de la intimidad que resulta de una gran actualidad, pues aborda en directo la importancia y la historia de la alegría.

Es muy interesante que Corbin no tenga ningún reparo en reconocer que la mejor fuente para conocer la verdad y la sustancia de la alegría está en la Sagrada Escritura y, por supuesto, en el Nuevo Testamento y, especialmente, en las palabras directas de María Santísima, en el maravilloso canto del Magnificat: canto de alegría y de agradecimiento infinito al Creador: “Mi espíritu se estremece de alegría en Dios, mi Salvador” (Lc 1,47).

El camino hacia la visión beatífica

Después de un recorrido por el Medievo llega a la inolvidable figura de Chateaubriand en su Genio del cristianismo, para describir bellamente el increíble paraíso que nos tiene preparado Dios, nada menos que la visión beatífica (35).

Efectivamente, Bossuet afirmará que, como dice el mandato bíblico, si amamos a Dios con todo corazón, con toda nuestra inteligencia y con todas nuestras fuerzas, regocijándonos en Su gloria, la alegría no nos puede ser arrebatada, pues es “la alegría que tenemos del Ser de Dios” (40).

Tiempo después, Pascal hablará de la fuerza del amor de Dios y de la alegría del converso: “Así el alma se regocija por haber encontrado un bien que no le puede ser arrebatado mientras lo desee: ella se aniquila, adora y bendice a Dios en silencio” (42).

Liturgia y festividades comunitarias

Enseguida, traerá nuestro autor a colación la liturgia y los tiempos destinados a la alegría por la Iglesia: “La autoridad religiosa prescribe entonces varios momentos en los que se invita al fiel a experimentar la alegría en lo más profundo de su ser, al tiempo que el conjunto de los fieles manifiesta colectivamente una gran alegría” (43). En concreto, se detendrá a hablar de las fiestas personales: “desde la Edad Moderna, la celebración solemne de la primera comunión es una gran alegría, en primer lugar, para el comulgante, pero también para toda su familia” (46).

Como contraste fuerte, se referirá a continuación a la alegría “satánica” y pone como ejemplo la envidia, presente en la historia humana desde Caín y Abel: “¿Quién no ha experimentado alguna vez en su vida un sentimiento de alegría, más o menos oscuro, ante los reveses de un competidor o de una persona que había despertado envidia, o incluso temor?” (51).

Intrigas y ambiciones de poder

La obtención del capelo cardenalicio por parte de Retz en 1652, en franca y abierta competencia con el cardenal Mazarino, es narrada con tanto detalle que hace sospechar al lector una crítica mordaz a las envidias y a las peleas tanto en la Curia romana como en la corte francesa: “este episodio de la vida del nuevo cardenal, cuya alegría se adivina a pesar de su reserva, demuestra la tenacidad de las intrigas en el seno de la Corte y del Vaticano, ya sea para impedir o para obtener el tan deseado ascenso” (58).

Cambiando de tercio se referirá a Baruch Spinoza, un autor actualmente de moda y muy cotizado, pues cada semana hay novedades editoriales que lo ensalzan, que editan sus textos y los comentan. Siempre siguiendo la estela de Hegel, quien lo tenía como el pensador clave de la historia.

La perspectiva filosófica de Spinoza

En primer lugar, recordará que, para Spinoza, Dios no se ve afectado por ningún sentimiento de alegría o de tristeza y por tanto deberíamos eliminar de la Escritura toda veleidad al respecto, como todo milagro. Por eso, para Spinoza, la Escritura debe ser interpretada de manera racional y no literal.

Enseguida aportará estos textos de Spinoza: “Todos los atributos de Dios son eternos y Dios es la causa de la existencia y de la esencia de las cosas”. Es más, afirmará Spinoza: “el hombre ya no es la unión del alma y del cuerpo, sino parte del universo homogéneo, parte que tiene su estructura singular” (61).

También afirmará que el hombre está dominado por la pasión de la alegría y de la tristeza. Además, las definirá así: “la alegría es la pasión por la cual el espíritu alcanza una mayor perfección; por tristeza, por el contrario, entiendo la pasión por la cual alcanza una menor perfección”. Por tanto, afirmará que conviene esforzarse por vivir con alegría y evitar la tristeza (61).

Lógicamente, añadirá poco después que “entender es entender a Dios, por quien todo existe, Dios que es la verdad y, por tanto, la fuente viva de la alegría más elevada (…). Amar a Dios no implica ninguna reciprocidad”. Pero señala Corbin: “Dios, según Spinoza, no ama ni odia a nadie. Se ama a sí mismo” (62). Aquí radica el gran error de Spinoza, que prescinde de la Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia y por tanto de la experiencia vital de millones de cristianos que creemos que “Dios es Amor” y que nos lo ha revelado y nos ha concedido experimentarlo.

Terminará recogiendo el profundo subjetivismo de Spinoza: “Cuanto mayor es la alegría que nos embarga, mayor es la perfección a la que nos elevamos y, por consiguiente, más participamos de la naturaleza divina” (63).

Del deísmo a la familia cristiana

Al adentrarse en la Ilustración alemana, traerá el interesante testimonio de Schiller con su oda a la alegría de 1785, “donde hablará de la alegría íntima que nos anima bajo la égira de un Dios creador dotado de personalidad. Esta referencia al deísmo se aleja radicalmente del Dios de Spinoza y solo toma prestada una parte del Dios de los cristianos” (69).

No queremos terminar este breve comentario a la historia de la alegría de Alain Corbin sin hacer una referencia a la alegría en el seno de la familia cristiana, es decir, la de siempre, la de toda la vida, donde los hijos crecen en el amor y en la seguridad de unos padres que viven volcados en una esmerada educación y amplia cultura y a quienes procuran formar con muchas dosis de ternura y de confianza (97).


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