«Haced discípulos a todos los pueblos». Solemnidad de la Santísima Trinidad (B)

Joseph Evans comenta las lecturas de la Solemnidad de la Santísima Trinidad (B).

Joseph Evans

24 de mayo de 2024

Tras su Resurrección, Jesús envía a sus discípulos, diciéndoles: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. No es una orden fácil: “discípulos a todos los pueblos”. Nosotros estamos entre ellos. Y bautizarlos a todos “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. 

La Iglesia lo hace así desde entonces: cualquier otra fórmula o redacción no sería válida. Bautizar es sumergir, ser lavado, participar en la vida y muerte de Cristo. Cuando Santiago y Juan pidieron a Nuestro Señor los primeros puestos en su reino, pensando que iba a instaurar uno terrenal y político, Jesús respondió con estas misteriosas palabras: “¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber, o bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?” (Mc 10, 38). Aquí, por “bautismo”, Jesús entiende su pasión y muerte. En otras palabras: “Así como yo me sumerjo en las profundidades del sufrimiento humano, ¿estás dispuesto a sumergirte tú también? ¿Estás dispuesto a compartir mi bautismo, mi sufrimiento, mi muerte?”.

Cuando nos bautizamos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, también entramos en la vida de la Trinidad. Cuando bautizamos a un bebé -o a un adulto- y lo sumergimos en el agua o vertemos agua sobre la cabeza del niño, estamos sumergiendo a ese niño en la propia vida de la Trinidad, podríamos decir que estamos vertiendo la Trinidad sobre y en ese niño.

El misterio de la Trinidad nos abre al misterio de la vida interior de Dios, que está claramente más allá de nuestra comprensión. Si pudiéramos comprender a Dios, no sería Dios. Dios es por definición infinito, y nosotros somos finitos. Siempre hay algo más por descubrir. Como escribió santa Catalina de Siena en el siglo XIV: “Eres un misterio tan profundo como el mar, en el que cuanto más busco, más encuentro; y cuanto más encuentro, más busco”.

Orar es como zambullirse en Dios, en la vida divina. No necesitamos oxígeno, o mejor dicho, la fe es nuestro oxígeno y los ángeles y los santos nos guían. El mar es a la vez oscuro y lleno de luz y no hay peligro de ahogarse. Se nos ofrece la oportunidad de sumergirnos en una forma de vida superior. Necesitamos conocer individualmente a cada persona de la Trinidad. Podemos rezar a Dios en general, como Dios, pero nuestra relación con Dios será más profunda tratando con cada persona. Y hagamos todo lo posible por sumergir, zambullir, a los demás en la vida de la Trinidad a través de nuestro testimonio. Ahora somos enviados a hacer discípulos de todas las naciones, empezando por la nuestra.