Una mirada católica a la actualidad

Tengan amigos

Ojalá mis hijos lo entiendan temprano: la vida se vuelve infinitamente más pesada cuando se camina solo, y sorprendentemente más liviana cuando alguien toma tu brazo.

Mane Cárcamo

3 de Maggio de 2026

amigos

Recientemente leí una noticia que me removió: los adultos sin ningún amigo se han multiplicado por cuatro y, en países como Alemania o Francia, cerca del 40% de los hogares ya son unipersonales.

Entonces pensé que a mis hijos quiero dejarles pocas, pero potentes enseñanzas que los marquen. Una de ellas es simple: tengan amigos. No importa tanto la cantidad —aunque tal vez sí, ojalá al menos cinco—, pero ríanse mucho con ellos.

Mis amigas me han ahorrado horas de terapia. Me han dicho verdades que algunos buscan en el tarot (sé que con esto varios se ofenderán o me explicarán que nada tiene que ver, pero es lo que pienso). Han resuelto mis dudas —no siempre rápido—, pero muchas veces mejor que cualquier algoritmo. Y, sobre todo, me han regalado algo que ninguna red social puede reemplazar: historias únicas y compartidas.

Pienso en lo que me hace feliz: una buena copa de vino, comentar el show del Súper Bowl, tomar sol en silencio, compartir datos de ropa en SHEIN, recibir un consejo cuando estoy atribulada, volver a mi infancia y recordar —entre carcajadas— esa fiesta en la que nadie me sacó a bailar. En mi caso, ni la mejor inteligencia artificial (y mira que me encanta) podría igualar la experiencia de vivir todo eso con una buena amiga. Porque ningún prompt podrá superar una conversación cara a cara con una de ellas.

No siempre están conectadas ni disponibles. Y está bien. Los afectos reales son así: incondicionales, pero con límites; acogedores, pero no complacientes. A diferencia de cualquier asistente digital, una amiga puede decirte con honestidad: “No sé la respuesta, pero estoy aquí para que la encontremos juntas”.

No podría estar más de acuerdo con Helen Keller cuando dijo: “Prefiero caminar con un amigo en la oscuridad que sola en la luz.”

Ojalá mis hijos lo entiendan temprano: la vida se vuelve infinitamente más pesada cuando se camina solo, y sorprendentemente más liviana cuando alguien toma tu brazo. Por eso, más que éxito o certezas, lo único que realmente espero para ellos es que nunca les falte una mesa compartida, una risa a destiempo y un amigo al que llamar hogar.

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