Una mirada católica a la actualidad

Redes y evangelio: un balance sobre el fenómeno de los misioneros digitales

La reciente celebración del jubileo de los evangelizadores digitales es una buena ocasión para valorar el alcance de este fenómeno, con sus luces y sombras.

Javier García Herrería

31 de Luglio de 2025

misioneros digitales
@socialcut

En los últimos cinco años el fenómeno de los llamados “misioneros digitales” o influencers católicos ha crecido enormemente. Al principio, confieso, me asomé a ese mundo con cierto una mezcla de entusiasmo, asombro y sospecha. El término “influencer” no es precisamente el más atractivo cuando uno piensa en algo tan sagrado como la transmisión de la fe. Sin embargo, a lo largo de los últimos dos años he tenido la oportunidad de tratar de cerca a una veintena de ellos y mi experiencia ha sido bastante bastante positiva, hasta el punto de que creo que puede estar gestándose un verdadero paradigma evangelizador.

Lo positivo

Lo primero que me sorprendió de muchos de estos evangelizadores digitales fue su profundidad espiritual. No se trata de personas que se lanzan a hablar de Dios simplemente porque tienen cierto carisma o manejo de redes. He visto en ellos un deseo sincero de vida interior, de trato personal con Jesucristo, de oración y sacramentos. Saben que no se puede dar lo que no se tiene, y por eso su prioridad no es el micrófono, sino el sagrario.

En segundo lugar, he percibido en ellos una gran responsabilidad por mejorar su formación. Quien se expone públicamente explicando verdades de fe —muchas veces a miles de personas— sabe que no puede improvisar. Por eso se forman, se dejan acompañar, preguntan, leen, contrastan. Este deseo de aprender y transmitir con fidelidad es una característica muy esperanzadora. Uno de los aspectos que les ayuda a ser muy conscientes de este punto es que cada vez que lanzan un mensaje poco claro o equivocado reciben muchísimos comentarios corrigiéndoles con rapidez. Eso, sin duda, ayuda a ser consciente de las propias carencias.

Un tercer punto que me ha impresionado es la poca obsesión por las métricas. En un mundo que mide el éxito en “me gusta” y seguidores, muchos de ellos han aprendido a mirar de otro modo: evangelizar no es viralizar, sino llegar a los corazones. Lo importante no es la cantidad, sino la fecundidad espiritual. Por eso, a menudo, prefieren un comentario profundo a cien “likes” fugaces.

También me ha edificado su deseo de comunidad. Aunque trabajan desde sus casas o estudios, y muchos no pertenecen a una estructura eclesial concreta, he visto en ellos una voluntad fuerte de hacer Iglesia, de colaborar, de apoyarse unos a otros, de no actuar como francotiradores sino como miembros de un cuerpo. Hay entre ellos una comunión real, no solo de estilo, sino de espíritu. En este sentido son constructores de puentes y ayudan enormemente a sosegar ambientes bastante polarizados.

Los riesgos

Otro aspecto luminoso es su conciencia de los peligros que conlleva su medio. Aunque trabajan con herramientas digitales, insisten mucho en no caer en la trampa de la evasión virtual, algo que tienen muy presente puesto que son los primeros que pasan muchas horas en redes. A menudo advierten a sus seguidores sobre los riesgos de vivir pegados a una pantalla. Les invitan a rezar, a ir a Misa, a cuidar sus relaciones reales, a salir al mundo físico. Son, en muchos casos, voces que desde dentro del sistema alertan contra sus excesos.

Esto no quita, por supuesto, que haya riesgos. Cuanto mayor es la audiencia, más grande puede ser el daño si el mensaje es erróneo o la vida incoherente. Por eso es tan importante el acompañamiento, la humildad, la vigilancia espiritual. No todo el que tiene seguidores es un apóstol, ni todo lo que suena a católico es verdadero evangelio.

Pero con sus luces y sus sombras, esta nueva generación de evangelizadores parece estar inaugurando una forma de conectar con mucha gente de forma atractiva. La evangelización, que durante siglos estuvo principalmente en manos de órdenes religiosas y que, en tiempos más recientes, ha cobrado nuevo impulso gracias a numerosas instituciones laicales y parroquias activas, hoy se expande con fuerza en el entorno digital. A través de las redes sociales, muchas personas —sin dejar de pertenecer a una familia espiritual— llevan el Evangelio más allá de los circuitos tradicionales, alcanzando nuevos públicos y contextos. Y lo hacen con creatividad, audacia y, muchas veces, con una fidelidad que conmueve.

El futuro de la evangelización no depende exclusivamente de ellos, pero sin duda para mucha gente pasa por ellos. No reemplazarán nunca la riqueza de la parroquia, el grupo de vida o el encuentro personal, pero pueden ser la puerta de entrada a todo eso. Como dijo el Papa Francisco, no hay que tener miedo a entrar en las periferias. Y hoy, muchas de esas periferias están al otro lado de la pantalla. Que haya quien se atreve a llevar allí a Cristo, con verdad y amor, es un motivo de esperanza.

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