Una mirada católica a la actualidad

Gloria humana y gloria eterna. Domingo XXII del tiempo ordinario (C)

Joseph Evans nos comenta las lecturas del domingo XXII del tiempo ordinario (C) correspondiente al día 31 de agosto de 2025.

Joseph Evans

28 de Agosto de 2025

Las lecturas de hoy tienen un tema muy claro, la humildad. El mensaje clave podría resumirse en estas palabras de Nuestro Señor: “Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”.

Comenzamos centrándonos en el comportamiento de los fariseos, en quienes vemos varios pecados en acción. “Espiaban” a Jesús para comprometerle. Y luego aprendemos que “escogían los primeros puestos”.

Su orgullo es ridículo, incluso infantil. Empiezan tratando de detectar los defectos de otro, ciegos a los suyos, y luego buscan su propia glorificación. Estos pecados suelen venir en parejas: orgullosamente ciegos a nuestros propios defectos y vanamente exaltándonos a nosotros mismos, nos centramos en los defectos de los demás y buscamos hundirlos.

En realidad, Jesús les habla a su propio nivel, dándoles un motivo exclusivamente humano para ocupar el asiento más bajo en un banquete: porque el anfitrión te verá allí y te llevará a un lugar más alto, para tu propia gloria (terrenal). Mientras que si aspiras al lugar más alto, podrías verte desplazado al asiento de abajo, si llegara alguien más importante que tú, para tu vergüenza. Jesús no está fomentando la búsqueda de la gloria humana. De hecho, está convirtiendo este episodio en una parábola para hablarnos de la búsqueda de la gloria eterna.

La lección más profunda es que si tratamos de exaltarnos nos hundiremos. El orgullo nos abate. Pero humillándonos, buscando el lugar más bajo, Dios nos elevará. ¿Y cuál es el lugar más bajo? ¿Cuál es la compañía que debemos tener? ¿A quién debemos invitar a nuestra fiesta? Jesús dice: “a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos”.

No deberíamos servir a los pobres con la mera esperanza de disfrutar algún día de la gloria celestial de algún modo orgulloso. Sería una forma de pensar bastante retorcida: “Aceptaré la humillación terrena para que un día todos en el Cielo vean lo grande que soy”. Nuestro servicio a los pobres debería ser una necesidad de nuestro corazón, una alegría, una fiesta espiritual. Queremos estar con los humildes del mundo y compartir su vida. De hecho, estamos convencidos de que no merecemos nada mejor. Esta es la verdadera humildad y el servicio humilde, y entonces, aunque no lo busquemos, Dios nos exaltará.

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