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Sor Juana Inés de la Cruz, una heroína del entendimiento

La semblanza hecha sobre sor Juana Inés de la Cruz como “heroína del entendimiento” podría matizarse por la de “heroína de los sentimientos”, pues su trayectoria parece atravesar con rapidez las etapas de la vida mística descritas por san Buenaventura: amor interesado de Dios, amor desinteresado y amor de unión.

José Carlos Martín de la Hoz

20 de avril de 2026

Sor Juana Inés de la Cruz
Sor Juana Inés de la Cruz, por Miguel Cabrera (Wikimedia Commons)

Ciertamente, el subtítulo escogido por Juan Manuel Galaviz Herrera (1942-2019) para caracterizar la magnífica semblanza de sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), “heroína del entendimiento”, no deja de llamar la atención en nuestros días. Cabe reconocer que define acertadamente el estilo de esta religiosa y el peculiar enfoque narrativo de la obra.

Este modo de denominar a sor Juana Inés de la Cruz —religiosa, poetisa y escritora— pretende magnificar sus extraordinarias cualidades literarias y subrayar su destacada posición en las letras del siglo XVII en América. Consta, además, que sus obras fueron editadas en la metrópoli y apreciadas en la Corte.

En primer lugar, conviene señalar que la madre de sor Juana Inés de la Cruz tenía diez hermanos y era hija del terrateniente Pedro Ramírez, natural de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), quien habría hecho fortuna en el marquesado del Valle. Su matrimonio con una criolla mexicana le proporcionó una amplia descendencia (11).

Resulta interesante, dicho sea de paso, que ya en aquellos años se habían aplicado en aquellas tierras las Leyes Nuevas de 1542 y que, por tanto, para satisfacción de Bartolomé de las Casas, los indígenas habrían recuperado sus tierras y posesiones, viviendo sus derechos y obligaciones como los demás súbditos de la Corona de Castilla, en paz y libertad (12).

Nuestra protagonista, sor Juana Inés de la Cruz —Juana Ramírez de Asbaje en el siglo—, nació en San Miguel de Nepantla, a los pies del volcán Popocatépetl, en 1648. Hija natural, fue criada junto a su madre y su abuelo, don Pedro Ramírez. Gracias al temprano despertar de sus habilidades intelectuales, su familia decidió enviarla a la Ciudad de México, donde residió en casa de sus tíos y pudo acceder a una educación esmerada.

La semblanza se detiene también en la vida cultural y artística que envolvía la corte del virreinato de la Nueva España, que aspiraba a ser un reflejo de la Corte de Madrid. En ese entorno, Juana destacó por sus cualidades literarias, su belleza y su simpatía.

A los dieciocho años, se produjo el despertar vocacional de doña Juana y su ingreso en el claustro carmelita. Meses después, en 1668, profesó como religiosa jerónima en el convento de la orden en México.

La vida de sor Juana Inés de la Cruz se presenta, así, como un camino directo hacia el crecimiento en el amor: primero en su vida espiritual y, enseguida, en su formación humana y académica.

Su acercamiento a la poesía, alimentado por lecturas cuidadas y la orientación de los hombres cultos de la capital, corría en paralelo a una intensa vida espiritual. Esta evolución desembocó tanto en una creciente santidad de vida como en el desarrollo de una temprana vocación literaria que, desde la publicación de su primer volumen, causó un notable impacto en Nueva España y en la metrópoli.

Resulta significativo que su vocación al claustro pudiera estar vinculada a un desengaño amoroso, como ella misma sugiere en uno de sus poemas de marcado tono autobiográfico: “Cogióme sin prevención Amor, astuto y tirano: / con capa de cortesano / se me entró en el corazón” (51).

En efecto, el biógrafo señala con agudeza que “Juana Inés amó intensamente hasta el extremo de no encontrar adecuada correspondencia” (52). A ello se suma el juicio de Menéndez Pelayo, quien afirma: “los versos profanos de sor Juana son de los más suaves y delicados que han salido de pluma de mujer” (53).

Tal vez la denominación de “heroína del entendimiento” podría matizarse por la de “heroína de los sentimientos”, pues su trayectoria parece atravesar con rapidez las etapas de la vida mística descritas por san Buenaventura: amor interesado de Dios, amor desinteresado y amor de unión. Una actualización de este itinerario puede encontrarse en el concepto de “agapé”, entendido como amor de donación total, desarrollado por Benedicto XVI en la encíclica Deus caritas est.

De hecho, la vida de sor Juana Inés parece confirmar lo que María Zambrano expresó en su filosofía poética: que el conocimiento y el amor discurren en paralelo, tanto en el entendimiento como en la voluntad (69).

Para sor Juana, la creación literaria nunca supuso una distracción respecto a su vocación religiosa, sino que se integró plenamente en su vida contemplativa. De esta unión nacieron obras de gran altura —poemarios y textos en prosa— que pueden inscribirse con pleno derecho en la tradición del Siglo de Oro, dado que el virreinato y la metrópoli compartían las mismas fuentes culturales.

Galaviz Herrera subraya la constante pasión por la lectura que caracterizó a sor Juana, así como su interés por la teología. No resulta extraño: para amar a Dios y a las almas, era necesario conocer tanto a Dios como a la naturaleza humana. Así, el estudio y la oración hicieron de ella una mujer de extraordinaria riqueza interior, que supo volcar en su obra literaria (84).

El biógrafo dedica también numerosas páginas a desmentir los rumores y críticas sobre la dedicación de la religiosa a la escritura y al estudio. Insiste en que, aunque existieron dificultades, “estas contrariedades, aunque verdaderas, no fueron la cruz de sor Juana” (133).

Finalmente, es necesario aludir a las “injusticias de los justos” que padeció a lo largo de su vida religiosa, especialmente por parte de algunos directores espirituales que, no contentos con corregirla en privado, la humillaban también en público (145).

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