Una mirada católica a la actualidad

El final del verano

Frente a la tentación de la nostalgia, debemos pedir el don de la esperanza. No es fácil de obtener, porque solemos resistirnos a la gracia. Preferimos instalarnos y quedarnos en nuestra zona de confort.

Antonio Moreno

1 de September de 2023

El… final… del… verano… Ninguna canción como esta del Dúo Dinámico consigue suscitar ese sentimiento agridulce que se siente en días como hoy, cuando la pena por dejar el tiempo de descanso se mezcla con una extraña ilusión por volver a la necesaria rutina. 

Los periódicos llevan días publicando entrevistas con psicólogos y psiquiatras que nos explican cómo evitar el llamado síndrome postvacacional, cómo adaptarnos al cambio de actividad o cómo sobrellevar la vuelta al cole que este año será “la más cara de la historia” debido a la inflación galopante.

La nostalgia es la envidia hacia uno mismo, hacia el “yo” del pasado. Es un sentimiento que se regodea en contemplar lo bueno que tuve y que ya no puedo tener. Hay cierto gusto perverso en esas lágrimas de autocompasión, en ese lamerse las heridas como si uno fuera el centro del mundo. «Pobrecillo de mí –se consuela a sí mismo el nostálgico– que tengo que soportar una conspiración cósmica contra mi felicidad». Convertir nuestra vida en drama ha llegado a convertirse incluso en una moda en redes sociales. Es el llamado “sadfishing” consistente en compartir publicaciones o vídeos en los que se busca dar pena para conseguir así la compasión del público y, por tanto, más seguidores. 

Frente a la tentación de la nostalgia, debemos pedir el don de la esperanza. No es fácil de obtener, porque solemos resistirnos a la gracia. Preferimos instalarnos y quedarnos en nuestra zona de confort. Abraham, el padre de la fe de más de la mitad de los habitantes del planeta, nos sirve de modelo frente al sedentarismo. Obedeciendo a la voz del Padre: “sal de tu tierra”, se puso en camino, sin miedo al futuro, apoyado solo en una promesa. La mujer de Lot, en cambio, convertida en estatua de sal por mirar atrás, nos advierte del peligro de no querer soltar amarras, de no confiar en que Dios va ya por delante preparándonos el camino. Por segunda vez, Abraham, salió de sí tomando consigo a su hijo Isaac y subió con él al Monte Moria dispuesto a sacrificarlo, convencido de que, en Dios, no cabe el mal.

En tantas y tantas ocasiones, la Palabra de Dios nos habla de confiar, de esperar contra toda esperanza, de no añorar el pasado como el pueblo de Israel cuando echaba de menos las cebollas de Egipto, pues no es ese el deseo de Dios. Frente a este sentimiento, las bienaventuranzas nos hablan de una recompensa grande para quien espera y confía en Dios. ¿Por qué preocuparse por comenzar una nueva etapa? ¿Es que desconfiamos de quien dio la vida por nosotros? 

No soy un ingenuo. Sé que son muchas y a veces muy duras las dificultades que afrontamos a lo largo de nuestra vida, pero Él ha prometido estar con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. En su compañía, el yugo es suave y ligero. 

Volver al trabajo, al estudio, a las labores domésticas o pastorales puede darnos pereza, pero ahí está Él esperándonos. El Espíritu Santo está siempre vivo, en movimiento, sacándonos del cenáculo y llevándonos a las azoteas, zonas menos seguras donde es Él, y no nosotros, quien habla en idiomas. Como la snitch dorada del universo de J. K. Rowling, su aleteo es caprichoso y veloz, no es fácil seguirlo y no se deja atrapar. Tantas veces nos desconcierta cuando vemos cómo echa abajo nuestros planes y nos dice: “venga, comienza de nuevo”. ¿No podría ser todo tan fácil como en verano? ¿No podríamos volver a lo de antes? 

Para no renegar de sus empujones que nos sacan de la tibieza, hay que tener una fe como la de Abraham. Él vería oportunidades y retos donde otros vemos obstáculos insalvables o enemigos empeñados en fastidiarnos; Él sentiría la llamada de Dios a levantarse para ir a un sitio mejor donde otros sentimos pavor, agarrándonos a nuestras estructuras como niño que se aferra a su madre en su primer día de colegio; Él se ilusionaría por el futuro cuando nosotros nos deprimimos por no poder volver al pasado.

El final del verano llegó, cambia nuestra actividad, pero el Señor nos lanza una promesa para este nuevo curso y es que “nunca, nunca yo te olvidaré”. 

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