Una mirada católica a la actualidad

Vender(se) el cuerpo a través de la pantalla

El preocupante ascenso de contenidos eróticos en plataformas de creación de contenido como Only Fans o Tik Tok, es una llamada a los cristianos a llevar a esos espacios la luz del Evangelio y de la dignidad de todo ser humano. 

Omnes

16 de September de 2022

creación contenido

“Hago porno libremente; nos quitan la libertad de expresión”. Este fue el titular que llamó mi atención con cierto descaro. Mi mente cortocircuitó al leer en una misma frase “porno” y “libertad de expresión”, así que no me quedó más remedio que leer aquella entrevista publicada en el periódico local sobre una mujer llamada Eva. 

En la actualidad son numerosas las personas “anónimas” que no han encontrado otra forma de ganarse el pan que creando contenido erótico para un grupo de desconocidos al que, mes a mes, (mal)venden su cuerpo, su intimidad. 

Como cristianos no nos toca juzgar las decisiones de cada ser humano del planeta, pero como cristianos, como Iglesia de Cristo en medio del mundo, nos debe interpelar la realidad en la que vivimos. ¿Qué hace que una persona se enorgullezca de haber encontrado su sustento en la creación de vídeos pornográficos? Durante toda la historia de la humanidad, mujeres y hombres se han visto obligados a comerciar con su cuerpo, ese sagrario de Dios que es cada ser humano, para poder sobrevivir al día a día. En pleno siglo XXI, ¿cómo podemos permitir que una persona se alegre de ganar dinero —independientemente de la cantidad— traficando con su propio cuerpo? 

Casos como estos me llevan a pensar en la urgente necesidad de volver a la esencia de la primera misión a la que Cristo envío a los apóstoles: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio”. Hemos cruzado las barreras de lo físico y de lo abstracto. Como cristianos, como creyentes, es evidente la urgencia de aprender a acompañar las formas de pobreza que surgen en los nuevos espacios digitales, en los que muchas personas comercian con lo sagrado de su cuerpo sin tan siquiera saberlo o defienden como “libertad de expresión” lo que no es más que una esclavitud. Sea como sea, la frustración y la indignación me embargan a partes iguales al saber que hay personas en el mundo, que se sienten satisfechas de esa “profesión” que, antes o después, abrirá nuevas heridas en su corazón.

Sin demonizar los nuevos medios de comunicación o las nuevas plataformas de creación de contenido, creo que estamos llamados a discernir a la luz del Espíritu los espacios de bien y mal que surgen en un mundo digital que, aunque no lo parezca, se enreda en nuestra realidad cotidiana y que ha llegado para quedarse con nosotros. Ojalá, entre todos, podamos acompañar a todas las personas que caen en las sombras digitales para poder mostrarles la esperanza de un Jesús que ama cada parte de su ser.

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