Una mirada católica a la actualidad

Dos cofrades ejemplares: Karol Wojtyła y Edith Stein

Ni Karol Wojtyła, ni Edith Stein fueron conscientes de la importancia de sus planteamientos personalistas para las Hermandades, pero han abierto un camino muy interesante, lleno de oportunidades, para el desarrollo de las mismas.

Ignacio Valduérteles

21 de May de 2022

Karol Wojtyła y Edith Stein

A estas alturas nadie discute que las hermandades no son cuerpos extraños a la sociedad, sino que forman parte de la misma y les afectan los mismos problemas.

En el análisis de la sociedad actual destacan una fuerte corriente de relativismo y un discurso populista que lleva al hombre a entregar su libertad al estado a cambio de garantizarse un cierto bienestar; aunque al final termina sin libertad y sin bienestar.

En un entorno social tan líquido como el que vivimos las hermandades no se han de posicionar corporativamente en la lucha política, pero han de dar criterios a los hermanos (CIC c. 298) para que éstos incidan positivamente en la sociedad.

No han de presentar soluciones técnicas para la resolución de los problemas sociales, tampoco proponer sistemas, ni manifestar preferencias partidistas.

Entre las misiones que el Código de Derecho Canónico asigna a las hermandades está el perfeccionamiento cristiano de sus miembros; para cumplir esta misión es preciso identificar las notas diferenciales de la persona y potenciarlas.

Han de proclamar los principios morales y dar criterio sobre cualquier asunto humano, también los referentes al orden social, en la medida que lo exijan los derechos fundamentales de la persona, de sus hermanos.

Ese análisis de la sociedad no se hace en el vacío, sino desde una cierta antropología, más o menos explícita, por eso la gestión y desenvolvimiento de las hermandades han de ser la manifestación externa de una fundamentación doctrinal firme y una sólida vida interior de sus responsables.

Sin embargo, hay hermandades que están comprando el discurso dominante de la sociología kofrade, centrado en los temas más gratificantes -salida procesional, cultos anuales, actividades sociales- y aislándose del debate de las ideas, al que consideran ajeno a la vida de la hermandad. Asumen así una visión de la realidad sin fundamentación y centrada en los sentimientos. Un modelo amable y cómodo, pero que debilita a las hermandades, a las que hace vulnerables.

El Concilio Vaticano II propone a los fieles “la cristianización de la sociedad desde dentro” (LG nº 31) y el Código de Derecho Canónico traslada ese imperativo a las hermandades (CIC c. 298).

Para trabajar en esa línea la Iglesia proporciona continuamente a todos, también a las hermandades, los fundamentos doctrinales para el necesario diálogo social.

Últimamente lo ha hecho a través de dos figuras excepcionales y muy actuales: San Juan Pablo II y Santa Edith Stein, Doctora de la Iglesia.

Los dos se mueven en el ámbito del personalismo: el sentido de la existencia humana se reconoce en la medida que la persona [la hermandad] atienda la tarea que se le ha señalado [su propósito], en la que ha de alcanzar su perfección.

En consecuencia la “calidad” de la persona [de la hermandad], no depende de su acomodo a unas determinadas normas, ni a la observancia de usos y costumbres cofrades decantados en el tiempo, sino de que su comportamiento sea acorde con su naturaleza.

Es el estudio de la acción el que revela a la persona y su desarrollo como tal: «cada persona [cada hermano] se perfecciona en la acción, en la medida que esa acción se ajusta a la ley natural, impresa en el hombre como participación en la naturaleza divina» (Karol Wojtyla, “Persona y Acción”).

En la hermandad, como en la sociedad, cada uno ha de poner sus capacidades al servicio de los demás, consciente de que el criterio último del valor de una persona no es qué aporta a la comunidad, a la familia, a su hermandad, «sino si esa aportación responde o no a la llamada de Dios, si es acorde con su naturaleza» (Edith Stein, “La estructura de la persona humana”).

Este planteamiento resulta un poco laborioso de asumir, pero proporciona al Hermano Mayor y demás responsables de la hermandad una especial libertad y serenidad en su actuación, aún cuando ésta pudiera resultar chocante a algunos.

Es muy probable que ninguno de estos dos santos, de sólida formación intelectual, fuera consciente de la importancia de sus planteamientos personalistas para las hermandades, pero han abierto un camino muy interesante, lleno de oportunidades, para el desarrollo de las mismas. Ahora se trata de recorrerlos.

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