Una mirada católica a la actualidad

Luis de la Fuente, el seleccionador que desmiente a Marx y Nietzsche

El seleccionador español se ha convertido en un católico del que -perdónenme el atrevimiento- da gusto presumir.

Javier García Herrería

16 de julio de 2026

Luis de la fuente
Foto: OSV News photo/Lee Smith, Reuters

Siempre existe un riesgo cuando un personaje público habla de su fe: el de convertirlo, casi sin querer, en icono a canonizar, en modelo idealizado al que aplaudimos más por su fama que por su ejemplo real. Conviene ser prudentes con eso. Pero en el caso de Luis de la Fuente, uno puede quitarse el sombrero con tranquilidad, porque lo que sostiene el aplauso no es solo la anécdota mediática, sino una tríada poco frecuente: doctrina bien entendida, virtudes humanas sólidas y prestigio profesional ganado a pulso.

Esta semana, en una rueda de prensa, dejó claro que su vida de oración no depende del calendario deportivo: «Rezo todos los días, pero no porque esté en un Mundial», explicó, dejando claro que tampoco espera que eso le garantice ningún resultado. 

«Doy gracias todos los días, cada día que me levanto», dijo, por el simple hecho de encontrarse bien y tener, según sus palabras, un día más para disfrutar de la vida. Es una teología sin pretensiones, la de quien agradece antes de pedir, y que entiende la fe como reconocimiento y no como transacción.

Preguntado por lo que le pide a Dios antes de un partido decisivo, respondió que «sería injusto pedirle a Dios que me ayude a mí y no al rival». En un deporte que normaliza suplicar la victoria propia como si el cielo tuviera colores de camiseta, esa frase es, sencillamente, buena doctrina: Dios no es el duodécimo jugador de nadie. Lo único que pide para sí De la Fuente es más discreto —«pido salud, especialmente, y que me dé opciones para seguir peleando»— porque el resto entiende que se gana en el campo.

Ahí es donde el discurso de De la Fuente se distancia, sin proponérselo, de la sospecha con la que Marx y Nietzsche miraban a los creyentes. Para el primero, la religión era ante todo un consuelo interesado, un analgésico que el débil se administraba para sobrellevar la injusticia terrena sin cambiarla; para el segundo, la fe del hombre común escondía una forma de sacar una compensación ante la propia debilidad. 

En ambos casos, creer se reducía a una utilidad disfrazada: se reza porque conviene, porque alivia o porque desquita. De la Fuente hace justo lo contrario cuando explica que sería injusto pedir ventaja sobre el rival y que su oración no busca ningún resultado a cambio. Su fe no funciona como herramienta que le reporte un beneficio, sino como gratitud que no necesita retorno, lo cual desmonta, al menos en su caso, la caricatura utilitarista que ambos pensadores proyectaron sobre el creyente medio.

No hace falta canonizar a nadie para reconocer lo evidente: aquí hay un católico coherente, trabajador y sencillo, que no teme dar testimonio de lo que cree. Un católico del que da gusto presumir. Y eso, gane o pierda España la final, ya es un ejemplo que vale la pena señalar.

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