Cerca de Dios a pesar de perder una pierna y a su novia en un derrumbe

Ante los reveses de la vida algunas personas se vuelven contra Dios y otros sacan la mejor versión de sí mismos. Hoy conoceremos la historia de uno de estos últimos.

Redacción Omnes

5 de mayo de 2025

novia

Jhosmar Rodríguez es un joven de Trujillo de 22 años, recién licenciado y futbolista amateur en la Copa Perú. Pero lo que nunca imaginó es que una salida rutinaria con su novia acabaría marcando su vida para siempre. La noche del 21 de febrero, a las 8:40 p.m., el techo del patio de comidas del Real Plaza de Trujillo se desplomó repentinamente. Seis personas murieron. Él sobrevivió, pero perdió una pierna… y también a su pareja, fallecida en el siniestro.

El colapso lo sorprendió de pie, y en cuestión de segundos una viga cayó sobre su pierna derecha. “Me mantuve en una postura de rodillas… no podía moverme, no podía girar, no podía hacer nada”. 

Estuvo atrapado durante más de cinco horas, desangrándose, pero siempre consciente. “Nunca me desvanecí ni me desmayé… Al principio resistí con las rodillas, pero cuando ya no pude más, me apoyé con los brazos en una silla que logré alcanzar. Así aguanté las últimas horas”. Fue el último en ser rescatado. “Me sedaron cuando todavía seguía arrodillado”.

“Mi madre nunca me dejó caer”

Durante ese tiempo entre vigas y oscuridad, Jhosmar no dejaba de pensar en su familia. “Pensaba en lo que iba a ser para ellos todo esto… me mantuvo fuerte pensar en mi madre y mis hermanos”. Es el menor de cinco varones en una familia sencilla, creyente, unida. Su padre, profesor jubilado; dos hermanos policías; otro contable, como él. Todos lo esperaban con el alma en vilo.

Pero si alguien fue clave en su reconstrucción emocional, esa fue su madre. Mujer de fe inquebrantable, iba todos los días a la iglesia, y no se cansó de sostener a su hijo cuando este flaqueaba. “Al principio estaba muy enojado… incluso resentido con Dios”, admite. “Pero mi madre siempre estuvo ahí, gritándome, corrigiéndome, para que no me desviara. Le agradezco tanto… Dios obraba a través de ella”.

Su madre le enseñó desde niño a amar a Dios. “Me llevaba a la iglesia, a la escuelita donde enseñaban catequesis para niños”. Esa semilla ha dado fruto: Jhosmar ha sido catequista, ha recibido todos sus sacramentos y hoy, incluso desde la cama de una clínica, sigue rezando a diario con más confianza. “Doy gracias a Dios porque me ha protegido. Pido que me acompañe en este camino largo de recuperación”.

“Quiero ser santo”

A pesar del dolor y las secuelas físicas, Jhosmar no se rinde. Sueña, lucha, reza. “Siempre he querido ser santo”, confiesa sin afectación. “Vivía mi vida sin herir a nadie, orando, apoyando en la iglesia, acompañando a mi madre…”.

Aunque sabe que el momento en el que se encuentra es duro, no se deja vencer: “Cuando te despiertas, el shock de lo que pasó se mezcla con la nueva realidad. Te preguntas qué será de tu carrera, del fútbol, de todo. Pero con el tiempo, uno se va haciendo más fuerte”.

Antes del accidente, acababa de terminar su carrera de Contabilidad y Finanzas. Jugaba en la Copa Perú, “el fútbol macho”, como él mismo lo llama, recorriendo distritos y canchas de Trujillo. Hoy, su nuevo campeonato es la rehabilitación. “El futuro es incierto, pero tengo fe”.

“Lo que vale está dentro, no fuera”

El mensaje que quiere dejar a los jóvenes desde su situación es simple y profundo: “Esto va a estar conmigo toda la vida, sí. Pero no tengo que sentirme menos. El miedo al rechazo hay que sacarlo de la cabeza. Lo que vale de nosotros es lo interno, no lo externo”.

Jhosmar ha encontrado en medio del dolor no solo su fuerza, sino también su propósito. Reza por el Papa, por los demás heridos, por sus médicos, por quienes han perdido más. Ha recibido el apoyo de todo un equipo médico que lo ha animado desde el primer día: “En Trujillo me encontré con técnicas y enfermeras increíbles, al top. Me impulsaron tanto por dentro como por fuera”.

Hoy, mientras sigue su rehabilitación en la clínica San Pablo de Lima, Jhosmar no se define por lo que ha perdido, sino por lo que ha ganado: una nueva forma de mirar la vida, con los pies —ahora, uno solo— firmes sobre la tierra y el alma puesta en Dios. “Así como hemos sido amados, así también podemos amar. Yo solo quiero que mi vida siga teniendo sentido. Y sé que lo tendrá”.

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