San Pedro, piedra de la Iglesia

A nuestros misioneros Dios los ha elegido, como a san Pedro. No son perfectos, no tienen la patente de la impecabilidad… son lo que son, con todo lo bueno y todo lo malo que esto conlleva… pero el Señor los ha elegido.

José María Calderón

19 de abril de 2024

Me gusta mucho el pasaje en el que el Señor pregunta a los suyos: “Y vosotros ¿Quién decís que soy yo? Y Pedro… con una gran fortaleza dice ‘Tú eres el hijo de Dios’. El Señor le bendice y le hace Piedra sobre la que edificará la Iglesia; pero, inmediatamente, Pedro es amonestado por Jesús con palabras duras: ¡apártate de mí, Satanás! ¡ponte detrás de mí! (Mt 16, 13-23).

En este texto se ve perfectamente cómo es Jesús. Él ha elegido a Pedro, sabe cómo es, sus virtudes, entrega y fortaleza, pero conoce, también, sus pobrezas y limitaciones… Sabe que, a veces, es cobarde y se deja llevar por criterios meramente humanos…

Pero eso no le impide poner en él su confianza, fiarle su Iglesia. Ese Pedro bravucón, firme, audaz, es también cobarde, pecador y frágil, y va a ser ‘el dulce Cristo en la tierra’ como llamaba santa Catalina de Siena al Papa.

Y es que nosotros no amamos a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a los obispos o al mismo Papa por sus virtudes. Los queremos sabiendo, que, como Pedro, son personas, con limitaciones y pobrezas, pero con deseos de santidad y de amar a Dios, a pesar de que no estén patentes por sus pobrezas… ¡los queremos porque el Señor los ha elegido! El Señor no se arrepiente de haberlos llamado…

Y lo mismo con nuestros misioneros: no son perfectos, no tienen la patente de la impecabilidad… son lo que son, con todo lo bueno y todo lo malo que esto conlleva… pero el Señor los ha elegido. Son luz, son sal, son levadura que ilumina, da buen sabor y hace fermentar el mundo al que han sido enviados… No nos fijamos sólo en sus pobrezas o en sus limitaciones, muchas o pocas… rezaremos por ellos, ¡tendremos que mirarles con ojos de misericordia y caridad!

Ellos están ahí no para predicarse a sí mismos, su ciencia o sus opiniones, sino para predicar a Cristo y a Cristo crucificado. No pretendemos imitarles a ellos, sino al que ellos predican: Jesucristo.