Una mirada católica a la actualidad

El Papa suplica al Espíritu Santo la paz, “ante todo en los corazones”

En la Santa Misa de Pentecostés, conclusión del Jubileo de los Movimientos y asociaciones, y en el Regina Caeli, el Papa León XIV ha suplicado hoy al Espíritu Santo "el don de la paz. Ante todo, la paz en los corazones”. Y a los participantes en el Jubileo ha pedido que “vayan y lleven a todos la esperanza del Señor Jesús!”.  

Rafael Miner

8 de Giugno de 2025

Papa León XIV Pentecostes junio 2025

El Papa León XIV, que hoy cumple un mes de su elección, ha rogado en la solemnidad de Pentecostés, a las decenas de miles de peregrinos en la Plaza de San Pedro, muchos de ellos de Movimientos eclesiales, que pidamos la paz al Espíritu Santo. Que “invoquemos el Espíritu de amor y de paz, para que abra las fronteras, abata los muros, disuelva el odio y nos ayude a vivir como hijos del único Padre que está en el cielo”. 

Minutos más tarde, en el Regina caeli, ha rezado para que, “por intercesión de la Virgen María, supliquemos al Espíritu Santo el don de la paz”. “Ante todo, la paz en los corazones”, ha manifestado León XIV. 

Paz, gestos de distensión y diálogo

“Sólo un corazón pacífico puede difundir la paz en la familia, en la sociedad, en las relaciones internacionales. Que el Espíritu de Cristo resucitado abra caminos de reconciliación dondequiera que haya guerra; ilumine a los gobernantes y les dé el valor de realizar gestos de distensión y diálogo”.

Como se recordará, un gesto en esta línea de paz es lo que pidió el Papa hace unos días al presidente ruso Vladimir Putin en una conversación telefónica en la que abordaron el tema de la guerra de Ucrania, entre otros asuntos.

“¡Por Pentecostés se renueva la Iglesia y el mundo!”

En la homilía de la Misa de la fiesta, en la que la Iglesia conmemora la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, el Papa ha señalado con fuerza que “¡Por Pentecostés se renueva la Iglesia y el mundo!”.

“Que el viento vigoroso del Espíritu venga sobre nosotros y dentro de nosotros, abra las fronteras del corazón, nos dé la gracia del encuentro con Dios, amplíe los horizontes del amor y sostenga nuestros esfuerzos para la construcción de un mundo donde reine la paz.

Que María Santísima, Mujer de Pentecostés, Virgen visitada por el Espíritu, Madre llena de gracia, nos acompañe e interceda por nosotros”, ha dicho.

Los apóstoles, encerrados, “reciben una mirada nueva”

Previamente, el Santo Padre ha meditado en la fiesta de Pentecostés. “Jesucristo, el Señor, después de resucitado y glorificado por su ascensión, envió al Espíritu Santo» (S. Agustín, Sermo 271, 1). Y también hoy se reaviva lo que sucedió en el cenáculo; desciende sobre nosotros el don del Espíritu Santo como un viento impetuoso que sacude, como un fragor que nos despierta, como un fuego que nos ilumina (cf. Hch 2,1-11)”.

Como hemos escuchado en la primera lectura, ha proseguido el Papa, “el Espíritu lleva a cabo algo extraordinario en la vida de los Apóstoles. Ellos, después de la muerte de Jesús, se habían encerrado en el miedo y en la tristeza, pero ahora reciben finalmente una mirada nueva y una inteligencia del corazón que les ayuda a interpretar los eventos que han sucedido y a tener una íntima experiencia de la presencia del Resucitado”.

“El Espíritu Santo vence su miedo y abre fronteras”

“El Espíritu Santo vence su miedo, rompe las cadenas interiores, alivia las heridas, los unge con fortaleza y les da el valor de salir al encuentro de todos para anunciar las obras de Dios.”, ha subrayado León XIV, quien ha reflexionado sobre unas palabras de Benedicto XVI.

“Como afirma Benedicto XVI: ‘El Espíritu Santo da el don de comprender. Supera la ruptura iniciada en Babel -la confusión de los corazones, que nos enfrenta unos a otros-, y abre las fronteras. […] La Iglesia debe llegar a ser siempre nuevamente lo que ya es: debe abrir las fronteras entre los pueblos y derribar las barreras entre las clases y las razas. En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados. En la Iglesia hay sólo hermanos y hermanas de Jesucristo libres (Homilía de Pentecostés, 15 mayo 2005)”. 

Salir de nosotros mismos

“El Espíritu abre las fronteras, ante todo, dentro de nosotros. Es el Don que abre nuestra vida al amor. Y esta presencia del Señor disuelve nuestras durezas, nuestras cerrazones, los egoísmos, los miedos que nos paralizan, los narcisismos que nos hacen girar sólo en torno a nosotros mismos”, ha añadido el Pontífice.

“Es triste observar como en un mundo donde se multiplican las ocasiones para socializar, corremos el riesgo de estar paradójicamente más solos, siempre conectados y sin embargo incapaces de “establecer vínculos”, siempre inmersos en la multitud, pero restando viajeros desorientados y solitarios”.

Transforma lo que contamina nuestras relaciones

Después, el Papa ha continuado profundizando. El Espíritu Santo “abre las fronteras en nuestro interior, para que nuestra vida se convierta en un espacio hospitalario”. “Y El Espíritu abre también las fronteras en nuestras relaciones. (…). Cuando el amor de Dios mora en nosotros, somos capaces de abrirnos a los hermanos, de vencer nuestras rigideces, de superar el miedo hacia el que es distinto, de educar las pasiones que se sublevan dentro de nosotros”. 

“El Espíritu transforma también aquellos peligros más ocultos que contaminan nuestras relaciones, como los malentendidos, los prejuicios, las instrumentalizaciones”, ha manifestado, refiririéndose también a los casos que ha denominado de “feminidio”.

Relaciones intoxicadas por la violencia: “feminicidio”

“Pienso también —con mucho dolor— en los casos en que una relación se intoxica por la voluntad de dominar al otro, una actitud que frecuentemente desemboca en violencia, como desgraciadamente demuestran los numerosos y recientes casos de feminicidio”, ha señalado el Papa.

El Espíritu Santo, en cambio, “hace madurar en nosotros los frutos que ayudan a vivir relaciones auténticas y sanas: ‘amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza’ (Gal 5,22). De este modo, el Espíritu expande las fronteras de nuestras relaciones con los demás y nos abre a la alegría de la fraternidad”.

Iglesia del Resucitado: acogedores y hospitalarios

Y ha ido concluyendo: “Y éste es un criterio decisivo también para la Iglesia; somos verdaderamente la Iglesia del Resucitado y los discípulos de Pentecostés sólo si entre nosotros no hay ni fronteras ni divisiones ((ha citado aquí al Papa Francisco)), si en la Iglesia sabemos dialogar y acogernos mutuamente integrando nuestras diferencias, si como Iglesia nos convertimos en un espacio acogedor y hospitalario para todos”.

El mandamiento del amor

En su homilía, el Papa ha subrayado también que el Espíritu Santo,  lo primero que enseña, recuerda e imprime en nuestros corazones es el mandamiento del amor, que el Señor ha puesto en el centro y en la cima de todo”. 

“Y donde hay amor no hay espacio para los prejuicios, para las distancias de seguridad que nos alejan del prójimo, para la lógica de la exclusión que vemos surgir desgraciadamente también en los nacionalismos políticos”.

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