Una mirada católica a la actualidad

Científicos católicos: Jerónimo de Ayanz y Beaumont, polímata español

El 23 de marzo de marzo de 1613 fallecía Jerónimo de Ayanz y Beaumont, polímata español que destacó sobre todo como inventor. Esta serie de biografías breves de científicos católicos se publica gracias a la colaboración de la Sociedad de Científicos Católicos de España.

Omnes

23 de Marzo de 2025

Jerónimo de Ayanz y Beaumont

Jerónimo de Ayanz y Beaumont (1553 – 1613) fue conocido como el «Caballero de los Dedos de Bronce» debido a su enorme fuerza, lo que le ayudó a lograr destacadas gestas militares en favor del rey de España, así como a obtener los títulos de caballero de la Orden de Calatrava y gobernador. Pero la fama de este español polifacético, que también fue cantante, pintor y torero, proviene más bien de su ingenio.

Tras asumir el cargo de gestor de minas, fundamental para el mantenimiento del imperio español, se propuso mejorar la extracción de metales desarrollando la primera máquina de vapor para uso industrial y un sistema de aire acondicionado, todo esto a comienzos del siglo XVII, mucho antes de la revolución industrial. Además, inventó un equipo de buceo con renovación de aire. Con este invento, logró sumergir a un hombre durante más de una hora en la primera inmersión prolongada registrada en la historia, en el río Pisuerga, en Valladolid, en agosto de 1602.

De forma racional y utilizando instrumentos por él diseñados, Jerónimo de Ayanz y Beaumont demostró que el fuego no es materia (como se creyó hasta el siglo XIX), sino energía. También investigó la producción del impulso que pone en movimiento los cuerpos y demostró la imposibilidad del movimiento perpetuo al fabricar una máquina que permitía medir la pérdida de fuerza, adelantándose casi dos siglos a Prony y a Smeaton.

Además de sus logros científicos, Ayanz y Beaumont fue un hombre de grandes valores humanos, preocupado por su familia y profundamente religioso. En sus últimos momentos, invocó la fe en Dios y en los dogmas de la Santa Madre Iglesia, encomendándose a San Jerónimo «mi abogado» y a todos los santos, rogando perdón e intercesión por sus pecados. Al fallecer, dispuso que su cuerpo fuera depositado en el convento de los carmelitas descalzos de Madrid, y luego en Murcia junto a sus hijos, en una capilla de la catedral.

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