Una mirada católica a la actualidad

Miedo ambiente

Últimamente, surgen muchas voces que alarman sobre la emergencia climática. Sin embargo, a veces se produce una doble moral y no se predica con el ejemplo.

Antonio Moreno

15 de Giugno de 2023

Todavía hay quien piensa que el mensaje del Evangelio se basa en el discurso del miedo: “Cree o te condenarás”. Sinceramente, no creo que el temor produzca conversiones sinceras. Si acaso, una doble moral. Es lo que pasa hoy con cierto discurso ecológico.

Fue hace solo unos días cuando me sorprendió la noticia del lanzamiento de un videojuego de éxito cuyo mensaje principal es el de que «nosotros somos la gran amenaza para la naturaleza». Seguramente la intención de los creadores del juego es la mejor, tratando de concienciar a las nuevas generaciones sobre la importancia del cuidado de la creación. Un llamamiento al que la Iglesia se viene sumando desde hace décadas, por cierto, con el magisterio social de los últimos papas y, de forma más extensa, recientemente, con la encíclica Laudato Si’ de Francisco. No obstante, me preocupa el hecho de que se presente a los jóvenes el cuidado del planeta como una lucha contra el ser humano, una especie de monstruo al que hay que exterminar. Diciendo que nosotros somos la gran amenaza para la naturaleza, estamos dejando a la humanidad fuera de ella, como si hombres y mujeres no fuéramos, de hecho, los seres más maravillosos que hayan existido jamás sobre la faz de la tierra, la obra más bella, improbable e increíble que haya podido dar de sí el polvo de estrellas del que estamos hechos. Capaces, sí, del mal, pero infinitamente más del bien.

Proteger la naturaleza pasaría por poner a salvo, en primer lugar, su mayor valor: el ser humano. Sin embargo, hoy, la especie humana vale menos que otras muchas. Los gobiernos subvencionan a la vez planes para la conservación de animales y plantas y prácticas para la eliminación de vidas humanas (precisamente en sus estadios más frágiles). Se promueven sentimientos de solidaridad con mascotas abandonadas y se silencia el abandono social de millones de personas que viven en condiciones infrahumanas, cuando no se les culpabiliza por existir.

Volviendo al discurso del miedo para evangelizar, hay que decir que claro que existe el infierno y que claro que podemos condenarnos; pero no conozco a ningún cristiano que haya llegado a la fe huyendo de nada, sino atraído por un mensaje, seducido por una verdad que ve confirmada en su corazón, enamorado en definitiva de una Persona: Jesucristo. Como nos recuerda el sabio Benedicto XVI en Deus Caritas Est, es el evangelista Juan quien «nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él»». Unos versículos después, el texto nos recuerda que «no hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor».

Quien se dice cristiano solo por miedo al castigo no ha descubierto la grandeza del amor. El que más, tratará de «ser bueno» en un ejercicio de voluntarismo muy alejado de la respuesta desinteresada a la gracia a la que nos invita el Señor. El que menos, tratará de guardar las apariencias con una doble vida, limitándose a mantener limpio lo que ve la suegra, como si Dios no pudiera conocer lo que escondemos bajo la alfombra.

A los profetas de calamidades que utilizan el «miedo ambiente» contra el ser humano yo les invitaría a ver que la emergencia climática no va a desaparecer por mucho flagelarnos mientras jugamos videojuegos. Un sector, por cierto, considerado como uno de los principales contribuyentes al calentamiento global, pues su elevado consumo energético provoca masivas emisiones de CO2 a la atmósfera. Solo en EE. UU., la energía consumida por los videojuegos equivale a las emisiones de 5 millones de coches. Lo dicho, doble moral.

¿Cómo responder entonces al «desafío urgente de proteger nuestra casa común» que nos pide Laudato Si’? Pues no tanto con amenazas apocalípticas ni discursos contra el hombre, sino a favor del hombre; promoviendo no una huida desbocada e insolidaria, sino una verdadera «conversión ecológica» como la que nos pidió Juan Pablo II. Una conversión por atracción que pasa por enamorarnos cada vez más del ser humano, de los más débiles en particular, llevándonos a una ecología no farisea sino integral. Cuidamos el planeta porque queremos cuidar la vida de nuestros hermanos en esta y en futuras generaciones.

Conviene recordar las palabras de Juan XXIII en el discurso de apertura del Concilio Vaticano II cuando, frente a los «avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente», lanzó un mensaje de esperanza recordando la acción de la Providencia que actúa «por encima de las mismas intenciones de los hombres», una realidad que descubrimos «cuando se considera atentamente el mundo moderno, tan ocupado en la política y en las disputas de orden económico que ya no encuentra tiempo para atender a las cuestiones del orden espiritual».

Y es que somos polvo de estrellas, sí, pero espirituales.

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