Una mirada católica a la actualidad

La historia de nuestras vidas

Los relatos de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor han sido venerados por la Iglesia desde sus inicios. Ellos son, de hecho, el núcleo de los evangelios.

Antonio Moreno

15 de Aprile de 2022

ecce homo

Dos veces escuchamos, cada Semana Santa, las lecturas de la Pasión del Señor: una, en la Misa del Domingo de Ramos –este año ha tocado la versión de Lucas, aunque se turna con las de Mateo y Marcos–; y otra, en los oficios del Viernes Santo, en los que se proclama de forma fija el Evangelio según San Juan.

¿Por qué tanta insistencia en recordar una historia ya conocida, en cuya proclamación a veces uno se distrae o se cansa por el largo rato de pie? Lo cierto es que los relatos de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor han sido venerados por la Iglesia desde sus inicios. Ellos son, de hecho, el núcleo de los evangelios.

La gran coherencia de las cuatro narraciones apunta a una especial atención de los primeros cristianos en apuntalar bien esos textos para ser recordados, para que nunca se olvide qué pasó en aquella primera Semana Santa en Jerusalén.

Y es que las historias son las que configuran nuestra vida. Fueron nuestros padres quienes, a través de las historias familiares nos explicaron quiénes somos. Con el recurso de los cuentos, leyendas y narraciones, nos enseñaron a diferenciar el bien del mal, a situarnos en la sociedad y a comportarnos de forma correcta.

Luego, fueron los gustos personales o los azares de la vida los que nos fueron llevando de historia en historia, de novela en novela, de película en película, de serie en serie, hasta ir modelando la persona que somos hoy.

Nos quedaríamos pasmados si fuéramos capaces de reconocer la influencia de las historias que leemos, escuchamos o vemos en cada uno de nuestros gestos, en nuestras reacciones, en nuestros patrones de comportamiento.

Hay días en que uno se siente el Patito Feo y otros en los que se cree James Bond; en un mismo día hay quien se levanta con el deseo de hacer el bien del Quijote y se acuesta con el de Voldemort. Somos personajes encarnados, relatos prodigiosamente reales. El maravilloso órgano que nos dota de conciencia, nuestro cerebro, nos cuenta un relato del que somos protagonistas y en el que se cruzan héroes y villanos, aventuras y desventuras, comedias y dramas.

A quien quiera seguir indagando sobre la importancia de las historias para la vida ordinaria, le recomiendo que lea el mensaje que el Papa Francisco publicó con motivo de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2020. En este texto, el Papa afirma que «no es casualidad que los Evangelios sean relatos. Mientras nos informan sobre Jesús, nos “performan” a Jesús, nos conforman a Él: el Evangelio pide al lector que participe en la misma fe para compartir la misma vida». En otro lugar, afirma que «la historia de Cristo no es patrimonio del pasado, es nuestra historia, siempre actual» y que, «después de que Dios se hizo historia, toda historia humana es, de alguna manera, historia divina. En la historia de cada hombre, el Padre vuelve a ver la historia de su Hijo que bajó a la tierra».

ecce homo

Así que, esta tarde, cuando en los oficios escuchemos de nuevo la majestuosa Pasión según San Juan, será apasionante descubrirnos en ella a cada párrafo. Encontrarnos en el traidor de Judas, en el violento Pedro, en los hipócritas religiosos Anás y Caifás, en el mediocre Pilato, en la inmisericorde turba aborregada, en los aprovechados soldados o en los cobardes –por ausentes– discípulos; pero también en María, en Juan y en las santas mujeres, en los caritativos José de Arimatea y Nicodemo, y sobre todo en Jesús: «He aquí al hombre (Ecce homo)», profetizará Pilato sin saberlo. Y es que, en Jesús entregado por amor, magullado, coronado de espinas y con el manto de color púrpura, como en una nueva creación, se manifiesta por primera vez “el hombre”, la forma perfecta de ser hombres y mujeres a la que tenemos que tender. Con nuestra cruz particular a hombros, prestemos oído atento a este relato universal y eterno; porque la historia de Dios hecho hombre es la historia de nuestras vidas.

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